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Muchos de los comentarios sobre la economía americana actual dan la impresión de que los economistas deben solucionar sus problemas, pero Washington rebosa de economistas inteligentes y los problemas continúan. Una economía es como una nube: solo cuando se está dentro de ella se comprende lo difusa que es, y que lo que importa son las partículas de vapor que la componen.

Del mismo modo, una economía es una acumulación de transacciones relativas a bienes y servicios, la mayoría de ellas llevadas a cabo por empresas comerciales. Lo que importa son sus funcionamientos, que solo se pueden apreciar desde la distante perspectiva de los modelos y de las estadísticas económicas, pero sólo en el terreno, donde se construye una economía, donde se rompe y donde se debe repararla.

En el terreno hay dos clases de empresas: las que se basan en la exploración y las que se basan en la explotación. Todas las economías cuentan con esas dos clases, pero una economía sana favorece a los exploradores, cosa que fomenta el espíritu de empresa que hizo de los Estados Unidos el motor económico que es.

Lamentablemente, la economía americana ahora favorece a los explotadores.
El desarrollo económico recorre un ciclo que comienza con jóvenes empresas exploradoras que presentan nuevos productos, servicios y procesos. Sin embargo, con el tiempo, al triunfar, muchos exploradores se vuelven explotadores. Saturan sus mercados, se quedan sin ideas nuevas y se vuelven perezosos. Entonces, amplían sus líneas de producción, en lugar de crear productos nuevos, reducen costos presionando a sus trabajadores, cabildean con los gobiernos para conseguir un trato favorable, se fusionan con competidores para reducir la competencia y manipulan a los clientes para exprimir hasta el último penique.

Naturalmente, con ello esas empresas resultan vulnerables ante las amenazas creativas de la siguiente oleada de exploradores --las nuevas empresas veloces que se enfrentan a las viejas y engordadas grandes empresas-- y el ciclo de destrucción y reconstrucción vuelve a empezar.

Comparémoslo con los Estados Unidos de los rescates, donde las engordadas están consideradas “demasiado grandes para quebrar”. En realidad, muchas son demasiado grandes --o al menos demasiado mal administradas-- para triunfar.

¿Cómo explicar, si no, el caso de bancos y de empresas de seguros importantes que se juegan su futuro por hipotecas-basura, como habría revelado una pequeña investigación? O bien sus directores superiores no lo sabían o bien pensaron cínicamente que podían salir impunes, mientras que a los demás les daba igual o no pudieron convencer a sus jefes al respecto.

Ahora muchas de las empresas nacientes de EU saltan directamente a la explotación. Mientras que los empresarios de este país se habían inclinado tradicionalmente por crear legados sostenibles, ahora muchos de ellos se esfuerzan por obtener una oferta pública inicial que les permita obtener una rentabilidad rápida, cosa que puede ser contraproducente en gran manera, al interrumpir lo que aún debían aprender.

Visto así, no hay una solución rápida para los problemas económicos actuales de los Estados Unidos. Despedir a trabajadores o incluso imprimir moneda puede ser fácil; cambiar el comportamiento disfuncional no lo es. La economía de los EU tendrá que ser reparada por sus empresas, una por una, en el terreno.
Se debe comenzar con el personal ejecutivo, en el que se debe prescindir de los mercenarios para fomentar la verdadera capacidad de dirección. Ese es el aspecto fácil: al acabar con las remuneraciones obscenas, desaparecerán los mercenarios. Después pueden ocupar su lugar personas a quienes interese construir y mantener empresas decentes, y que comprendan que se trata de una tarea en equipo.
Para crear empresas con éxito, hace falta tiempo con el que inventar productos mejores, servir a los clientes más eficazmente, y apoyar a los trabajadores de modo que aumente su compromiso.

El apoyo público debe pasar de proteger a las grandes empresas establecidas a fomentar el crecimiento de empresas más nuevas. Y se debe disuadir a las empresas nacientes de apresurarse a echarse en brazos de analistas del mercado bursátil cortos de miras. Al mismo tiempo, se debería utilizar la reglamentación y la fiscalidad para poner coto a las destructivas operaciones bursátiles y otras formas de especulación explotadora que expulsan del mercado la inversión sostenible y alteran las actividades comerciales normales.

Por encima de todo, lo que la economía americana necesita ahora son gestores que conozcan sus negocios y los cuiden.

* El autor es profesor de la cátedra Cleghorn de Estudios de Gestión en la Universidad McGill (www.mintzberg.org).