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Mucho se ha escrito sobre el 22 de enero de 1967, en particular durante las fechas de su aniversario. En términos investigativos no se ha avanzado lo suficiente, en tanto, muchas versiones son dispersas y contradictorias. Mucho se ha especulado sobre las causas, sin avanzar en profundizar en las motivaciones, pero además en el uso de las consecuencias, para victimizar a algunos de los protagonistas y depositar la responsabilidad total en otros.

Sin ánimos de presentar una versión definitiva consideramos, desde nuestra perspectiva, que se puede arribar a algunas conclusiones a partir de la revisión de las fuentes escritas y orales que se refieren a este acontecimiento. En esta dirección vamos a obviar algunos detalles conocidos para centrarnos en el hecho como tal.

1. La convocatoria  al cierre de la campaña, el domingo 22 de enero de 1967, no fue un acto convencional. La dirigencia opositora aglutinada en la Unión Nacional Opositora, Uno, e integrada por los partidos Conservador de Nicaragua, Socialcristiano y Liberal Independiente, había llegado a la conclusión de que era imposible vencer en la contienda electoral de febrero a un “Tachito” Somoza apoyado en la GN y el control total del Tribunal Supremo Electoral. Por tanto, la concentración de decenas de miles de opositores en la avenida Roosevelt se debería convertir en fuerza de presión para demandar, principalmente ante el mando GN y la sociedad en general: la suspensión de las elecciones del 5 de febrero; la prolongación del gobierno del Dr. Lorenzo Guerrero y la vigilancia electoral internacional por parte de la OEA. El máximo dirigente opositor, Fernando Agüero, habló hasta de contactos con el General Gustavo Montiel, jefe de inteligencia GN. La presión popular debería dar como resultado un acuerdo político en base a esas demandas.

2. A pesar de la exclusión de las fuerzas políticas de izquierda (socialistas, republicanos y sandinistas) sus cuadros y militantes participaban en las actividades de la Uno. Unos exigiendo su participación en el movimiento opositor y otros tratando de canalizar la actitud combativa de las masas hacia posiciones radicalmente efectivas. Razón por la cual no debe resultar anómalo desde la óptica actual la presencia de fuerzas tan heterogéneas en la misma manifestación.

3. En caso de fracasar el virtual acuerdo, la dirigencia opositora tenía una segunda opción: desatar una insurrección popular estilo “Bogotazo”, para lo cual iban a utilizar la alta disposición combativa demostrada por la población en el año electoral.

4. Esta insurrección debería conducir a una situación incontrolable por parte del somocismo, motivo suficiente para provocar una intervención militar de la OEA (léase EU), similar a la que se había dado dos años antes en Dominicana. De esta intervención podría gestarse un proceso transitorio, que le hubiera permitido a esta oposición el desplazamiento del somocismo a  su favor.

5. Hay una expresión que dice “a la victoria le sobran padres, pero la derrota es huérfana”. Es válida para valorar el papel de los protagonistas en enero de 1967. Aun cuando se ha tratado de hacer recaer toda la responsabilidad en el caudillo Agüero –quien tuvo la mayor cuota de culpa al ser el principal dirigente-, no se puede exonerar de la misma al resto de la dirigencia de la Uno. Las fuentes apuntan a que hubo falta de cohesión y coordinación, pero no hay asomo de que haya habido desacuerdos sustanciales en el plan insurreccional.

5. El  objetivo no era otro que sustituir el modelo autoritario del somocismo por otro democrático–burgués. Pero actuaron de forma casi improvisada, a pesar de tener un amplio tendido organizativo en todo el territorio. No aprovecharon para seleccionar y darle entrenamiento militar a tanto recurso humano disponible, que hubiera jugado un papel más adecuado al momento del estallido.

6. Hubo improvisación y falta de cohesión. A pesar que la mayoría de dirigentes sabía lo de los “morralitos”, no todos los campesinos, acostumbrados a portar armas de cacería, los llevaron, porque no “agarraron la seña”. Hubo -según los participantes- quienes botaron la pistola y los tiros, entregados por algunos activistas, que los seleccionaron al “bolsazo” antes de la refriega, en contraste con quienes corrían atropellados en medio de la confusión, a buscar dónde estaban repartiendo armas para combatir.

Estas puntualizaciones no tienen más objeto que llamar a una reconstrucción más objetiva e integral de hechos que, como el del 22 de enero de 1967, por sus dimensiones y consecuencias tuvieron singular trascendencia en la  historia contemporánea del país.           

* El autor es historiador, miembro del Programa Cultural del BCN.