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El cielo está minado de favores. De disculpas y falsas contemplaciones. La mirada se tuerce el cuello, pero no se humilla. Hay expiaciones desaforadas. Un lugar común que desafora y no permite urdir las huellas humanas. El cielo está atosigado. Un palpitar que no descansa. La propia calle que afronta sus miserias. Una historia que se repite en la crisis.

Yo leí tardíamente el libro del silencio. En mi afán no pude callar la voz de un relámpago. No sorprendí al testigo que tembló en sus manos. No intenté huir para no dejarle a la curiosidad los restos del desencanto.

Es el olvido que me dice: voy a esperar. La tiranía de la paciencia, en otra revuelta de motivos. “Voy a plantar esta almendra para dar testimonio de la paciencia”; son versos de Hugo Padeletti los que se deslizan en mi mente en la búsqueda de los propios límites del diálogo.

El cielo está minado por los apuros del hombre, que después de tantos siglos, ha perdido el entusiasmo. No hay fluir en lo  afectivo; en el color  que desgrana la tristeza cuando carga el amanecer. En la otra mitad de la tierra, muy poco queda de la naturaleza.

Siempre hay un gesto que no tiene acontecer. Un depredador atrapado por el río. La misma condición de un planeta frustrado. Una mano que no cultiva el amor.

Estoy avanzando hacia mi infancia para encontrarme con el trompo que aún es joya de vida, con el juez de las carreras imaginarias a cuatro vientos y bajo la lluvia. Estoy avanzando al lugar donde dejé a la luna como una manzana violenta. Con mi hermano Beto, ayudándome a seguir el punto y seguido que los dos entendiéramos. Es mi respiración,  que está diciendo cosas en la puerta de un eco.

Mirar el cada día, como el ahora, y lo que es; el pasado no tiene  a quien avisar que ha perdido representación. Mirar el cada día, y poner el énfasis en la voz que se escucha del otro.

Por actuación, pregunto: ¿Quién nos marca el buen vivir? La metáfora se oculta en la complicidad de cualquier moda. Es necesario saber que, aunque la confusión también se contradice en cualquier dimensión, es como efecto de poder. Hasta ahora nadie habla de rendición del libreto, aunque éste palidezca tan ingenuamente. La actuación como ejercicio es y corresponde a un diálogo de poder. Y coincidir siempre con la actitud de estar mirando. Y en el decir contemplar para gozar el escribir, pintar, hablar y soñar como actores. El deseo de tocar un sueño. Aquí, en mis manos como en un vuelo a la vida, en la cascada imposible. Conmovido con la ternura excitada de un cuerpo de mujer penetrando en mis ojos, hasta llegar a mí.

En el momento del ojo, en su impulso creativo, todo está vinculado con  su propia participación como un gran puente.

El cielo está minado por la ausencia de un socorro, por la palabra callada de cinismo. Por el diletante, que no escucha a su oído. Por la soledad que hizo las cosas a su manera. El cielo está minado por la herrumbre del hombre, que sólo se inquieta al gusto, al negocio, al tacto egoísta, a las apariencias de su ser, que se acomoda siempre en la nada.

* El autor es poeta y periodista nicaragüense.