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Los tiempos del país han sido los de la universidad. Sus avances, retrocesos, rezagos y retos tienen mucho en común. Recordar la historia de la Educación Superior es oportunidad de aprender y avanzar, en este contexto, cuyo corazón late al ritmo de la crisis, el desencuentro y la esperanza. La autonomía universitaria representa la esencia misma de la universidad, lo que la significa, da sentido y fuerza a su quehacer. En su práctica histórica ha sufrido reduccionismos, desdibujándose, interrumpiéndose y obviándose a tenor de intereses políticos e ideológicos de gobiernos y particulares.  

Cuando la ausencia de reflexión y debate son sistemáticos y superficiales sobre sus exigencias,  ella se desvanece, confunde o tergiversa, en honor al facilismo, la inercia, la mediocridad y el deterioro de su identidad y exigencias.

Tal pareciera, como si la universidad, por sí sola, tuviera una “gracia de estado”, en tanto la autonomía se da por decreto, sin contar con la toma de conciencia y acción necesarias y dinámicas de la comunidad universitaria. Esta situación ha reducido la autonomía, en la mente de muchos, a la simple lucha necesaria pero insuficiente, del 6% para las universidades, obviando los demás flancos de lucha internos claves, necesarios para convertir la autonomía en el núcleo dinamizador de la libertad para pensar, investigar, crear y formar profesionales con mirada de país, comprometidos con una democracia para todos. En ocasiones, incluso, esa simplificación ha devenido en cerrar puertas y ventanas a la crítica social e institucional externas, que demandan de la universidad compromiso más activo, transparente y creativo con el país. Tal actitud se ha concretado, en ocasiones, defendiendo intereses internos cómodos y la endogamia como su mejor mecanismo reproductor.

En otros casos, autoridades y grupos universitarios fácilmente han sucumbido a los cantos de sirena y coopción de la ideología y dádivas gubernamentales dominantes del momento, renunciando a ser conciencia crítica de la nación, convirtiendo la autonomía en algo acomodaticio, mero lema histórico y propagandístico. Por el contrario, cuando la universidad ha logrado sistematizar la reflexión y el debate como armas generadoras de pensamiento crítico y propositivo, han logrado concertar cambios internos profundos y reformas auténticas, con su mirada comprometida con el país. En esta disyuntiva de avanzar en el logro de una autonomía efectiva y productiva, es preciso que la educación superior del país logre alentar todo aquello que favorezca el triunfo de la fuerza de la razón sobre la razón de la fuerza.

Algunas claves relevantes que pueden contribuir  a una autonomía resignificada y sostenible son las siguientes:

-Fortalecimiento y transparencia de los procesos democráticos internos: Procesos de elecciones y selección de autoridades con amplia participación y transparencia, ajenas a injerencias partidarias externas, respondiente únicamente a capacidades académicas, liderazgo, visión de país y contextura moral. Ello representa el núcleo generador principal nutriente de la autonomía universitaria.

-Clima psicosocial de respeto y libertad para desplegar el pensamiento, capacidad crítica y propositiva sin coerción ni estado de sitio a la inteligencia, sin temor alguno, nutrientes esenciales de nuevas ideas; ello brinda el aliento para romper obstáculos al cambio y promover la innovación, gestando nuevas formas de pensar y activar el quehacer universitario.

-Actualizar la visión y la misión de educar, formar y generar conocimiento por medio de la investigación: Supone elaborar ofertas de formación altamente consonantes con las necesidades del país y su desarrollo humano; constituirse en espacio abierto para la formación superior y el aprendizaje permanente; promover, generar y difundir conocimientos por medio de la investigación y docencia, dirigidos, principalmente, a resolver problemas de los más pobres y olvidados; comprender y fomentar las culturas nacionales, regionales e internacionales con pluralidad y diversidad; proteger y aportar valores de/y a la sociedad; e impulsar el compromiso con la mejora de la educación nacional.

-Resignificar la función ética, autonomía, responsabilidad y capacidad prospectiva: sometiendo todo su actuar a la ética y el rigor científico intelectual; ser conciencia crítica de la nación ante problemas éticos, culturales, políticos, económicos y sociales con total autonomía; reforzar sus funciones críticas y progresistas, defender los derechos humanos, la paz, justicia, libertad, igualdad y solidaridad; disfrutar de libertad académica y autonomía con derechos y obligaciones, con responsabilidad, dando cuentas a la sociedad.

-Fortalecimiento de la participación y promoción del acceso de la mujer eliminando cualquier estereotipo discriminador, fomentando estudios de género; promoviendo acciones formativas dirigidas a atender las diferencias, superando cualquier forma de discriminación.

 -Velar constantemente por generar procesos docentes e investigativos comprometidos con la calidad  y el compromiso con el cambio social.

*  El autor es Ph. D., miembro de Ideuca.