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Conocí  a Carlos Martínez Rivas (CMR) una tarde de invierno en que el ron y la lluvia nos empapaban el cuerpo y el alma. En ese entonces era un joven  indocumentado, borracho, bohemio pero feliz. Comenzaba a escribir y la literatura me tenía confundido. Era agosto de 1988, mi esposa estaba embarazada, y la guitarra de Mario Montenegro acompañaba la voz de Norma Elena Gadea, mientras todos conversábamos alrededor de varias botellitas panzoncitas de ron que se vaciaban lentamente.

Recuerdo al poeta, equidistante de la multitud, clásicamente informal, con su camisa amarrada de las puntas, sus ojos chispeantes escudriñando sus propios laberintos, mientras todos los demás hablábamos de poesía, literatura y chismes de la provincia. Él permanecía ausente del ruido urbano, del cotilleo, y sorbía despacio su trago de Gran Reserva, mientras se solazaba en el susurrante mundo de lo sobrenatural.

Así conocí a CMR: distante, callado, mudo y expectante. Sordo a la mediocridad. Distante y cercano a la vez. Frío y cálido. Hosco y humano. Con sus fantasmas internos. Y un modo de hablar inconfundible que se hizo moda en la poetada de la época. La ciudad era su infiernillo. En medio de aquella tertulia, me le acerqué y le dije: Soy Félix Javier Navarrete, tenía muchas ganas de conocerlo. Inmediatamente salió de su  mutismo y  me respondió sonriente, apretándome la mano: ¿Con que tú eres el hijo de Félix Navarrete, el poeta y periodista? Entonces la bulla y los tragos y las voces altisonantes de los que estábamos en la mesa, sepultaron todo porque la  noche comenzó a abrir sus alas como una mariposa callejera mientras Managua parecía una segunda Macondo.

Quise recordar este encuentro porque esta instantánea del poeta me quedó grabada para siempre. Es el retrato de un poeta en su condición natural. Una silueta peculiar. Esa forma huidiza de esconderse deliberadamente del mundo para  deambular en su mundo interior, de estar y no estar, de ser poeta y hombre, dios y demonio, lo hacían un personaje especial. Nadie se atrevía a invadir su laberinto sin su permiso. El que infringía sus fronteras era sancionado con el desprecio.

Y así pasaron los años. CMR se convirtió en una leyenda para los poetas nativos y extranjeros. Visitarlo sin previa cita, en su pequeño universo doméstico ubicado en residencial Altamira, era una misión imposible. Su temperamento era inconstante, propio de todos aquellos seres herederos del fuego sagrado de la poesía. Graham Greene, el gran novelista inglés, aprovechando una visita que realizó a Nicaragua, quiso conocerlo personalmente, pero el poeta al parecer estaba indispuesto y no lo recibió. Tuvo que conformarse con su obra y sus leyendas. Muchos poetas menores y algunos advenedizos se le aferraban como sanguijuelas queriendo arrancarle a pedazos un poco de reconocimiento literario, pero sólo lograban su desprecio y su indiferencia.

En una de esas tantas extenuantes jornadas vampirescas en las que participaron muchos escritores que ahora tienen más libros que gloria, recuerdo que CMR tuvo palabras de elogio para la poesía de Juan Chow. Los demás que frecuentaban al poeta en busca de un adjetivo que los salvara del anonimato, se convertían en tristes seres en busca de una ración de fama. Así fue CMR. Detestó las adulaciones, los homenajes institucionales y se reía de los premios porque éstos le quitaban pureza al oficio.
Por eso no creo que a CMR le hubiera gustado que le dedicaran Festivales de Poesía Internacionales, que en el fondo, son pasarelas financiadas donde un grupo de poetas nacionales buscan la fama, el figureo y la proyección mediática. Y, sobre todo, que los proponentes de su homenaje fueran sus mismos detractores y enemigos literarios que eventualmente le cerraron las puertas  y pretendieron convertirlo en un poeta marginal.
Porque CMR fue querido y temido. Fue odiado por sus mismos colegas literarios que llenos de envidia lo acusaron de somocista, un estigma con el que inútilmente pretendieron borrar su estrella de poeta. Pero no pudieron. Ahora, al igual que a Rubén Darío, le dedican homenajes, bautizan certámenes literarios con su nombre, y los ensayistas sobre su obra pululan en el mercado.

Yo prefiero quedarme con la imagen del poeta que conocí aquella tarde invernal que lo empapaba todo, sencillo y complicado a la vez, enemigo de las pasarelas y amigo de sus demonios y de esa soledad cruel que él se forjó como un estilo de vida y desde donde escribió su insurrección solitaria que lo hizo inmortal, inmune a los homenajes y al tiempo.

* El autor es periodista y
escritor nicaragüense
felixnavarrete_23@yahoo.com

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