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Nada hace muy válido el hecho de suponer que alguien valido por el poder pudiera tener suficientes méritos como para medirle sus acciones según la escala de valores morales, pues en verdad no pasa de ser un buscador de valores materiales usando la escalera política oficial. Me explicaré.

Los manifestantes orteguistas de base que en las calles demuestran su inconformidad con los dedazos, siempre deslumbrantemente anillados de la Doña del Don –con los cuales selecciona para la reelección a los alcaldes de varios municipios—, no son inocentes, sino cómplices de los mismos dedazos inconstitucionales que reeligieron a su Don. Hay dudas de que tales manifestaciones respondan a una sincera inclinación pro democracia de quienes –en general— son los validos del poder y protagonistas de acciones contrarias a los válidos derechos de la emisión libre del voto y de su transparente recuento.

Pero dado que nada se puede negar o afirmar de forma absoluta, es posible hallar un ligero sentido democrático en su reclamo, muy a pesar suyo, porque se enfrentan al autoritarismo y al trato irrespetuoso del clan Ortega-Murillo. Sin embargo, se trata también de una actitud circunstancial, y su reclamo puede esfumarse de la misma manera espontánea que surgió, porque los protestantes solo buscan valores materiales en la escalera política donde se han encaramado.

Esa percepción que se tiene de ellos no excluye la posibilidad de que las protestas sean también reflejo de la crisis política interna del orteguismo, como fruto de su descomposición ética y de sus contradicciones. Desde luego, no son contradicciones de principios, sino por mezquinos intereses. De ahí emana la diferencia entre una lucha por rescatar la escala de valores morales y el pleito por los valores en la escalera oportunista, lo que a ellos les estimula de maravillas.

¿Qué pelean los opuestos al dedazo súper anillado, si no el lugar privilegiado de los secretarios políticos, alcaldes, concejales, empleados de las muchas alcaldías controladas por el clan Ortega-Murillo? ¿Cuáles son esos privilegios, si no los del clan familiar orteguista que quieren reflejar en el nivel municipal? ¿Acaso no son esos valores materiales, incluidos los de efectos retroactivos de la piñata, al estilo Edén Pastora, los que quisieran ver repetidos en sus municipios?

El clan familiar goza de privilegios de gran calibre, comenzando con la posesión de su propio feudo-hogar en donde hacen funcionar al “partido”, la presidencia de la república y la corrupción. Esos privilegios incluyen grandes propiedades, empresas comerciales, financieras y –como les gusta decir— “empresas mediáticas”, más los ingresos no controlados por ninguna institución estatal del dinero venezolano.

En los municipios, los secretarios políticos, alcaldes y concejales tienen sus privilegios, pero, claro, según el escalón que ocupen en la escalera. Algunos viven con su familia en casas del “partido” sin pagar luz, agua, transporte ni gasolina; manejan recursos económicos “partidarios” y los impuestos; hay tráfico de influencias en las gestiones administrativas, y hasta de la justicia. Son tantos validos por el oficialismo con privilegios tremendamente valorados, que se atreven a protestar en las calles donde exponen su inconformidad, y hasta ponen en riesgo su escalón en la escalera partidaria.

Por el miedo de mirar hacia adentro, algunos orteguistas anillados atribuyeron las protestas a maniobras políticas de la oposición, fingiendo ignorar que la pobre oposición no es capaz ni de agitarse ella misma en su poltrona. A estas alturas, esa cursi acusación ya no es dominante entre esos orteguistas, pero tampoco son capaces de admitir algo tan simple: que los de abajo en la escalera quieren algo de lo que ellos ven repartirse entre los que están escalera arriba.

Quizá, quién sabe, los del clan familiar y sus corifeos ya habrán imaginado lo inteligentes que se mostrarían si compartieran sus valores materiales, de abundante existencia, a falta de sus fenecidos valores morales, para aplacar los reclamos internos. Su clavo es que tal “solución” no garantizaría el fin de todo conflicto, pues entre mayores cantidades decidan repartir cristiana, socialista y solidariamente, mayores serían las muestras de corrupción dentro de su enferma estructura.  

Algunos tienen una débil esperanza, y es que entre los vivarachos que ambicionan ascensos en la escalera, surja algún sector capaz de reaccionar por convicciones ante la corrupción interna. Que tal fenómeno se pudiera producir, es solo una remota posibilidad ante la descomposición del conglomerado orteguista, que está llegando ya al fúnebre momento del entierro definitivo de todo principio revolucionario.  

Es que ya hay metástasis en la escalera cancerosa del poder orteguista.

* El autor es periodista y escritor.