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Todos los días pueden aparecer -y aparecen- nuevas palabras, porque las sociedades evolucionan. Constantemente, los hablantes piensan y hacen cosas nuevas o miran de otro modo el mundo y ese mundo necesita de nuevas palabras. En ese proceso de formación hay un recurso fácil, espontáneo, popular y universal, podríamos decir, porque resulta aplicable indefinidamente a toda palabra susceptible de tal derivación: la sufijación.

Si oímos por primera vez la palabra “guaruso”, rápidamente rastreamos por analogía su posible origen de “guaro”.  Se trata de un expediente de gran vitalidad. Un hontanar inagotable de renovación y enriquecimiento del idioma.

En español, el verbo colar significa ‘pasar un líquido por una manga, un cedazo o un paño’. De aquí, el nicaragüense formó en sentido metafórico “coladero”, que no es el cedazo a través del cual se criba limpiando un líquido u otra sustancia de lo superfluo, sino la ‘asignatura utilizada como criterio para seleccionar estudiantes de primer ingreso’: “La matemática es el eterno coladero  en la universidad”.

Detengámonos en este prolífico recurso. Es común en –era, como zoncera (‘tontería’): “Sólo zonceras dice cada vez que abre la boca”; arrechera (‘enojo’): “Ha pasado el día con una arrechera  que no es jugando”; lodera: (‘pieza de hule u otro material dispuesta para proteger el vehículo del lodo lanzado por las ruedas’): “Ya cambié las cuatro loderas  de mi carro”; quejadera (‘quejido constante’): “La quejadera del enfermo no me dejó dormir toda la noche”; obradera (‘diarrea’):  “De la obradera, solo le quedó el moño de pelo y las ganas de vivir”.

Y en –era,  -ero tan abundante como el anterior, lo encontramos en chaquetero (‘servil’): “Tiene miedo perder el pegue y por eso se ha vuelto chaquetero”; chamarrero (‘extorsionador’): “Por chamarrero, lo cesantearon”; pelotero (‘tacaño’): “Es un pelotero que no da sal ni para un jocote”; choñero (‘que gusta obtener las cosas sin costo alguno o extremadamente baratas’): “Se ha pasado la vida de choñero ”; puchitero (‘pequeño comerciante’): “Primero fue puchitero, pero ahora es un comerciante mayorista”; motetero (‘persona que tiene por costumbre abandonar, por cualquier disgusto, su casa de habitación’): “Ni te mosquiés por eso que este motetero va a volver a entrar con su motetito por la misma puerta donde salió”.

Los sufijos en –ería los encontramos en putería (‘relación carnal’): “Mirá: en la casa no funciona y sin embargo es un diablo con sus puterías”. En –in, menos prolíficos, mencionamos cambiolín (‘tipo de estafa en el cambio de billetes): “El coyote, experto en cambiolín, me entregó menos dinero del que me correspondía”.

En –ismo tenemos fachadismo (‘política institucional o empresarial que consiste en mostrar una imagen pública basada en apariencias’): “Las tales rotondas fueron hechas por puro fachadismo, sin ningún sentido técnico” (END/19/03/2000).

Muy abundante en –on, citamos chunchón (‘mujer voluptuosa’): “Aquella mujer era un chunchón  a quien los hombres veían con charolas libidinosas”.

Los sufijos en –udo, -uda son muy frecuentes, como chancletudo (‘con zapatos grandes’): “Todo el santo día pasó aquel chancletudo  para aquí y para allá”; anteojudo: (‘de anteojos’): “Apenas vi al anteojudo, me cayó mal en solo la entrada”; tamaludo (‘de pie más grande que el normal’): “La mujer tamaluda pisó al chavalo y casi le arranca la uña del dedo gordo del pie”; pachorrudo (‘lento o tardo para hacer las cosas’): “Nunca vamos a terminar el muro, porque los ayudantes son pachorrudos”; gañotudo (‘gritón’): “Desde lejos se oía al gañotudo con aquella voz que cruzaba el llano”;  charraludo (‘de cabello largo y enmarañado’): “Cuando el charraludo se quitó el sombrero, el charral se le vino sobre los ojos, la cara y las orejas”;  chiboludo (‘de ojos grandes y saltones’): “El chiboludo  entró en la cantina y nos quedó viendo con aquellas chibolas que parecía ojos de vaca loca”.

Hay en cada una de estas palabras y expresiones, dos valores íntimamente relacionados: el valor personal del individuo, porque va ligado a su propia vida, y el valor colectivo, porque va inserto como individuo pero condicionado por el grupo social, por el entorno que le da fuerza y le da vida. Por eso va siempre cargado de afectividad.

Nunca una palabra estará despojada del sentimiento más íntimo, de los valores expresivos. De la emoción y el gozo que se experimenta en la comunicación, es decir, en la puesta en común con otro u otros, en un intercambio incesante de palabras y de silencios. Porque nuestra lengua, ya lo dijo Coseriu, es “un sistema dinámico para seguir produciendo significados y expresiones”.

rmatuslazo@cablenet.com.ni