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La educación no es solamente un problema técnico que se produce por la organización estricta, por los cálculos matemáticos y estadísticos. La calidad de la misma no puede asociarse exclusivamente a los conocimientos de los docentes, a sus acervos científicos, incluso a los conocimientos pedagógicos tal como se analizan tradicionalmente.

Cuando se realiza una construcción respondiendo a un plano arquitectónico y valoraciones ingenieriles deben respetarse absolutamente los valores matemáticos de la resistencia de materiales, los cuales fueron debidamente seleccionados de acuerdo al suelo donde se ubica la construcción.

Sabemos que estos suelos y estos materiales tienen “valores” fijos o, digámoslo así: inalterables, y las variantes que pudieran darse son mínimas y obedecen a condiciones extremas.

En el caso de los seres humanos la cuestión es totalmente diferente, cuantitativamente y cualitativamente diferente. Debemos decir que los niños/as por grupos de edades tienen un conjunto de intereses y necesidades comunes que precisamente los identifican como un grupo etáreo específico, pero... y esto es lo toral, cada niño/a vive una experiencia única.

Encontramos menores que tienen todo, otros que no tienen nada. Unos donde se reconoce el padre y la madre, otros donde solamente está la madre. Unos tienen familiares y amistades que son un ejemplo a seguir en materia de estudios, de profesionalización, etc. Pero en todos y cada uno de estos grupos encontramos estudiantes con alto rendimiento y gran aprovechamiento; se puede ver, palpar el desarrollo; y asimismo, a otros que no tienen buenos resultados.

¿Unos son más inteligentes que otros? Seguramente la causa principal no es esa, aunque debamos reconocer la importancia de las diferencias individuales, y este es quizás el rayo que debe iluminar el camino, la forma del procedimiento en la educación.

La educación no puede verse como una cuestión puramente técnica, pues tiene un componente de vital importancia, tal es la relación maestro-alumno, la empatía que se da entre estos dos seres vivos. Y más aún: la relación afectiva que recibe cada alumno al ingresar al aula. Una increíble cantidad de “fracasos” escolares no son producto de la incapacidad intelectual del educando, sino un problema afectivo, un problema de relaciones.

La masividad de la educación tiene un tanto que ver en esto, pues un docente con 50 o más niños en un aula no tiene capacidad alguna, como regla general, para dar la más mínima atención individual a esos menores.

Los planificadores de la educación tienen esa tarea inconclusa, ha habido tremenda preocupación por los planes de estudio, por la preparación académica, intelectual de los maestros/as. Se han hecho serias críticas a la deficiencia de la formación de estos docentes, siempre desde el punto de vista de lo intelectual. Todo se valora como si los niños/as, maestros/maestras son datos, estadísticas -materiales de construcción con inalterables e idénticas características.

Se premia y se publicita mucho a los que obtienen buenos resultados acordes a los números planificados. Pero, ¿cómo se trata a los que reprobaron, a aquellos cuyos números no son los “esperados”? El afecto que no reciben en casa, también es negado en la escuela, y de ajuste se lo encaran públicamente.

La educación debe ser un problema abordado desde todas las aristas, no solamente a través de planes intelectuales; ya es tiempo que aparezca en la planificación el componente afectivo.

Los valores no son simplemente un producto intelectual, los valores se construyen y desarrollan en todo ser humano. Cuando este aspecto tenga el lugar que le corresponde, los buenos y malos estudiantes dejarán de ser simplemente valores estadísticos para ser seres humanos en proceso de desarrollo.

* El autor es educador.