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¡La ciudad ganó porque ya tiene fiscal! ─me dijo doña Loquera, la anciana que cree en ahuizotes y zambumbias de naranjo agrio─. ¡Va a ver que las panas de los mercados no seguirán sobre las aceras y calles! Los hombres brutos ya no harán de las suyas con las mujeres.
Ya no harán chochadas en las escuelas.

─Hasta no ver no creer! ─le dije a doña Loquera, presintiendo malas jugadas de los funcionarios.  
En efecto, el Fiscal General de la República nombró al fiscal de la ciudad. Y la gente se alegró de que la ciudad tuviera fiscal. Un fiscal debe ser una persona buena que fiscaliza la vida de los demás y les ayuda. Y supuse que el fiscal es una persona honorable, independiente que acata la ley con justicia. Es la ley en vivo.

¿Y qué hace un fiscal en la ciudad? “le pregunté a doña Loquera, vieja sabihonda.

¡Mirá hijueputín “así me decía la señora, porque yo era conejo maldito” un fiscal es todo! ¡Es el defensor del pueblo! Asume el caso de manera imparcial y saludable. Fijate que el fiscal no acciona si en el hecho se topa con un pariente o un enemigo. ¡No puede actuar por decencia jurídica! ¡Es caballeroso!

Yo me sentí fachento porque teníamos fiscal en la ciudad. Y la gente se sentía satisfecha por el agente del Ministerio Público. Y todos hablaban del funcionario que pondría las cosas en orden y con igualdad de la ley. Y la ciudad iba por buen camino con el fiscal recién nombrado. Ahora la vida empezaba en la ciudad.

─¡Ya supiste que tenemos fiscal! ─dijo la señora que vendía chancho con yuca.
─¡Si vos, fijate, ya tenemos fiscal! ─le respondió la señora que vendía chicha en bolsas.
─¡Qué bueno ─dijo el hombre que empujaba un carretón ─ahora vamos a comer fiscal!

En la radio se hablaba del fiscal y felicitaban al Ministerio Público. En la televisión entrevistaban al Fiscal General y destacaban su gran decisión por nombrar un fiscal en la ciudad. En el periódico aparecía la foto borrosa del fiscal, pero se apreciaba adecuadamente.

Apenas se le miraba un bigotito negro, su pelo parado, sus lentes mal puestos, su corbatín y su camisa de mangas largas con rayas.  

─¿Y ya vio al fiscal? ─me preguntó Tío Coyote.
─¡No! ─le dije─ y ¿por qué tengo que verlo?
─¡Ay, chiquito lindo! ─me dijo el coyote─ yo me quedé decepcionado. ¡Pobrecito el fiscal!

¡Pobrecito el fiscal! ─me repitió─ Es un fiscal que da risa. Es un fiscal hecho de llantos y de prisa. A tiempo trabaja en el circo. Sube las escaleras y tiende los mecates. Le queda grande la camisa con rayas y su pantalón de Firuliche. Es un fiscal de trapo, ojos de cuero y sin corazón. En la cabeza lleva una manta amarilla y popelina en sus manos. Es marioneta de una sola cuerda. Tiene otras reventadas, medio funciona.

Se convierte en espanta pájaros. Y muerde sus dientes, la calabaza. Grande su sombrero roto. Silba sus miedos por un grano de trigo. Ama y odia y se queda en fantoche. Sabe curar sus heridas y sus temores. Un esperpento vestido de negro. Ya habla, abre los ojos y sonríe, camina y hace pipí delante de todos… ¡Pobrecito el fiscal! No tiene ojos para mirar a su hijo. ¡Pobrecito… su mundo es nuevo y se desconcierta!   

Telica, 04 de noviembre, 2011.
* El autor es escritor y profesor de secundaria.