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A Augusto Sandino, que de su patria no exigió siquiera un palmo de tierra para su sepultura…

En semanas recientes, Ollanta Humala declaró que no es de Izquierda ni de Derecha, sino de abajo. Su atípica aseveración desconcertó a los zurdos, entusiasmó a los diestros y generó sonrisas suspicaces entre los de abajo. Con su avezada finta de futbolista, el mandatario evadió emparentar a su gobierno con alguna de las ideologías políticas, y evitó el escozor que ocasionaría identificarse con alguna tendencia política.

Pero su respuesta también sacudió esquemas ortodoxos e indujo a pensar en la vigencia, caducidad o defunción de la combativa izquierda latinoamericana que, en la década de 1970, ocupó los titulares de las primeras planas del mundo, cuando la mayor parte de nuestros países, “gentes y paisajes” fueron machacados por dictaduras militares, creadas y enraizadas con el apoyo omnímodo de los gobiernos norteamericanos.  

Como se recordará, aquellas dictaduras persiguieron, encarcelaron, torturaron y masacraron a los que osaron enfrentarlas, y fueron tantos sus crímenes que, una vez más, los de abajo se sacudieron el miedo, y convirtieron sus rencores en corajes, su hastíos en ideales y sus afrentas en estandartes; y las insurrecciones solitarias alcanzaron estaturas de rebeliones, de pueblos en armas, en Uruguay, Chile, Argentina, Bolivia, Colombia, Guatemala, Nicaragua y El Salvador, exigiendo libertad, justicia, paz, soberanía y pan con dignidad.

Los nuevos arquetipos surgidos en las luchas de la década de 1970 nos hicieron recobrar la fe en el amor, la nobleza y la solidaridad de los seres humanos, y en la lucha miles ofrendaron sus vidas por amor a su prójimo, como lo testimonia la muchedumbre de nombres en lápidas desvaídas y osamentas anónimas en fosas colectivas ahora sólo recordados por sus deudos. Y en Nicaragua triunfó la Revolución, pero fue tan efímera la redención, que los sueños aún esperan en la catalepsia de amaneceres postergados.

Cuarenta años después, millones de pobres, ahora más numerosos que antes, sobreviven en América Latina. De su miseria se continúa culpando al imperialismo norteamericano, al neoliberalismo, a la globalización y a la crisis internacional. Y muchos hombres y mujeres, de buena voluntad y desde su pobreza, se mantienen fieles a sus principios y valores; y aún enarbolan banderas, efigies y consignas en las calles de sus países; y entonan viejas canciones de lucha, y conmemoran las gestas libertarias de Bolívar, Sucre y San Martín; y siguen el ejemplo de José Martí y la épica inclaudicable de Sandino y de Farabundo; mantienen comunión con el apostolado de Camilo Torres y García Laviana; añoran la mística de Carlos Fonseca, recuerdan las manos amputadas de Víctor Jara, y se ven en los versos de Leonel Rugama y Roque Dalton.

Y todavía se recuerda en Nicaragua la indiscutible honestidad de aquel guerrillero urbano, que pagó de su bolsillo el pasaje del bus, para no gastar ni uno del saco de billetes que llevaba consigo, recién “recuperados” en un banco de la capital.

Después de cuarenta años muchos líderes de aquella izquierda latinoamericana fallecieron o quedaron en el olvido.

Otros, igual que Gregorio Samsa, evidencian metamorfosis y conductas entonces inimaginables: ahora son multimillonarios, dueños de empresas, conciencias, bancos, haciendas y partidos políticos, y como en las Sociedades Anónimas de la detestable oligarquía, de sus haberes no le rinden cuenta a nadie. Pero se siguen llamando de Izquierda, y desde sus tribunas, en nombre de los pobres, repiten aburridos discursos contra el colonialismo, el imperialismo, la burguesía, los vendepatria y los traidores; y se imaginan personajes de leyenda, protagonizando nuevas y grandes batallas, venciendo a feroces molinos de viento…

Los tiempos han cambiado, no cabe duda, y “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, como profetizara Pablo Neruda. En una vieja canción titulada Hipocresías, Rubén Blades afirma que “ya no hay izquierdas ni derechas, sólo excusas, pretextos y retóricas maltrechas para un mundo de ambidextros…” Y a lo mejor tiene razón.  

Lima, 16 de febrero 2012.
* El autor es escritor nicaragüense.