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Con frecuencia solemos escuchar: ¡Somos un pueblo pobre! Y nos comparamos con la desoladora condición de Haití, donde hambruna y condiciones de miseria afloran por todas partes. Para ser congruentes con nosotros mismos, a todo el mundo, incluyendo  a nuestros pobres políticos, hay que decir que el concepto nada tiene que ver con la pródiga realidad de nuestro entorno territorial. Somos exactamente la otra cara de la moneda de lo que se piensa y pregona: nacimos en un país rico, con multiplicidad de recursos; los pobres somos nosotros: una pobreza que tiene su raíz en el ámbito cultural, agudizado en los últimos lustros de nuestra mil veces recitada vida revolucionaria.

En verdad nos ha ocurrido lo del incapaz heredero que al morir el padre que forjó la herencia, obtiene en función del difunto lo que no sabe administrar y dilapida lo que ha  recibido. En otras palabras, Dios puso en nuestro camino cuantiosas riquezas: océanos como el Atlántico y el Pacífico; abundancia de territorios, pródigos para la ganadería; sitios diferentes productores de minerales; una población pequeña y de fácil ubicación que produce y ha producido siempre, con fama de trabajadora dentro y fuera de nuestros límites territoriales… Sin embargo, no tenemos las industrias adecuadas que respondan a la diversidad de riquezas que seríamos capaces de exportar si en vez de ver hacia fuera empezáramos a ver para dentro.

En verdad vivimos nadando en un mar de riqueza que no conocemos o que nos resulta más que complicado, imposible de manejar por nuestra manera de ver la vida que requieren el toma y daca de entendimiento sociocultural que debería ser piedra angular en función del pueblo.

El exrector Carlos Tünnermann ha repetido con frecuencia que el nudo del desarrollo socioeconómico nacional gira alrededor de la educación, que deberá comenzar desde las primeras letras hasta el ciclo de la universidad. Realmente tenemos una pobrísima  educación primaria, y esta verdad tiene su respuesta en el presupuesto asignado para la educación, lo que está trágicamente reflejado en la calidad de maestros que actualmente son graduados en normales e institutos.

Vale decir que los graduados de estas escuelas e institutos, al incorporarse a la labor profesional sufren el primer choque físico-anímico: el salario obtenido por una labor de angustia que se vive en los derruidos caserones que sirven de centros de enseñanza; les alcanza apenas a una evidente mayoría para pagar o abonar las deudas que obtienen en las pulperías. De tal manera que no transcurren muchos meses que el egresado maestro esté buscando otro palo en qué ahorcarse que resulte menos agresivo. Muchos de estos jóvenes, mientras no reciban el beneficio de mejor salario, seguirán haciendo lo de siempre: “ser maestro por necesidad de ser algo, y luego continuar hacia adelante”.

Huir de allí. Buscar un espacio donde pueda recibir una entrada económica que ande un poco más arriba que la del maestro. La responsabilidad del maestro de educación es atingente con problemas de extensión laboral, pues además del trabajo en casa con la corrección de tareas y calificación del estudiante, surge la que requieren los padres en relación al comportamiento de los hijos.

Como dicen entendidos en esta materia, la respuesta al problema está en la calidad de atención que se dé a la Educación Nacional en función del Presupuesto. Si nos preocupáramos un tanto más por la productividad del territorio, terminaríamos con los abigeos y haríamos florecer en nuestras costas verdaderos negocios relacionados con la pesca y otros productos de exportación que requiere un mundo con hambre.

Y claro está, quien sea el gobierno, deberá aprobar leyes justas, coherentes, y gobernar para todos.

Managua  febrero de 2012.

* El autor es escritor