• |
  • |

En noviembre de este año corresponde realizar elecciones municipales en Nicaragua, sin embargo, la oposición se ha planteado la pertinencia de participar o no en este proceso electoral considerando que el CSE ha cometido fraude en las elecciones municipales de 2008 y las generales de 2011 a favor del régimen orteguista. Este planteamiento no es descabellado, pero lo cierto es que a Ortega le conviene más que a la oposición un proceso electoral auténtico.

La tendencia natural de alguien que detenta el poder es mantenerlo evitando que sus adversarios se impongan. En los sistemas democráticos la competencia por el poder se limita a la premiación de la eficiencia del ejercicio de gobierno versus el discurso de alternancia que llama a castigar la continuidad y crea expectativas de cambio ante situaciones concretas.

En sistemas democráticos poco o nada institucionalizados como el de Nicaragua, las desviaciones se hacen presentes por medio de inhibiciones y exclusiones. Sin embargo, estas le han resultado insuficientes a Ortega, quien se vio obligado a desempolvar la práctica somocista del fraude electoral.

La descarnada obsesión de Ortega por el poder ha herido gravemente la democracia. Por una parte su insistencia en ser candidato presidencial tiene polarizado al país desde hace 30 años, conformando bloques electorales insinceros (voto útil) que brindan su apoyo a quien sea capaz de derrotarlo; en consecuencia, este segmento de la clase política, apostando a esa polarización, no siente la menor presión por institucionalizarse y ser programática, lo que a su vez deriva en la existencia de una competencia política mediocre.

Por otra parte, los fraudes electorales cometidos por Ortega desalientan la competencia política porque deja de visualizarse el proceso electoral como medio para acceder al poder mediante la alternancia, lo cual es muy peligroso porque tal fenómeno tiene el potencial de detonar la violencia política.

Si Ortega insiste en no otorgar garantías para las elecciones municipales de noviembre, sólo consolidará una polarización expectante de la menor oportunidad para que se presenten penosos episodios de violencia política. En cambio, si se realiza un proceso electoral auténtico obtendría los siguientes beneficios:

El proceso electoral se convertiría en una válvula de escape de tensión política, es decir, la oposición y la ciudadanía en general recuperarán la confianza en los procesos electorales como medio de alternancia política, reduciendo las posibilidades de estallidos de violencia.

Mayor estabilidad política para los próximos cuatro años; la oposición puede retomar el diálogo en la agenda gubernamental: si bien es cierto Ortega no los necesita formalmente, sí los requiere para legitimar sus acciones.
Menor presión de la comunidad internacional por el tema de elecciones auténticas, lo que posibilitaría incluso recuperar recursos de cooperación externa.

Mayor control sobre cuadros opositores, ya que muchos de ellos han manifestado su interés en competir en las elecciones municipales si hay condiciones. Si los cuadros opositores pierden por las buenas desvanecen su carrera política, y en caso que ganen, su capital político puede desgastarse con una mala administración.

Mayor cohesión a lo interno del FSLN. Una eventual derrota en las principales plazas electorales le permitiría a Ortega unificar al partido bajo la retórica del regreso de la “derecha” al poder en el 2016, cuando seguramente también aspirará a la presidencia.

Reconciliación con su base electoral. No son gratos para los simpatizantes orteguistas los constantes señalamientos de fraude electoral; eso les impide presumir sus triunfos y además hay que tener presente que ellos no temen competir en elecciones libres.

Espero que Ortega recuerde que a finales del 2007 su “benefactor” Hugo Chávez aceptó la derrota en el referéndum que buscaba reformar la Constitución; esto fue una válvula de escape para que la oposición regresara a la competencia política.

Ortega tiene que demostrar su calidad de estadista y mejorar las condiciones de gobernabilidad en el país, ya que su fin último debe ser mantenerse en el poder y no acumular la mayor cantidad de poder posible a cualquier costo, debido a que esta segunda opción mina la competencia democrática y torna inestable no sólo la situación política, sino su misma permanencia en el poder. Si Ortega sale del poder, también significa el fin de sus “Alba-Negocios”

* El autor es miembro de la Juventud del Partido Conservador.