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Sorprende y enorgullece que un nicaragüense haya escrito la obra Persia / El espectacular imperio (2004). Me refiero a Napoleón Alvarado Narváez, un leonés de nacimiento, pero arraigado desde muy joven en Managua y empresario, cuya firma en la versión inglesa —lanzada por X-Libris de Filadelfia, Pensilvania— es Napp Alva.

Napoleón Alvarado Narváez es un autodidacta. Pero sus nociones de historia antigua —acrecentadas a través de los años— se remontan a las adquiridas en los felices, transparentes días de su niñez. Su ámbito temático, por tanto, no se restringe a su patria, sino que tiende —continuando la tradición rubendariana— a la universalidad. Más exactamente, se dedica con no poco afán a develar, en forma de novela histórica, el fabuloso Imperio Persa, tan desconocido como cargado de actualidad por los acontecimientos bélicos que han consternado y conmocionado al mundo, iniciando una época de carácter preapocalíptico.

Sin embargo, esta connotación se halla ausente en la obra recreativa, sustentada en las lecturas fecundas e infatigables y en el deleite artístico de su autor. Para éste, el Imperio Persa es objeto de una resurrección literaria, aunque fiel a la historia. Su empatía hacia los personajes que lo forjaron no la oculta: la despliega con gracia y devoción. Y, sobre todo, con rigor tanto descriptivo como estilístico. Por eso optó por concebirla como una novela.

La misma actitud animó a Salomón de la Selva, otro nicaragüense universalista pero literato de profesión, en su Novela de Dioses y Héroes Ilustre Familia (1954): resumen de la mitología griega, biblia de sensibilidad y compendio de la sabiduría de Occidente. Por su lado, Alvarado Narváez nos obsequia minuciosa y amenamente la de Oriente, mejor dicho el legado cultural de Persia, meseta enclavada entre la Mesopotamia y la India, de un millón seiscientos cuarenta y ocho mil kilómetros cuadrados de extensión y una altura media de 1,300 metros, lo que le proporcionó un clima permanentemente templado.

Con esas características, Persia constituyó un vasto ámbito civilizatorio que produjo a Darío I, el primer magno administrador que conociera la humanidad. Darío I demostró ser “el mejor administrador de cuantos jefes de estado o presidentes hayan existido hasta hoy [...] Aun cuando posteriormente hubo monarcas o jefes de estado que fueron buenos organizadores (Alejandro Magno, Octavio Augusto, Adriano, Napoleón, etc.), todos ellos partieron, en mayor o menor proporción, de las mismas directrices que estableció Darío”. No en vano se había coronado Emperador del Imperio más grande —fundado por Ciro— que hasta entonces el mundo había conocido.

Desde luego, Alvarado Narváez parte de Ciro, conquistador del Imperio Asirio y de Lidia, país situado entre el Mar Mediterráneo y el Mar Negro, al norte de lo que es hoy Turquía, donde gobernaba el rey más rico de aquellos tiempos, Creso, de cuya incalculable riqueza los griegos construyeron numerosas leyendas exageradas. En la vieja Babilonia, Ciro dejó en libertad a los judíos, sometidos allí desde los tiempos de Nabucodonosor. A partir de Lidia, el mismo Ciro pretendió conquistar a los indomables escitas, muriendo sin haberlo conseguido. Subió entonces al trono su hijo Cambises en 529 a.C., quien se lanzara a la conquista de Egipto, al que venció cuatro años después en la batalla de Pelusio.

Pero no quiero impartir una lección de Historia Antigua. Alvarado Narváez la ofrece —sin pretensiones doctorales, pero doctas— en estas páginas que se leen con gozo y sin dificultad, en virtud de un dominio narrativo: el diálogo oportuno y verosímil. Sin afectación alguna, esta capacidad dialógica no es otro que el hilo conductor que integra su prosa efectiva e impresionante. Y no recurro a la hipérbole.

En fin, el autor de Persia y los puntos culminantes de su historia, llena un vacío: el del historiador inglés Arnold Toynbee, quien en su tabla de resúmenes de las 21 civilizaciones que estudia no es muy explícito sobre esta parte de la humanidad: la civilización irónica, fusionada con la arábica para producir la islámica. No obstante, ya había creado su religión: el zoroastrismo, fundado por Zarathustra.

Finalmente, sólo quisiera recordar dos hechos: el Persa fue el Imperio más grande que existió antes del Imperio Macedónico (el de Alejandro Magno) y que el propio Imperio Romano no hizo otra cosa que aprovechar las tierras dominadas por Darío 1. Seguramente, este hecho fascinó a nuestro coterráneo para ilustrarnos con la presente obra.

* El autor es escritor e historiador nicaragüense.