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Tu hermanita de 13 años vive con tu madre y su nuevo compañero, mientras tú habitas otra ciudad. De repente, recibes la noticia de que tu hermanita está embarazada. El reo, dice ella, es su padrastro. El crimen comenzó hace dos años, pero sólo salió a luz después de que tu hermanita llegara a la pubertad. Tu madre lo niega todo, diciendo que no sabía, que no era posible, que ella lo hubiera sabido, y que además, ama a su protector.

Pero tú confías en tu hermanita, un espíritu claro y honesto. Y, siendo sinceros, tú no vives en la casa por tu disgusto con el hombre, que es alcohólico. Te da lástima ver a tu hermanita, que apenas te llega al hombro y pesa 73 libras; tan abatida y en peligro de morir porque debe parir a su bebé en una edad tan prematura.

Sospechas que sus huesitos no son aptos y tienes razón. Las niñas que son forzadas a parir pueden tener problemas físicos de por  vida y sus bebés tienden a morir en el primer año.

¿Qué puedes hacer? Hay un sistema para proteger a las niñas abusadas, víctimas de violencia, que no pueden vivir seguras con sus familias. El Ministerio de la Familia sacó a tu pobre hermanita de la casa infame. Pero otra parte del sistema -el Ministerio Público- no acepta hasta oír su testimonio (se llama María): qué fue lo que pasó, por qué no hubo otros testigos. El violador queda fuera de prisión porque el testimonio de María no vale. Pero tú sí le crees.

Tu hermanita está viviendo en un albergue para mujeres abusadas; uno de los cuatro que hay en Nicaragua: Managua, Waslala, San Juan del Sur y Ocotal. Tu madre sigue viviendo con el violador como si nada. ¿Puedes aguantar vivir en un mundo tan vil? Entre tu madre y su pareja, que también es tu padrastro, le han arruinado la vida a tu hermanita. Le han robado algo que vale mucho: su niñez, su autoestima, su sentido de dirección en la vida.

Pierde peso a pesar del embarazo. Te preocupas mucho por su desánimo. Qué alegre fue alguna vez. Qué graciosa y bondadosa; un poco tímida pero nada irregular para su edad. ¡Y ahora! Si tu hermanita sobreviviera al parto, deberá perder años de su vida criando a un niño que no quiso, un niño que le recordará siempre al padrastro y la invasión continua de su cuerpecito; porque no hay aborto legal en Nicaragua, aun en casos de violación o incesto. Y tu hermanita es un caso (si se puede usar la palabra “caso” a propósito de un ser querido) de ambas cosas.

Ya todo el mundo dice que es una “ex-prostituta.” Qué mentira, qué estupidez. Y tú, ¿qué haces? No se trata de venganza personal (“ojo por un ojo” no es tu moral, y en todo caso así siempre se termina en un mundo de ciegos). La única cosa que sí se puede hacer es cambiar ese mundo, donde el mal es escondido, negado, y son las inocentes quienes reciben mala fama.

Suerte que existen albergues. En el albergue para mujeres abusadas María está rodeada por otras experiencias de violencia intrafamiliar y explotación sexual.

Recibe apoyo, amistad y comida de las otras niñas; atención médica, terapia, instrucción a su nivel, comprensión del personal del albergue. Está aprendiendo manualidades y se muestra hábil.

Inicialmente, María no quiso salir; sintió vergüenza. Tú le decías: “Ni modo. La culpa es de él.” Ahora sale; salen todas, acompañadas, para comer helados, pasear, comprar pequeñas cosas.  Tú crees que la vida de María va a mejorarse.

Sabes que muchos adolescentes se curan de las heridas. María será adulta, pero...
Si solamente hubiera un sistema de madres sociales en todas partes, un hogar que les diera la bienvenida que tú no puedes dar. Un sistema de sensibilización  para hombres, más empleo, una campaña para los alcohólicos... Piensas: los hombres deben aprender a respetar los derechos de la niñez, a controlarse.

¿Es un hombre el que comete una acción como esa? ¿El que quiere comprar a una madre su hija? ¿El que piensa que es una tradición en vez de una traición comprarse una mujercita? Son bestias que todo el mundo debería rechazar. ¿Y las madres que no protegen, que no enseñan valores o no los  practican; que exponen a sus niñas a malhechores; que las venden para comida, o por celulares? ¡Que roben antes de vender a su carne y a su sangre!

¿Y qué haces tú con las malas lenguas, con los que llaman a las mujeres explotadas y golpeadas “perras” (como hacen los raperos), que les llaman a todas “puta”? ¿Y qué hacer con los que no entienden lo que le pasó a tu hermanita y a las niñas que están a su lado? Hay miles de ellas, centenares de miles, millones; en los Estados Unidos, en Afganistán, en África, en Asia...

Piensas, dolorosamente pero con un relámpago de esperanza, que el respeto y la protección de los derechos crecen con la experiencia de los abusos. Por fin, encuentras tu voz.

© 2012. Margaret Gullette es escritora, autora del libro  “Agewise” (Premio de la Crítica en categoría No-ficcción, en Estados Unidos, y de otras obras. Ayuda a un albergue para mujeres y niñas abusadas llamado Casa Solidaridad, en San Juan del Sur, Rivas, Nicaragua.