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La había conocido desde siempre con aquel carácter. Y uno se acostumbra al carácter de los otros como al paisaje agreste o montañoso, que nunca cambia, o que cambia tan lentamente que apenas se percibe. Ella es así, nos decimos.

Huraña, arisca, y sobre todo desconfiada. Pero sabemos que al final, o en el fondo, como se dice cuando te refieres a personas, late un ser noble, bonachón. Y la bondad conmueve más cuando proviene de alguien que parece malencarado, como ella. No era sólo que no confiara en nadie sino que tenía miedo a dejar cualquier trabajo o cualquier responsabilidad en manos de otra persona. Su mejor amiga me contó algo que en estos días he tenido muy presente sin saber por qué.

Y es que a veces tienes que arrancarte de las entrañas algunas frases y lecciones marcadas a fuego desde tu infancia. Digo. Esas cosas que te enseñó tu mamá o tu papá, o tu mejor amigo, o el maestro en quien confiabas más. Esas que, cuando pasa el tiempo, descubres que no eran verdad. Pero vaya si cuesta quitárselas de encima. Yo le he recriminado a mi madre muchas veces que la única vez que tuve la tentación de participar en política me dijera que no fuese tonto y que, si me metía a eso, que me aprovechase de verdad. Con el tiempo, me ha aclarado que para ella la política, hoy en día, es sinónimo de delincuencia sin matices, y que por tanto cuando uno toma una decisión no puede ser a medias tintas. Ella no cree ni en los buenos ladrones ni en los buenos asesinos. Si se es, se es con todas las de la ley. Bueno, qué le vamos a hacer. En cualquier caso, menos mal que no me metí en política.

Pero yo les hablaba de nuestra amiga. Trabajaba en una gasolinera, atendiendo a clientes de todo tipo. No era precisamente la amabilidad en persona, así que nadie se explicaba cómo había durado en ese puesto tanto tiempo. Llegó el día en que la suerte se le acabó y su responsable adujo lo que a todas luces parecía lógico: que su carácter no era compatible con la atención al cliente. Ella estuvo de acuerdo y se marchó. Pero no cambió un ápice.

Un día su amiga le preguntó por qué le era tan difícil modificar ligeramente el modo. No se trataba de convertirse en un terrón de azúcar de la noche a la mañana, sólo de parecer menos amargada.

“Lo que a mí me pasa”, le dijo, “es que estoy siempre enfadada, muy, pero que muy molesta con todo el mundo. Lo peor es que no puedo dejar de estarlo. Creo que sé cuándo empezó todo, pero no cuándo va a terminar. Y empezó encima de una mesa. Cuando era pequeña. Tenía nueve años. Mi madre me puso de pie sobre la mesa de la cocina. Tenía su manera de dar lecciones, siempre con ejemplos físicos. Lecciones que había aprendido de su abuela en una infancia dura. Lecciones para la vida, decía que se llamaban.

Ya no me acuerdo qué le motivó a hacer aquello, o qué pude hacer yo antes de eso. No puedo acordarme por más que lo intento. Entonces, ella se puso detrás de mí, y me dijo con una voz tranquila que me dejara caer de espaldas, y que ella me recogería antes de que pudiese chocarme contra el suelo. Yo me lo tomé como un juego. Hice exactamente eso: me dejé caer, como ella decía.

Entonces sentí el vértigo en el estómago, pero sabía que allí estaba mi mamá y que no me iba a dejar caer del todo. En esa confianza, el cuerpo se aflojó y entonces el golpe contra el suelo fue tremendo. No por lo fuerte, aunque estuve a punto de abrirme la cabeza, pero, bueno, los niños son de plástico, dicen. Fue tremendo por lo inesperado. Cuando aún estaba allí, aturdida, doliéndome todo, mi madre se vino sobre mí y me dijo gritando:

-Eso es para que aprendas a no fiarte de nadie, ni siquiera de tu madre.
El caso puede ser extremo. O no tanto. Quién sabe. Me recordó a esas viejas frases de abuelita enojada: “La letra con sangre entra”; “Quien bien te quiere, te hará sufrir”, etc., etc. Me recordó lo que cuesta quitarse de encima esas “verdades inmutables” que te enseñan quienes guardan la certeza de las cosas hasta que descubres que ellos, quienes más amaste, heredaron un antiguo rencor, o un dolor muy viejo, y que si te descuidas, acabarás cargando con él. Y cuesta, cuesta mucho sacárselo de las entrañas.

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