•  |
  •  |

El problema del acceso a medicamentos se resume en una pregunta sencilla: “Si yo no puedo pagar el tratamiento esencial, ¿tengo derecho a la vida?” O una pregunta más concreta aún: ¿De quién es un medicamento?:

A): ¿De quien lo investiga y produce?
B): ¿De quien lo compra?
C): ¿De quien lo necesita?

Se elija la opción que se elija, la realidad es que una gran mayoría de pacientes de enfermedades crónicas no pueden pagar por sus medicamentos. Y la respuesta de los acuerdos comerciales entre gobiernos y farmacéuticas, muchas veces, no es la de negarles el derecho explícitamente, sino algo peor. Más frío. El olvido. Porque una pregunta que no conviene responderse es mejor olvidarla.

La otra realidad está ahí. Los familiares, los amigos, los curiosos, se arremolinan en torno al féretro del fallecido. Entonces, alguien pregunta algo que parece un derecho, un derecho que parece una protesta: “¿De qué murió?”. El fallecido descansa en un sencillo ataúd y guarda silencio. Entonces alguien responde en voz baja: “Quién sabe. Se moriría de Chagas”.

Es la respuesta que he escuchado en comunidades y aldeas de varias regiones de América Latina. Y aunque existía el tratamiento, el Chagas es la última explicación para la muerte de alguien que no tuvo diagnóstico médico. Esas personas han sido, durante mucho tiempo, el rostro de todos aquellos que padecen enfermedades olvidadas por el desinterés de sus gobiernos y de la industria farmacéutica.

Es invisible. Eso es lo más traicionero de esta enfermedad. Puede convivir con el enfermo sin manifestar ningún síntoma durante mucho tiempo. Y también se trata de una de las enfermedades más viejas en toda América. Se han descubierto restos mortales en comunidades indígenas prehispánicas que presentan signos de la enfermedad del Chagas. Afecta principalmente a las comunidades rurales pero también hemos visto que puede acabar, según algunas informaciones, con la vida de celebridades, como “La Negra”, Mercedes Sosa.

Aunque es endémica en América Latina, y se estima que provoca 12.500 muertes cada año y lo padecen entre 8 y 10 millones de personas en el continente, está presente en todo el mundo a raíz de los movimientos migratorios. El medicamento más eficaz disponible está en manos de un solo  laboratorio público brasileño. Miles de vidas dependen de ello. Y eso tiene el carácter de una gran injusticia.

El chinche que transmite el parásito de la enfermedad (tripanosoma cruzi), se oculta entre el adobe y la madera, entre la arcilla y los restos de plantas. Es posible que, antes, su hábitat fueran los bosques, pero con el tiempo y la deforestación indiscriminada, el insecto hizo de las casas campesinas su hábitat predilecto, y de los niños pequeños, sus víctimas más débiles. Si no los mata, espera a que crezcan, y en cualquier momento, puede provocar la muerte súbita.

La cuestión no es sólo la enfermedad, sino los enfermos olvidados, cuyo verdadero mal es la pobreza de vivir en ciertas zonas rurales y barrios periféricos. En términos económicos, nunca ha sido rentable facilitarles diagnóstico y tratamiento. Y como es difícil que gente tan pobre demande y denuncie el olvido, nadie perdía nada por no curarlos. Nadie ha asumido ninguna responsabilidad por esos enfermos y esos muertos. Nadie. Ni siquiera los que tenían el tratamiento en sus laboratorios ni los que eran los encargados de solicitarlos y administrarlos. Nadie. Y ese olvido adquiere con el tiempo la magnitud de un crimen.

Hace poco, la burocracia y la falta de urgencia en el gobierno y del laboratorio público brasileño (LAFEPE) volvieron a ponérselo difícil a los pacientes. Debido al retraso en la obtención de la materia prima y la producción del fármaco no aseguraron  la disponibilidad del mismo hasta hace unas semanas. El resto de países de América Latina no debe perder un minuto en presionar y clamar ante los responsables de este retraso cuando las vidas de sus pacientes están en juego. Es inimaginable el daño que habría causado no poder contar con uno de los pocos tratamientos que existen. No se puede dejar la vida de tantos en manos de tan pocos.

Si no se avanza en el diagnóstico y en nuevos tratamientos para el Chagas, pronto volverán las preguntas sin respuesta sobre las causas de muerte, como si nunca hubiera existido tratamiento ni sistema de salud con capacidad de diagnóstico. La culpa entonces no será sólo del chinche.

sanchomas@gmail.com