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Que no se va a morir, me dice Miguel. Primero Dios, que no se va a morir. Y me lo dice sonriendo, sin camisa, al lado de un perol que hierve, bajo un techo de zinc que hierve, a la misma temperatura en la que suele trabajar cortando caña en el ingenio. Miguel está tan acostumbrado al calor que no suda, y cuando da la mano, se siente fría.

Al día siguiente volverá a cortar caña, a pesar de que está diagnosticado con Insuficiencia Renal Crónica (IRC). Sus riñones ya no pueden limpiar la sangre como deberían. Su padre murió de lo mismo. Dos de sus hermanos también están enfermos de lo mismo. Todos ellos trabajaron en el ingenio. Pero Miguel no morirá, me dice. Quizá porque espera una niña, su primera hija, dentro de poco. Quizás porque el Dios en el que cree no es de los que dejan a los niños sin padre.

La empresa no permite, desde hace algún tiempo, que ningún trabajador diagnosticado con IRC trabaje en la zafra. Eso es en teoría. Pero Miguel entra mediante una subcontrata con el nombre de otro (que es como no tener nombre). Y eso lo saben todos, nos dicen, y también la empresa.

En el cementerio nuevo de Chichigalpa (el viejo se quedó pequeño) muchas tumbas tampoco tienen nombre. Son cedidas por la alcaldía. Un gran número de los allí enterrados murieron por IRC, y también eran cañeros. Un grupo de periodistas estuvimos allí recientemente. Son túmulos de tierra, acotados por botellas de Coca-Cola cortadas por la mitad. Parecen entierros hechos de manera apresurada. Algunas tienen una cruz de cartón, desbaratadas por el viento; otras ni eso. Sobre una de ellas, parece que alguien volvió a dejar una flor de plástico, pero el viento y el polvo la pasean sobre las otras, como si los difuntos se disputaran esa última caricia pobre. Es imposible no detenerse en estas imágenes antes de darme cuenta que estoy sobre los cuerpos de hombres sin nombre. Demasiado viento, y polvo.

El paciente de IRC acaba por necesitar diálisis o un transplante. O sea, algo fuera del alcance de la mayoría de los trabajadores. Por eso, la cifra de fallecidos es muy elevada: más de dos diarios. Otros muchos aguantan con más de una veintena de pastillas que deberían administrarse siguiendo una dieta estricta y unas condiciones muy distantes de la realidad de la mayoría.  En la casa de Miguel, la segunda y tercera generación de su familia se hacina en condiciones similares a las que le tocó vivir a su padre. Aquí no ha pasado el tiempo. Es como volver, o quedarse, en el siglo XIX.

Es cierto que la IRC no aparece sólo en el occidente de Nicaragua, ni es exclusiva de los cortadores de caña. También es cierto que las causas de un índice elevado de IRC en varios países de la región pueden ser varias. Se señalan las largas horas de trabajo bajo temperaturas extremas sin hidratación suficiente; o algunos productos agroquímicos utilizados hace tiempo en esas tierras; o incluso la vinculación con otras enfermedades. Se esperan los resultados de un estudio que ha realizado la universidad de Boston, aunque tampoco parece que vaya a ser concluyente. Un misterio científico. Pero el caso es que hay muchos enfermos que contrajeron IRC mientras trabajaban en el ingenio de azúcar.

Un gran número de afectados y familiares apuntan a que existe entre el máximo poder político (el gobierno) y el máximo poder empresarial (el grupo Pellas) algo que parece una alianza para silenciar y no priorizar suficiente lo que es una verdadera emergencia. Y aunque hay ciertas ayudas humanitarias, está claro que es hora de abordar nuevos enfoques para dar la justa atención sanitaria y social a estos trabajadores. Entonces, desde los medios de comunicación, creo que la tarea ahora no es la de buscar culpables, cuando ni siquiera se tienen pruebas científicas, sino la de no colaborar a ese silencio.

Porque además de la enfermedad, lo que resulta escandaloso es observar cómo una empresa puede enriquecerse a niveles de país desarrollado del siglo XXI a costa del sudor y la vida de trabajadores que aún viven en el siglo XIX. Sólo hay que entrar en sus casas, al ladito del ingenio, para comprobar que algo aquí no encaja, que hay un desequilibrio brutal, cuando tantos hombres jóvenes se enferman y mueren sin nombre. Aunque si Miguel me escucha decir esto, de seguro se sonríe, porque él sabe que no va a morir. Primero Dios, me dice.
sanchomas@gmail.com