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Eso es lo primero que Loubna (una joven de treinta y pocos años) pregunta en árabe cuando llama a su casa paterna por teléfono desde fuera del país. En dependencia de la respuesta, ella se hará una idea de cómo están las cosas en Damasco.

Loubna nos cuenta que todo empezó en una pared. Eso es por decir algo. Nunca se sabe en qué momento empiezan las cosas. Pero en este caso, al menos esa pared y unas palabras fueron el detonante. Parece increíble que en estos tiempos de revolución digital, la de Siria empezase con un graffiti sobre la libertad que un muchacho pintó en una pared de una ciudad del sur del país. Y también parece increíble que, aunque resulta complicado disponer de una página de Facebook o entrar en las redes sociales desde Siria, por las restricciones sobre internet, se hayan difundido matanzas y protestas a medio mundo por esos medios. Pero todo empezó en una pared, a la usanza de la vieja tradición revolucionaria. Las palabras en las paredes parecen gritar más fuerte que en una página o una pantalla.

Cuando Loubna habla de su país, vuelve a ser niña y, entonces, lo primero que recupera es el olor del “jazmín”, nos dice, y las punzadas, en las plantas de los pies, “del empedrado de antiguas calzadas romanas que discurren  a través de calles modernas donde, a cada paso, encuentras una clínica de cirugía estética que te ofrece pechos a medidas y narices perfectas, etc. En Damasco, todo puede resultar extraño y a la vez excitante”.

El país ha disfrutado de ciertos servicios públicos que pocos han tenido. El presidente Al Assad, padre del actual mandatario (empeñado en no dejar el poder familiar heredado a pesar de la sangre y del dolor que está causando su negativa) gobernó durante cuarenta años una especie de régimen socialista. Sobrevivió con tiras y aflojas en medio de un contexto internacional muy complicado. Concilió a las minorías (Loubna pertenece a la minoría drusa, que aún se considera una secta por parte de algunos) y dedicó un esfuerzo significativo a la educación universitaria y al acceso a servicios de salud de calidad.

A cambio, como en cualquier contexto de gobernantes que aspiran a ser eternos, los de Siria se volvieron más ambiciosos y recelaron de todo tipo de pensamiento crítico.  

Loubna sabe que algunos grupos de oposición están siendo apoyados por intereses de países occidentales. Ella colabora con un grupo cuyo objetivo es asegurar una transición donde se respeten las minorías y no se desemboque en una guerra civil como en Irak. Y para eso es necesario que no haya intervención militar extranjera, según opina.

“También hay mucha población en la pobreza”, dice, “pero no ha sido eso lo único que ha levantado la insurrección. ¿Para qué sirve que eduques a la gente y la formes en el estudio crítico si después no la dejas hablar ni relacionarse, o prohíbes Internet? Al final, la mayoría acaba burlando el sistema de censura y envía información a través de páginas web y redes, cambiando una y otra vez de proxy, por ejemplo. De todas formas, siempre nos quedan las paredes.”

He entrevistado a Loubna para una radio y nos ha contado ejemplos de códigos para hablar por teléfono con su familia. El padre de Loubna ha escrito algunas cosas y ha dado clases de otras. Eso lo hace en un tipo que se debe vigilar. Y a esos tipos se les puede torturar de las maneras más atroces, según todos los testimonios. Si ella pregunta a su padre por el dolor de espalda y él contesta que ese día es muy agudo, Loubna entiende que hubo muertos en las protestas. Y así encadenan conversaciones secretas que ponen a prueba el enorme sistema de información con el que cuenta el régimen, incluyendo a vecinos que informan a cambio de seguridad o de una propina.   

Incluso estando fuera de su país, Loubna tiene miedo. Allá y acá, las paredes oyen. Pero también, a veces, se vuelven la piel desnuda de las ciudades para gritar, para dibujar una rebelión. Ahora que han fracasado las últimas propuestas de la Liga Árabe para un acuerdo entre el presidente sirio y los grupos de oposición, el país está abandonado a su suerte. El dolor no va a parar, pero ya se sabe que nadie se queda en el poder para siempre. El problema es que quien se empeña en ello, se vuelve ciego y torpe;  y no escucha esa vieja historia que cuentan y saben hasta las paredes en cualquier lugar del mundo.

sanchomas@gmail.com