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Las mujeres que en el corto, mediano y largo plazo van a ser violadas tienen un elemento básico en común: no saben ni se imaginan que serán violadas por alguien, que en algunos casos no conocen, en otros, que podrían sospechar, y en algunos de parte de sus propias parejas o familiares.

Estas mujeres que, sin brindar cálculos exactos, son un porcentaje importante de la población y cuyas vidas son esenciales, experimentan dos estados de conciencia vinculados con la posibilidad de ser violadas.

El primero consiste en el hecho de tener el temor, presente en la cotidianidad, a la salida del trabajo, en una calle oscura, al tomar un taxi, al bajarse de una ruta, al salir de una fiesta, al tomar aire fresco de un karaoke, al pedir raid; de que pueden llegar a ser violadas.

Este temor constante dirige en este tipo de mujeres de alguna manera la brújula para estar atentas cuando caminan por la calle, para observar de manera disimulada a algún tipo o un grupo de hombres que vayan caminando detrás de ellas, por una esquina, o que intuya la observan de lejos.

En estos casos, para estas mujeres que conviven y tratan de funcionar con el miedo a ser violadas, son comunes las sospechas y el temor, la paranoia nocturna, urbana, al extraño, a los grupos de hombres por las esquinas, en las paradas de buses, por los parques, las canchas de baseball o de futbol, en fin, por todos los posibles lugares, espacios o focos de la ciudad en los cuales podría estar posicionado y observando como buen cazador el posible o futuro agresor/violador.

En un segundo nivel de conciencia, están las que sin tener presente este temor de manera concreta, ya sea cuando toman un taxi o caminan por una calle oscura, llevan de manera inconsciente el temor impregnado en el cuerpo, en la psique, en el imaginario. Porque aún cuando existan víctimas masculinas, las mujeres son las que de manera más determinada han sido configuradas para temer lo que debido a su cuerpo les pueda ocurrir; sus genitales y su fisonomía invitan  a ser ultrajados, esto desde el imaginario social que en cada cultura y sociedad con sus diversas variables y variantes esté presente.

El cuerpo, materia y espacio desde el cual hombres y mujeres se relacionan con el mundo, con lo social, con lo afectivo y con la cultura; es un campo de significados e imágenes que desde los procesos de configuración de identidades y desde la programación social juega un papel fundamental en lo que resulta ser la vida cotidiana y el sentir/se en los distintos escenarios y pasadizos de interacción.

El asunto es que en el cuerpo/campo se viven una serie de historias, memorias y olvidos (que no se lea literalmente esta palabra) que contendrán -tal como el ADN contiene la genética humana y su herencia- la información y la esencia clave para graficar la afectividad, los temores, las historias y las representaciones que este avatar humano/corpóreo ha ido asumiendo como suyas y como parte de la identidad; pues la identidad corpórea es una, y muchas veces la psíquica, genérica y social/cultural, son otras. No responden a la lógica matemática sino a la parte de la física cuántica de las posibilidades.

En el cuerpo denominado femenino (entendido desde la concepción e imaginario que define lo femenino en contraposición con lo masculino, que vienen  a ser  fronteras poco razonables pero usadas desde la medicina, la política o lo social) ocurren una serie de dinámicas instaladas a partir de un sistema de significados relacionados entre sí, que asumen que esta corporalidad debe ser un campo plagado de dolor, incomodidad, inseguridad, debilidad, enfermedad, descontrol, suciedad, pecado, represión y condena.

El cuerpo asume estas representaciones y entre los códigos que se insertan en el campo corpóreo de lo tachado como femenino, junto con las categorías mencionadas previamente, el miedo es un motor permanente en la cotidianidad; en la vivencia de la sexualidad, en la incursión de lo público que depende de lo privado y viceversa, y en la posibilidad de desdoblamiento posible o no en el cuerpo de cada persona que asume llamarse Carla, Lucía o Ximena.

Es así como entre las mujeres que serán violadas en los próximos meses (en todo 2012), o las que serán asesinadas, algunas lo sospechan, otras no; algunas viven asumiendo ese temor, otras lo manejan en su inconsciente, en las pesadillas; asumiendo sus cuerpos como herederos de un imaginario que las condena solo por ser.

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