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La lengua hablada, en particular, es esencialmente expresiva, porque posibilita la transmisión de nuestras emociones y nuestros sentimientos. Es el medio fundamental de comunicación humana que le permite al individuo expresar y comprender ideas, conocimientos y actividades De allí parten, seguramente, las primeras manifestaciones del lenguaje. Porque el hombre primitivo, en los primeros estadios de la humanidad, rompió el silencio de la palabra hablada cargada de emociones con gritos y expresiones afectivas, y poco a poco fue elaborando mentalmente sus ideas. Y de allí parte, también, el aprendizaje de la lengua oral de los niños, como resultado de un proceso de imitación y maduración a través de la riqueza de estímulos que rodean y condicionan el entorno comunicativo.

Todos sabemos reír y llorar, como sabemos amar y servir. Y no solo eso. Todas esas emociones y sentimientos dependen, en buena medida, del entorno en el que nos movemos, de las imágenes y vivencias con las que nos alimentamos, de los pensamientos y emociones que alojamos en nuestro interior. Es la palabra, en muchos casos  -y sobre todo la palabra hablada- , la que se encarga de sacar a luz lo que subyace en los recovecos de nuestra vida interior. (“Háblame, para conocerte”, decía Sócrates).

Afectividad explícita e implícita
Todo hablante encuentra dos caminos idóneos para manifestar los afectos más íntrínsecos de su ser a través del lenguaje de la emoción: la afectividad explícita y la implícita. La primera se refiere a la existencia de algunos términos y fórmulas de lenguaje creados específicamente para  expresar nuestros afectos y sentimientos.

Figuran, al respecto, la mayor parte de las interjecciones como ¡ala!, ¡epa!, ¡opa!, ¡upa!, ¡uuhh!, ¡uyuyuy!, ¡ecolecuá!, ¡púchica!, ¡quienquita!, ¡so!, ¡guácala!, ¡güevo!, ¡ideay!, ¡jocote!, ¡jodido!, ¡juácata!, ¡fuácata!, ¡lerolero!, ¡machalá!, ¡malaya!, ¡miércoles!, ¡mierda!, ¡nacatamales!, ¡nacascoles!, ¡negra!, ¡pungún!, ¡puta!, ¡adentro!, ¡ajá!, ¡aló!, ¡bárbaro!, ¡chancho!, ¡che!, ¡chiva!, ¡chocho!, ¡choco!, ¡chófiro! ¡cuche!, ¡!diastre!

Se incluyen también en la lista toda la gama de aumentativos y diminutivos: cachimbón, cascarón, chibolón, ñomblón, guayabón, garugón, huyón, chambón, bujón, matizón, putón, rebanón, reventón, chupetón, pesquisón etc. También en –ote, como maridote. Y el abundante –udo: chiboludo, gorongudo (de piel oscura), gorrudo (irascible o de mal carácter), tripudo, guayabudo, jicarudo, paipudo (de mandíbula inferior pronunciada), mechudo, charraludo, boludo, mameyudo (cabezón), caitudo (de pies más grandes de lo normal), cascarudo  cojonudo (persona valiente), cascarudo, piporrudo (barrigón).

La afectividad implícita consiste en emplear otro grupo de palabras y frases a las que cargamos de expresividad por medio de la entonación o por un cambio metafórico de sentido. Son frecuentes expresiones del tipo: “Esta mujer es un infierno”, “Ese tipo es una bestia”, “Es un bayunco de marca mayor”, “Es más caballo que dado a hacer de encargo”.

Medios fraseológicos
En su evolución, la lengua ha ido modificando su estructura morfológica y sintáctica gracias precisamente a la influencia de la afectividad expresiva. Podemos advertirlo en las formas verbales: “Quería pedirle un favor” tiene un matiz más suave que “Quiero pedirle un favor”. Son expresiones en las que el verbo ha perdido su sentido temporal o modal originario por influencia de sentimientos afectivos de cortesía, de mandato, de duda, etc.

Las hipérboles o exageraciones son una muestra oportuna para la expresividad lingüística popular que luego pasó a otros niveles de la lengua. Por ejemplo: “Camina como zopilote apaleado”, “Tiene más concha que un curcucho”,  “Tiene más tapas que un lagarto”, “Lanza como flechas los gargajos”, “Tiene ojos de chivo ahorcado”.

La sinonimia léxica o fraseológica de carácter intensivo cubre un extenso campo de expresiones. El nica, dueño de su lengua, inventa o reinventa sus propias palabras. Basta citar algunas voces empleadas para designar el trago de licor: el aliterado piquinyuqui, el onomatopéyico clin clin, el armonioso guaspirolazo, el sabroso farolazo, el sonoro cachimbazo y muchos otros en –azo: bojazo, bujillazo, chimiscolazo, guacalazo, pencazo, rielazo y vergazo.

El susto, la sorpresa, el miedo, la ternura... los distintos estados de ánimo suelen reflejarse en el lenguaje con los casi infinitos matices de la entonación y la repetición de sonidos:

Yo quise decirle:
Te llevo morena a los santos altares
Pero fue imposible
Pues me charchaleaban todos los hijares.
(Carlos Mejía Godoy: “Cuando yo la vide”)
Todos estos recursos de la lengua hablada constituyen, como afirma J. Vendryes en El lenguaje, “un medio eficaz de acción ejercida sobre el interlocutor, a fin de suscitar en él una actitud afectiva y volitiva, conveniente a nuestros fines”. Porque la expresión de una idea “jamás está exenta de un matiz de sentimiento”.

rmatuslazo@cablenet.com.ni
*El autor es lingüista, miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua.