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En los últimos días han surgido noticias que revelan dificultades, que incluso ponen en duda, o retrasan la puesta en marcha del proyecto hidroenergético de Tumarín.

Son malas noticias, en sí mismas, y peor no conociendo ni los términos de referencias iniciales, bajo los cuales ese proyecto se pondría en marcha, ni conociendo tampoco el fondo de las dificultades que ahora enfrenta.

En juego están dos temas de la mayor importancia para Nicaragua, y para cada nicaragüense, aunque a algunos, en la rutina de la vida diaria, el tema les resulte lejano.

Cuando en 2008 se anunció la puesta en marcha del mencionado proyecto hidroeléctrico, aguas abajo del Río Grande de Matagalpa, le dimos la bienvenida. ¿La razón? Obvia. Entonces, el 9 de agosto de ese año, dijimos: “Nicaragua es el país con más potencial hidroenergético de Centroamérica, y, sin embargo, es el que en proporción a su consumo genera menos energía hidroeléctrica.”

El anterior es el primer tema de preocupación. Nicaragua requiere, como requisito fundamental para su productividad y consecuente competitividad, y por tanto para su desarrollo, y casi tanto como la educación, cambiar su matriz energética. Teniendo un enorme potencial hidroenergético, geotérmico y eólico, somos uno de los países latinoamericanos más dependientes del petróleo para generar energía.

La segunda preocupación es sobre cómo se está manejando el tema. No se trata de negocios entre privados, y que por tanto se pueda mantener en privado, sino de un bien público. Es un tema del Estado, y por tanto, no debería haber ningún secretismo, como resulta obvio lo hay.

¿Qué los inversionistas requieren recuperar su inversión, y tener una ganancia como la que espera cualquier inversionista? Desde luego que sí?

¿Qué los eventuales financiadores de  los inversionistas  -se dice que el Banco Nacional de Desarrollo de Brasil-  requiere garantías que recuperará su crédito? Desde luego que sí.

Pero… ¿Qué ganamos, como consumidores y productores, con que se cambie la matriz energética, actualmente tan dependiente de los precios del petróleo -que Chávez, por cierto, no nos vende al “precio justo” que tanto gusta a Ortega- si no se reduce el costo de la energía?

Al gobierno corresponde responder esas interrogantes.