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Bajo persistente panorama de crisis de deuda en la eurozona y pesimismo sobre el futuro del Sistema Financiero Mundial, se realiza el aniversario del Tratado de la Unión Europea (TUE); el 7 de febrero de 1992, doce ministros de Relaciones Exteriores se reunieron en la ciudad holandesa de Maastricht (Países Bajos), con el propósito de firmar un acuerdo de unión económica, monetaria y política.
De tal forma, fijarían el plazo y los términos para la instauración y circulación del euro como unidad monetaria, a la vez de crear un sistema mone­tario europeo, que luego se convertiría en el Sistema Europeo de Bancos Centrales (SEBC) originando el Banco Central Europeo (BCE).
El tratado, en sentido económico resultó totalmente innovador, surgiendo la unificación monetaria como un paso previo a la alianza política y social.
Un año más tarde, el tratado fundacional definiría a la Unión Europea (UE), y en 1999, once  países se adhirieron a la zona euro: Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxem­burgo y Portugal.  Actualmente, son 17 países los que integran la eurozona, en 2001 se incorporó Grecia, Eslovenia (2007), Chipre y Malta (2008), Eslovaquia (2009) y Estonia en 2011.
Aunque el Reino Unido formó parte del tra­tado de Maastricht, obtuvo una cláusula de exención, no aceptando todos los términos de la unión económica, conservó la vigencia de la libra esterlina y mantuvo su política monetaria fuera de la eurozona.
Cada vez son más frecuentes los rumores sobre un default griego y su consecuente salida del euro; los mercados ya están en alerta. El mayor temor es que la vuelta al dracma, la moneda grie­ga hasta 2002, genere un efecto contagio y las otras economías se vean forzadas a desestimar la moneda.
La compleja situación de algu­nas economías, nos lleva a preguntarnos si el 2012, estará marcado por la desintegración de la eurozona. Más allá de los diversos pronósticos por parte de economistas y políticos de todo el mundo, la incógnita sigue sin despejarse.
Como fenómeno, la globalización económica ha conseguido que todos los elementos racionales de la economía, se interrelacionen entre sí. Europa atraviesa un período convulso, pues la crisis financiera torna aún más difícil el proceso de construcción europea (imprescindible para que compita como potencia mundial) y el colapso económico que se hace visible en Grecia, Irlanda, Italia, España, Hungría, Chipre y Portugal previsiblemente acabará generando serias tendencias proteccionistas.
Lo anterior, aunado a la ineluctable depreciación del euro frente al dólar dado los problemas de deuda soberana de los países de la Eurozona (periféricos y emergentes), agravará el riesgo evidente de estanflación.     
Cuando se instauró el euro, predominaba la idea que lo único necesario era disciplina fiscal: ni el déficit fiscal ni la deuda pública de los países debían exceder a sus PBI. Empero, sin una autoridad fiscal común, el mercado único permitió agravar a la competencia para atraer inversiones e impulsar la producción que se podía vender libremente en toda la UE.
Al margen de lo que hoy ocurre en Europa, indudablemente hemos entrado a una nueva era. El menguado poder del dólar y la desintegración de los sueños europeos son los indicadores de que hemos cruzado la línea histórica divisoria entre dos eras.
Europa dejó de ser la “Europa” de hace unos años atrás y la eurozona quizá afronta la más grande crisis desde la creación del Euro. Ciertamente, han tocado fondo la erosión y la parálisis del proyecto europeo en el sentido que las heterogéneas naciones-Estado europeas articularan un firme proceso de integración comercial y fiscal, primero, y luego mediante una serie de compromisos sensatos e irreversibles de trabajar para un continente políticamente unido.
Efectivamente, ya existen las instituciones encargadas de hacer realidad ese sueño (el Parlamento Europeo, la Comisión Europea, el Tribunal de Justicia) pero la voluntad política de dotarlas de auténtica vida se desvaneció, extenuada por el hecho de que algunas políticas fiscales nacionales divergentes son incompatibles con la divisa europea común.
La crisis eurozónica revela los defectos de diseño del euro. “El Tratado de Maastricht” estableció una unión monetaria que adolece de unión política. El euro se precia de tener un Banco Central común pero carece de un Tesoro Común. Tendrán que rediseñar el modelo, pues el euro es una moneda insostenible sin un plan de estímulo.
En su arribo a dos décadas de existencia, este es el entorno y las circunstancias económicas que rodean al euro, y que acaso conlleven a que más pronto de lo que esperamos tengamos que recordarlo como el tristemente célebre esfuerzo unionista, cuyos países integrantes no fueron capaces de cohesionarlo y mantenerlo como moneda única para la vieja Europa.

 * El autor es Diplomático, Jurista y Politólogo.

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