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Hoy no existe la tranquilidad en una cita de amor. La tecnología con su afán nervioso lo modifica todo. Antes del primer beso y el primer abrazo, cada quien tiene un país interno en su mente, en su cuerpo, en sus acciones, lleno de circunstancias, de olores, traiciones y trampas. No queremos pensar, y nos estamos volviendo obcecadamente tramposos y no nos importa. Nadie quiere dejar el teléfono pendiente. En la casa o en la tierra de nadie. Si nos vemos en el espejo sin escrúpulos, nos daremos cuenta que nuestra relación cotidiana nos indica que vivimos en una burbuja digital, de la cual no queremos desprendernos.
Somos hijos del cordón umbilical del instinto. Estamos atados al ritmo de sus temblores. Al vaivén de la adicción, que nos envuelve y nos hace perder los ojos.  La brecha humana, es un asunto que apenas observamos. Estamos rotos en el aprendizaje de persona a persona. Muy lejos, en la condición que exige la vida.  Estamos sin parar. La competencia devora.  Como la cosa es tan fácil, nos estamos fastidiando. Al menos yo. Algunos dicen que estar hiper-conectado nos cambia el mundo. Pero también está flotando en el aire cada vez con menos entusiasmo, que lo que aprendimos no significa nada.
Vale la pena reconocernos, si en el trabajo por ser mejores ciudadanos aportamos haciendo más de lo que sabemos. En la responsabilidad individual, las ideas lo son todo. Lo novedoso no siempre es la expresión de una idea poderosa. Al final de cualquier discusión quedan algunos sinsabores, que irremediablemente son tan comprometedores como las hojas de un álbum viejo que pide a gritos ser remozado.
Lo cierto es que no toleramos la crítica, aunque a ésta le pongamos el corso de constructiva. La verdad o la razón tienen muchas espinas, incómodos vecinos, y otras tantas de especulación solapada. De ruido aletargado. Para poder resolver nuestros problemas urge saber seleccionar o apropiarnos de la buena información que necesitamos para salir a defender nuestro mundo local, reconocernos en el territorio y ser partícipes de un liderazgo compartido, en el trecho que nos lleva al despertar humanista.
Unos dicen que sí, otros, actúan como resentidos. Vale la pena ser intuitivos. Aunque suene a intermediario. No tengamos miedo al caos. La certidumbre a veces opaca los fulgores de la creatividad. En nuestro pequeño patrimonio se impone que debemos aprender de lo que nos dicta nuestra escucha. No podemos seguir viviendo de las viejas experiencias, que son relevadas con la agilidad de pensamientos urgentes. Los escenarios desconocidos son nuestros. Es necesario aprender del futuro.
Queda mucho por hacer entre la libertad y la innovación. Queda mucho por entender de nuestro tiempo. El escritor uruguayo Eduardo Galeano dice atinadamente en su libro Espejos:
Cada día, leyendo los diarios, asisto a una clase de historia. Los diarios me enseñan por lo que dicen y por lo que callan. La historia es una paradoja andante. La contradicción le mueve las piernas. Quizá por eso sus silencios dicen más que sus palabras y con frecuencia sus palabras revelan, mintiendo, la verdad.