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Con el advenimiento de la sociedad del conocimiento, las universidades crecieron a ritmo exponencial. Muchas ni siquiera cumplen los requisitos mínimos que deben tener los centros de enseñanza superior. La mayoría son hijas de la improvisación. Sin instalaciones adecuadas, laboratorios y bibliotecas, siguen multiplicándose como hongos a lo largo y ancho del país.

Otras han renunciado a sus compromisos con la sociedad nicaragüense. ¿Cómo justifican ante su alumnado y el país que en momentos que se debatía la validez de la sentencia de la Corte Suprema de Justicia declarando inconstitucional el Artículo 147 de la Carta Magna muchas optaron por el silencio? ¿Es legítimo que las escuelas de periodismo o carreras de comunicación permanezcan insensibles ante la entrega sesgada de las licencias de radio y televisión?

La función fundamental de la escuela, apunta Gramsci, consiste en acercarnos a la vida. Entre sociedad y universidad no debería existir ninguna dicotomía. Esa desesperación que sienten por formar cuadros para los negocios, banca y comercio, debería normar su conducta en todos los órdenes de su quehacer educativo. La discusión acerca de no perder nunca de vista el horizonte del ser humano, jamás se va a zanjar mientras no ofrezcan respuestas a las necesidades más apremiantes de los sectores más empobrecidos. ¿Su papel debe reducirse a la formación de técnicos con altas calificaciones, sin preocupación alguna por las inequidades económicas, educativas, sociales y culturales existentes? ¿Se rompió para siempre el cordón umbilical que ligaba a las universidades con la manera como se administra la cosa pública? ¿Nada tienen que decir al respecto?

Las universidades han tendido a enconcharse. Su enclaustramiento es deliberado. En otras, sus máximas autoridades asumen abiertamente posiciones partidarias. Apropiarse de un solo discurso empobrece el horizonte de formación académica del estudiantado. Una universidad que no delibera públicamente debilita su existencia. El encerramiento herrumbra las ideas, las enmohece y petrifica. ¿Cómo interpretar la expresión del sacerdote jesuita Xabier Gorostiaga, cuando estando al frente de la UCA afirmó angustiado que las universidades estaban formando profesionales exitosos para sociedades fracasadas? Su advertencia continúa teniendo validez. La entronización del mercado como paradigma dominante ha repercutido negativamente en su discurrir académico. Desde hace rato las universidades perdieron el rumbo. ¿Por qué no examinan con rigor las causas que propician el ingreso masivo, año con año, de sus graduados en el enorme bolsón de desempleados?

¿En verdad Nicaragua necesita de más de treinta escuelas de derecho? ¿En qué se diferencian unas de otras? ¿No urge más bien ampliar los cupos en medicina, odontología, enfermería y veterinaria? La acreditación de las universidades continúa siendo asignatura pendiente. En nombre de un liberalismo mal entendido, siguen abriéndose universidades que no responden a las exigencias del país. Con mucho esfuerzo económico grandes contingentes de jóvenes ingresan en la búsqueda de una formación sólida y consistente que muchos centros de educación superior están muy lejos de ofrecer. ¿Esta situación no amerita la presencia inmediata e impostergable del organismo de acreditación?

La controversia sobre las aportaciones del Estado en la educación superior, secundaria y primaria, resultará bizantina si no se realiza con un verdadero propósito de enmienda. Lo costoso de la educación superior exige una aproximación desprejuiciada en el análisis de los señalamientos que contradicen y rechazan los montos invertidos en este sector educativo, igualmente examinar sin anteojeras la propuesta de incrementar el aporte estatal en la educación primaria. Estos dilemas no se saldarán mientras no se haga un estudio que atienda más las necesidades actuales y no las disputas que sostienen distintos sectores políticamente interesados. Las universidades deben darse cuenta que el abandono de sus compromisos sociales ocurre en momentos que más se requiere del examen y valoración de lo que ocurre en Nicaragua.

¿Las carreras de ingeniería están o no capacitadas para colaborar en poner fin al caos que origina la saturación vehicular capitalina? ¿Podrían dar sus luces para encontrar salidas satisfactorias a los continuos reclamos de los dirigentes del transporte urbano? Las escuelas de ecología y recursos naturales no se han pronunciado en torno de los efectos provocados por la construcción de la carretera emprendida por la señora Laura Chinchilla. Tampoco las escuelas o carreras de economía han dicho nada en torno del costo de la canasta básica y de los planteamientos del sector obrero sobre el salario mínimo. ¿El incremento en los costos de los combustibles es ajeno a su proceso de formación académica? ¿Su silencio en temas vitales en la vida de los nicaragüenses es compartido por el estudiantado? Las universidades solo a riesgo de perder su identidad pueden continuar ajenas a todo lo que acontece y afecta a las mayorías empobrecidas. ¡Tienen que recuperar su voz!