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Antes de que Daniel Ortega tomara posesión como presidente de Nicaragua, el 10 de enero de 2007, corrió el rumor de que don Daniel le estaba pidiendo a algunos altos funcionarios  de don Enrique Bolaños que continuaran en sus cargos. Se comentaba que el nuevo mandatario no contaba entre los militantes del FSLN con personal calificado para ponerse al frente, sobre todo, del  Banco Central y del Ministerio  de Hacienda y Crédito Público.  

Yo suelo repetir lo que aconsejaba Talleyrand, ministro de Napoleón Bonaparte, que el chisme, como los rumores,  no hay que creerlos, pero sí tenerlos en consideración. En el caso que nos ocupa, no solamente no creí en tales rumores, seguramente propalados por funcionarios de Bolaños,  sino que ni siquiera los tuve en consideración.

Me di cuenta que yo estaba en lo cierto cuando a finales de diciembre de 2006 me encontré en un centro comercial de Managua con mi antiguo alumno el doctor Antenor Rosales --con una inteligencia fuera de serie-- que me dijo que iba a ser el presidente del Banco Central. Inmediatamente pensé  que don Daniel  había acertado  con el nombramiento del doctor Rosales,  de  quien desde ese momento estuve  seguro -tal como se comprobó después-  que haría un papel brillante en la dirección del  banco emisor.  

El nombramiento del doctor Rosales no causó la sorpresa que causó el nombramiento de Alberto Guevara como ministro de Hacienda  y Crédito Público. El nombramiento de Guevara provocó una sorpresa  realmente impactante. Después de haberme enterado que don Alberto era un hombre profesionalmente capaz, me pregunté: ¿a qué se debe que el nombramiento de Guevara haya causado en algunas personas una gran sorpresa  que  podría calificarse de negativa?


Hice un estudio profundo de la causa de esta sorpresa y descubrí lo siguiente: los “sorprendidos” con el nombramiento de Guevara estaban acostumbrados a ver al frente del Ministerio de Hacienda y Crédito Público a los Duquestrada Sacasa, Montealegre Rivas, Montiel Morales, Arana Sevilla. En el fondo los “sorprendidos” con impronta clasista daban a entender que al  señor Guevara no le lucía el saco así como tampoco le lucía el  cargo.  

Hablaban de su aspecto físico, de su forma de vestir, de la “facha” que tenía y hasta decían  que don Alberto no desentonaba como vendedor ambulante en las calles de Managua; que si lo ponían a mediodía en los semáforos con una faja colgada del pescuezo con  cortaúñas, llaveros, navajas,  anteojos, chisperos, etc., pasaría inadvertido.

Ahora yo pregunto a los “sorprendidos”: ¿qué tiene que ver ese  aspecto físico y comercial  de Guevara con su capacidad para ejercer funciones gubernamentales importantes? Es cierto que él, en mi opinión, no se parece a Brad Pitt, es cierto que la naturaleza no fue estéticamente generosa con él, es decir, que la naturaleza no fue benevolente con su apariencia física,  pero posee indudables y sólidos  conocimientos para desempeñar con éxito importantes funciones gubernamentales.

Es más, los “sorprendidos” llegaron hasta el extremo de imaginarse lo que comentarían   los ministros de hacienda del extranjero cuando hablaran con don Alberto. Dicen que no solamente se referirían a su “facha”, a su desenfado en el vestir,  sino a su forma de hablar, pues dicen que el señor Guevara es zopeta, es decir, zoropeta, que es la palabra que se usa para referirse a las personas que cuando dicen la “s” sacan un poco la lengua y la ponen en medio de los dientes dando un sonido como de “z”. A decir verdad, yo lo he escuchado varias veces en televisión y realmente no he detectado que padezca de zopetismo alguno.

Yo estoy seguro que don Alberto va a estar a la altura de su cargo en el Banco Central. Él ya sabe cómo actuar, pues desde enero de 2007 forma parte del equipo gubernamental  que ha dirigido con éxito la política macroeconómica macroeconómica de este país.    

* El autor es abogado