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En la década de los ochenta, se creó una palabra –el verbo “postear”- para designar la actividad de ‘cuidar un objetivo económico o militar’ de un posible sabotaje. ¿Quién utiliza ahora esta palabra? Solamente en los registros documentales. ¿Por qué? “Quien sabe los nombres, sabe las cosas”, decía Platón en “Cratilo”, uno de sus “Diálogos socráticos”. Pero una época se dice con unas palabras que quedan marcadas. Y no solo la nombran: son parte de ella. Y con ella se van.

En toda lengua  -como organismo vivo que nace, se desarrolla y experimenta los cambios propios de su evolución-  las palabras vienen a la vida, adquieren vigencia y difusión, pasan a formar parte de nuestra propia vida, entran en el inventario histórico y algunas languidecen en el fondo de los diccionarios, hasta que un buen día nadie se acuerda de ellas. En verdad, las palabras nacen y algunas mueren por distintas razones. ¿Quién dice ahora “vamos al centro” (de la ciudad) si tenemos una capital dispersa y caótica? ¿Se le ocurre decir a alguien “me voy a ir en el tren”, cuando nuestro viejo y nostálgico ferrocarril fue a parar al Perú? Más duradera –la oigo en los usuarios todavía-  es la expresión “la dejó el tren” en alusión a la solterona, la “niña vieja” que ya no va a entrar de velo y corona a la iglesia con su pareja, sino sola y de “tapado”, pero para “vestir santos”.

En ocasiones, desaparecen las palabras cuando desaparece el referente, la cosa que las palabras nombran, y entonces la palabra va cayendo poco a poco en desuso. Alberto Vogl Baldizón (“Nicaragua con amor y humor”) relata con no poca nostalgia que los hachones de ocote y las candelas de sebo fueron relegadas por el candil y la lámpara tubular. Y nos habla también de los tres tipos de flechas que usaban los indios del norte: la “venadera”, que llevaba en la punta un cuchillo para penetrar el codillo de un venado; la “puyona”, con un clavo de un jeme para atravesar animales pequeños, y la “pajarera”, que terminaba en una bola y que servía para cazar pájaros con aquel golpe mortal. Norberto Herrera Zúniga nos cuenta (“Vale la pena vivir”) que de niño aprendió de su padre “montador” (de zapatos, no de toros) la palabra “cambrillón”, una especie de sujetador metálico que colocado en el centro del zapato le daba cierta flexibilidad.

Yo la conocí con una variante fonética y gráfica, “cambrayón”, y la pieza se les ponía a los zapatos tacón alto, para darles consistencia y evitar que se doblaran por la mitad o se deformaran. ¿Seguirán los zapateros usando el “cambrillón” de don Norberto?

Hay muchos casos en los que es difícil precisar cuándo aparece y cuándo desaparece una palabra. El uso, resulta ocioso repetirlo, determina la vida de una palabra. Y la vida de las palabras está íntimamente vinculada al mundo de la vida de los usuarios de la lengua: las cosas que nombra, las acciones que realiza... su vida individual y colectiva. ¿Quién se acuerda de la última vez que abordó el “chimbarón” para dar un vueltín por la capital en aquel bus “pelón”? Y si ya no hay “chimbarón”, ¿por qué seguimos usando la palabra? “Chimbarón” dejó un vacío designativo como objeto (el bus “pelón”), pero la palabra entró en la cultura del pueblo con otras designaciones: ‘niño inquieto y alborotador’, por ejemplo; o ‘niña que se involucra en juegos de varones’, por eso se escribe más propiamente “chinvarona”. Alina Guerrero nos dice en una entrevista: “Realmente yo era muy chinvarona” (LP/07/12/2003).

A veces las palabras cambian porque desaparecen las costumbres. ¿Qué se quiere decir cuando se dice “en mis tiempos”? ¿Cuando se amarraban los perros con chorizo? ¿Cuando escuchábamos música en una victrola? ¿Cuando nos bañábamos con “jabón del país”? ¿Qué nos queda de la “chichigua”, esa mujer que amamanta el hijo de otra? ¿Está el “pereque” cediendo el paso a la “perrera”? Ahora se habla de ropa “de paca” pero, ¿se acuerda usted cuando la ropa no era importada sino “traída”? En mi pueblo  -ahora ciudad- se decía de la muchacha que, llevando consigo tan solo un motetito de ropa, se escapaba con el novio: “¡Se fue juida!”. Ahora no es necesario, porque hay novios “con dormida adentro”.

Ese es el mundo de las palabras, nuestro mundo. Octavio Paz nos lo recuerda: “Las palabras no viven fuera de nosotros. Nosotros somos su mundo y ellas el nuestro”.

rmatuslazo@cablenet.com.ni