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Por años, en las mañanas sebaqueñas, me acompañó el ritmo y la melodía danzada del Casandú, Casandú. Su voz pastosa, bien entonada, bien intencionada, colmaba mi atención de niño. Mi curiosidad se desbordaba, y yo podía abrir los ojos a mi espíritu para que surgiera del mundo ingenuo mi resuelta inquietud de encontrarme con su ángel  amado. En mi frente se alojaba su ternura. Mi corazón que servía de guía protector viajaba lejos, cuando ella entraba al jardín de sus caricias, dispuesta a tocar, oler, platicar y disfrutar el aire nuevo de la presencia infinita de sus flores, a quienes confiaba sus palabras, su voz y su pasión encantadora.

Al observarla, yo sentía que a partir de ese momento la vida ya era diferente, con menos carga de pecados, con menos enredos, caprichos y obsesiones. Su cuerpo delgado alcanzaba una plegaria. A sus 70 años, a mi mamita Mercedes el amor la surtía de sonrisas, cuando el día iba con mucha prisa a sacudir interrogantes a las calles.

Yo me acostumbré a oírla, a verla danzar con el reflejo de sus secretos, a saber cómo ella sentenciaba la luz del tiempo. Después fue mi emoción, que me exigía como hoy fascinarme con el regio espectáculo; en mi propio auditorio visual se detenía el árbol, la montaña, y una niña hermosa del verbo amar.

Siempre creí que mi mamita Mercedes no cantaba sola, y que no lo hacía para mí, pero es que ella cantaba para amar lo que no tenía. No cantaba para sufrir. Su amor grande llenaba una promesa grande. En una ocasión, vi que a ella se le salieron las lágrimas, y pensé que fue para desconocer la imprudencia de cualquier motín del recuerdo. Para quitarle el filo a la nostalgia. Para evitar ser cortada en la casa sentimental de sus pechos.

Escuchar el Casandú, Casandú se convirtió para mí, en un ejercicio natural que me gustaba cada vez más arrolladoramente; impactante por la repetición intuitiva que se adentraba con profundidad en mi rutina diaria.

Por muchos años, ese jardín fue mi puesto de vigilancia preferido. Ver entrar al jardín a mi mamita Mercedes, con su inseparable taza de café humeante en su mano derecha, con sus trenzas coquetas y elegantes, su enagua sobria y de bondadosos colores, resultaba una delicia espléndida como escena. Luego, aprovechar el tiempo y empezar a danzar el Casandú, Casandú era conmovedor. Lo hacía para interpelar a la tristeza y sus aliados. No sé si ella supo de mi presencia, de mis intentos fallidos y vehementes para socorrer un susurro que se acostaba muy tarde.

Mi mamita Mercedes nos enseñó que la vida tiene sus colores para convencer, sus ceremonias eternas y estridentes, los rojos vivos de un jardín al que le gusta soñar y que el amor como fruta fiel no se inquieta en cualquier esquina de la duda.
Es inevitable recordar. Pedir la interpretación de un beso. Pedirle un beso a la mujer que se volvió mar. Aunque haya crecido la historia en el rumor del tiempo, recordar no siempre es volver a vivir. No siempre los ojos humanos se obligan a tomarse el tiempo suficiente para descansar. No siempre se cumple el reto, pero seguimos viviendo.


* El autor es poeta y periodista.
titoleyva17@yahoo.com

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