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Las diversas investigaciones sobre el tema escolar señalan que los brotes de agresividad y violencia en los centros escolares constituyen un fenómeno cada vez más frecuente reflejando lo que sucede en la sociedad mediante factores sociales, ambientales, relacionales, escolares, familiares y personales.

Esta afirmación no es ajena a nuestra realidad.  Así lo demuestran varias investigaciones realizadas  por consejeras y consejeros escolares como trabajo final del diplomado superior en consejería escolar ediciones 2010 y 2011 llevado a cabo conjuntamente con el MINED, la asociación de cuatro universidades UNAN-León, UCA, URACCAN, BICU con la dirección técnico pedagógica y administrativa del IDEUCA y el apoyo financiero de  UNFPA.
Los factores señalados constituyen causas específicas de determinados tipos de violencia.

La desigualdades sociales, sectores afectados por la pobreza, el desempleo y la exclusión, la TV en cuyos espacios se exhiben diferentes y crudas escenas de violencia,  resolver las diferencias con arreglo a lo que impera en las calles; la facilidad de conseguir alcohol, drogas y su consumo cada vez más generalizado, cercano y fácil; la proyección de la violencia producida en la familia; el clima psicosocial, desfavorable y en ocasiones tenso en la gestión del centro escolar; el deterioro de las condiciones de vida y de trabajo de los docentes; la necesidad de auto reconocimiento y respeto en el ambiente escolar; la masculinidad como factor cultural arraigado en la fuerza, el poder y el sentido de dominación, etc. etc.

Esta diversidad de causas da origen a diversas expresiones de agresividad y de violencia (agresión física, patadas, golpes, insultos, mentiras, desprecios, intimidación, consumo de drogas, acoso sexual, pasada de cuentas, etc.) con su consecuente afectación negativa en la formación de los estudiantes y en la calidad de la educación  puesto que un ambiente escolar hostil perjudica las relaciones humanas entre todas las personas que componen la escuela.

Frente a situaciones semejantes, conviene activar dos momentos claves: a) Una profunda reflexión sobre la educación y b) la búsqueda activa de soluciones.

A la educación hay que mirarla, hacerla y amarla en toda su dimensión, la de la persona, la familia, la  sociedad, la ciudadanía, el desarrollo del país, etc.  En ésta amplia dimensión de la educación convergen tres factores intrínsecos claves, la persona, la familia, el proceso educativo.  

Los tres factores, persona, familia, proceso educativo, están constituidos y adquieren su verdadero sentido en elementos y valores generadores de unidad, armonía, paz, afectividad, amor, es decir, radicalmente contrarios a la agresividad y a la violencia.

Esto nos indica que la violencia surge en las relaciones sociales, que es el entorno económico, social, cultural y político, el que activa los instintos negativos del ser humano en razón de su sobrevivencia y de sus necesidades humanas y personales.  Nos indica además que así como surge la violencia también puede ser neutralizada.  Pero ¿cómo armonizar esta profunda ambivalencia humana en su vida cotidiana que se hace presente en el centro escolar?
En todo caso, la urgencia de salir al frente de la violencia escolar es cada vez más apremiante porque de lo contrario se irá profundizando y desarrollando en nuestro país un medio ambiente ecológico humano y social tan perjudicial como el producido contra la madre tierra, por el cambio climático.

La violencia escolar se convierte pues en una demanda más para la educación, es la educación la llamada a construir los baluartes contra la violencia en la mente, sentimientos y hábitos de niños, adolescentes, jóvenes lo que significa construir nuevas pedagogías que generan paz, diálogo, tolerancia en una palabra amor porque es el amor la síntesis más perfecta de nuestra identidad de ser persona.  Al sistema educativo le corresponde construir nuevos enfoques y modelos orientados específicamente a construir el currículum, la actividad pedagógica-metodológica-didáctica con el aliento de los valores opuestos a la violencia y propios de relaciones humanas que acerquen y fortalezcan la convivencia en un proceso particular de enseñanza-aprendizaje.

Es precisamente el proceso enseñanza-aprendizaje el verdadero núcleo de la comunicación entre personas. Profesor y estudiante son sujetos de un proceso compartido, dialógico, de aprendizaje, ambos enseñan y ambos aprenden. El curriculum, en su expresión de proceso enseñanza-aprendizaje, debe estar atravesado por la disciplina principal e indispensable como lo es un clima psico-afectivo sano, positivo, constructor de relaciones humanas afectivas permanentes, de una comunicación respetuosa, fluida, de una alta autoestima compartida.

Esta es la asignatura insustituible en todo centro educativo.  En ella se fundamenta la mejor formación y la verdadera calidad de la educación.

* El autor es Ph.D. Miembro de IDEUCA
20 de enero de 2012