Jorge Eduardo Arellano
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El licenciado Clemente Guido Martínez --amigo, exdirector de INC, miembro honorario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua e investigador historiográfico-- no comparte el mito y el sincretismo (fusión de cultos) que subyace en las tradicionales fiestas consagradas, cíclica y popularmente, a Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), fallecido un 6 de agosto y canonizado trece años después. En respuesta a sus argumentos, planteados en el END del pasado 8, puntalizo las siguientes premisas para contribuir a un debate sobre el tema.

La hipótesis del sincretismo, que me atribuye, pertenece al doctor Alejandro Dávila Bolaños (1922-1979), expuesta en un panel de la UCA, celebrado el 3 de noviembre de 1977, con motivo de la presentación del libro “Religiosidad popular: su problemática y anécdota” (Bilbao, El Mensajero, 1977) de Ignacio Pinedo S. J. Además de éste y de Dávila Bolaños, participaron Edgardo Buitrago, Pablo Antonio Cuadra y el suscrito. Dos afirmaciones sustentó Pinedo: la existencia de una religiosidad popular pura o virtuosa, pero con muchos años de ser desvirtuada y pervertida por los “negociantes del vicio”; y la fijación cronológica del año 1885 como inicio de las fiestas de Santo Domingo, ante la falta de pruebas documentales de una mayor antigüedad. (Oportunamente el suscrito demostró, citando una carta de 1853, que para ese año dichas fiestas tenían algún tiempo de ser celebradas por los managuas).

Por su parte, Edgardo Buitrago señaló que en ellas se mantenía la línea general de evangelización de la Iglesia: completar, perfeccionar, sublimar, no destruir; y evocó que en los comienzos mismos de la evangelización de Europa, el Papa Gregorio el Grande escribió al monje benedictino Agustín, apóstol de Gran Bretaña, que no se preocupara por destruir templos paganos, sino de hacer que se dedicaran al verdadero Dios. “Es imposible suprimir todo, a la vez, en corazones rudos”, concluía. Y este programa sirvió de pauta a los misioneros que evangelizaron Alemania con San Bonifacio. En Mesoamérica, y particularmente en Nicaragua, no se descuidó esa tendencia sincrética. Así muy pronto, en 1531, cuando los españoles estaban dedicados a construir iglesias sobre las ruinas de los templos aztecas, el conflicto cultural entre la España del Siglo XVI y el México recién destruido quedó reconciliado --mejor que en ningún otro símbolo-- en la morena Virgen del Tepeyac. Éste ahora era un barrio periférico y anteriormente el santuario de Tonantzin, la virgen madre del panteón indígena. Asimismo fue sustituido un culto chorotega (el dios-volcán o vecino “monstruo sin mente” de los indios de Masaya) por la imagen de penitencia y sabiduría de San Jerónimo, padre y doctor (no médico sino sabio) de la Iglesia, es decir: santo intelectual.

Pablo Antonio Cuadra recordó e interpretó la conocida leyenda local de Santo Domingo, así tramada: en las afueras de la capital (Las Sierritas) un carbonero encuentra en el hueco de un árbol de madero negro una pequeña imagen de Santo Domingo, lo lleva a la Iglesia de Veracruz, en Managua, y por tres veces, inexplicablemente, el santito regresa a su primitivo lugar; luego el cura de la Iglesia de Veracruz decide que cada año lo traigan para festejarlo, y así nace la “traída” el 1 de agosto y la “dejada” a Las Sierritas el 10.

En ese simbolismo, PAC leyó la negación del pueblo de seguir la religiosidad oficial y su actitud de expresar la suya propia: el santito rechaza permanecer en Managua, cuyo patrón era hasta entonces Santiago --producto de la religión conquistadora-- y desea estar en las afueras, en el campo, con el campesino. Prefiere ser la fuente de un culto periférico, de unos habitantes marginados. Así se vincula, ritualmente, el campo y la ciudad. Pero expresa más bien la resistencia del campo (y de la cultura nativa) a dejarse absorber por la ciudad (y la cultura hispano-criolla). Y agrega: “Si el nacimiento de la tradición de Santo Domingo coincide con los años en que Managua se perfila o nace como capital de la república, la intuición del pueblo creador de tal tradición adquiere un significado todavía más luminoso para nuestra historia, porque le traza un destino a Managua: su capitalidad no puede encerrarse en un centro (o en un centralismo), sino abrirse al campo y ser la cabeza de un país agrario”.

El doctor Dávila Bolaños aseguró que no era posible eludir el hecho de que esta tradición capitalina obedecía, en su concepción remotísima, a un mito indígena: el de Xolotl, hermano gemelo de “Coabol” (la gran culebra) entre los transterrrados nahuas a Nicaragua. Mejor dicho, de Quetzalcoatl, dios-creador en la cosmogonía de los nahuas primitivos de México, cuyo nombre fue descompuesto por el cronista Gonzalo Fernández Oviedo y Valdez en Coabolca (“Coat-pol-can”), de donde se derivó Cocibolca (el lugar donde mora la gran serpiente), nombre del Gran Lago de Nicaragua. En correspondencia, el de Managua se llamaría Xolotlán, según el mismo Dávila Bolaños y el doctor Jaime Íncer (RAGHN, tomo 61, noviembre 2005).

El indigenista remarcaba que Santo Domingo fue el caso más relevante del sincretismo, a saber: que la fiesta a Xolotl, deidad del maíz, pasó a celebrarse con el correr de los años en honor al santo católico. Por mi parte, esta hipótesis (que Dávila Bolaños sistematizaría en su ensayo sobre los calendarios indígenas y sus relaciones con el santoral cristiano) la asumí en esa ocasión y desarrollé más tarde en el capítulo sobre la “Vida cotidiana” de mi Breve historia de la Iglesia en Nicaragua (1980), editada varias veces, entre ellas la inserta en la Historia de la Iglesia en América Latina (Salamanca, Sígueme, 1985). Rodolfo Cardenal, coordinador del volumen de la América Central, comentó: “El cristianismo aportaba las fiestas específicas del calendario y el culto oficial, mientras el mundo pagano proporcionaba los trajes, las danzas, las máscaras, los despliegues públicos y un sentido muy especial de participación colectiva en las festividades” (tomo VI: 145).

Según esta hipótesis, los cazadores y pescadores de Managua complementaban su dieta con el maíz y, al final de la cosecha, se dirigían a Las Sierras para traer la imagen o representación o “nagual” del dios, a quien --tras una breve temporada de celebración-- devolvían a su sitio. Tal es el mito soterrado, pero que emerge y revive cada primero y diez de agosto, fecha de la “bajada” y “subida” de Santo Domingo, “patrono” de facto de los managuas, como lo he difundido en varios artículos posteriores a mi Breve historia …. Incluso dos autores la han incorporado en sus respectivas obras: Marcia Traña Galeano, en Apuntes sobre la historia de Managua (2000), y Remo Mazzacurati, en su estudio antropológico sobre la idiosincrasia del ser nicaragüense: Un Quetzalcoatl que nunca muere (2004). En síntesis, Mazzacurati confirma este sincretismo que nada tiene que ver con la leyenda de 1884 del hueco del madero negro, y tiene todas las características de un acto simbólico de resistencia contra el imaginario del conquistador.

“Yo sostengo --escribe Guido-- que la tradición es posterior a la Independencia, pero la tradición oral anterior a 1940 sostenía que era una tradición de 250 años, o sea ubicada en 1700. Sin embargo, mientras nadie pueda probar con certeza el año en que se inició esa tradición, nadie tampoco puede atribuirle origen de sincretismo religioso a tal fiesta de los managuas”. Pero el sincretismo no necesita documentarse para demostrar su presencia: basta observarlo, constatarlo, vivirlo. Aparte de menospreciar la tradición oral, que preservó el Mayordomo de las fiestas de 1931 a 1949 don Macario Estrada (“El Mocho”), nuestro amigo Guido se empeña en suponer que la tradición “es posterior al Independencia” ignorando que ésta significó un vacío de poder y desató la anarquía, fenómenos que abarcaron a la Iglesia (de 1824 hasta 1850 no hubo obispo). En otras palabras, pretende ubicar el inicio de las fiestas a principios del siglo XIX, sabiendo muy bien que desde el siglo anterior ya existía según Estrada. Yo me inclino por la segunda mitad del XVIII, ya que el obispo Morel de Santa Cruz consignó por escrito que el patrono de Managua en 1751 era Santiago.

Por tanto, Guido niega el sustrato mítico identificable en la festividad mesoamericana y opta por una implantación incólume del rito católico, lo cual es muy fácil de refutar, porque las fiestas de Santo Domingo son más paganas que cristianas. La vela de la imagen el 31 de julio, más que devota, corresponde casi a una versión contemporánea de Sodoma y Gomorra, como lo comprobó la periodista argentina Aurora Sánchez Nadal. El día siguiente y el 10 se convierten en espacios para liberarse de la rutina cotidiana y manifestar tanto el sentido religioso ancestral como el culto católico, aunque cada vez menos, heredado de los años coloniales. Un espacio para recordar antiguos rituales --caciques, inditas, diablos, pero no vaquitas: posterior aportación mestiza--, pese a que los principios fundamentados de su significado ya estén perdidos. Y la actividad económica es intensa, pues también esos días constituyen espacios libres no sólo para el desborde catársico, sino para un pueblo con vocación de comerciante informal.

En resumen, reconozco en el licenciado Guido su interés por dilucidar el origen de las fiestas de Santo Domingo, como lo demostró en su investigación publicada en la RAGHN (tomo 66, abril 2008); pero no puede negar la evidencia del sincretismo que opera en las mismas. Bastaría observar que la diminuta imagen se parece más a un idolillo prehispánico (o a Xolotl) que al santo medieval, nacido en Orehuela, Burgos (España). Tampoco puede negar que el paganismo desbordado en las fiestas de Mingo se impuso a la de Santiago, aparentemente más religiosa. En 1875, de acuerdo con El Porvenir de Nicaragua (no.2, 14 de agosto), ambas eran celebradas consecutivamente por los capitalinos entre la noche del 24 de julio y el 10 de agosto, es decir, durante 18 días, lo que --según el director de ese semanario, Fabio Carnevalini-- impedía a los operarios trabajar en sus labores. “Se veía entre los concurrentes al mismo Presidente de la República, varios individuos notables y una gran muchedumbre a pie y a caballo. Es éste un paseo muy apetecido por los managuas que encuentran en él la más alegre de las diversiones” --concluyó su gacetilla Carnevalini.