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En todo Centroamérica y también en México el Miércoles de Ceniza se llenan nuestros templos con una multitud que acude a que le pongan la ceniza. Sin duda es una celebración multitudinaria. Pocos días, si exceptuamos las Fiestas Patronales o la Semana Santa, acude tanta gente a los templos.

No vamos a juzgar la fe de nuestro pueblo sencillo que acude así a los templos. Podemos decir que muchísima gente acude en señal de arrepentimiento y de recibir una bendición especial. Eso no es malo, ni podemos condenarlo farisaicamente. Recordemos que Jesús nos habla en el Evangelio del publicano que humildemente pedía perdón en la parte de atrás del templo, y recibió el perdón de Dios. Mas no lo recibió el que orgullosamente se presentaba como bueno, no reconocía sus pecados y despreciaba al publicano.

Analicemos un poquito más a fondo el sentido del Miércoles de Ceniza.  La fórmula antigua que algunos están volviendo a usar: polvo eres y en polvo te convertirás, aunque puede tener un sentido de arrepentimiento, también expresa algo negativo. Parece que todo se acaba con la muerte y no aparece ahí la Resurrección. Además, esa fórmula no ayuda mucho a la autoestima que Dios quiere, pues parece que nada valemos o que nuestra vida vale  muy poco.

La celebración actual con su fórmula: conviértete y cree en el Evangelio tiene mucho más sentido. Sin embargo su práctica, aunque multitudinaria, es personal y casi diría individualista. Cada quien se arrepiente y pide la ceniza, y eso es esencial, pero falta un sentido comunitario y no hay un compromiso social.

Vamos a detenernos a pensar en la fórmula actual de poner la ceniza. De paso digo que no es muy feliz lo que dice el rito: “Imposición de la Ceniza”, ya que no se impone, sino cada quién la recibe libremente. Resulta que la fórmula actual de poner la Ceniza en su esencia misma está tomada del Evangelio, y el Evangelio esencialmente es personal, comunitario y social. Como nos dice Marcos al inicio del Evangelio: Jesús anuncia la Buena Nueva de Dios. Nos invita a convertirnos, que quiere decir cambio de mentalidad y de actitudes, todo esto en el marco del Reino de Dios que ya está entre nosotros (Marcos1, 15). Obviamente el Reino o Reinado de Dios no es asunto meramente individual. Jesús nos habla de una sociedad justa, fraterna, solidaria y sin discriminaciones. Y Aparecida lo formula repetidamente como el sueño y el compromiso por una “Vida Digna”.

Si esto que venimos diciendo es verdad como creo que lo es y arranca de la predicación de Jesús, al ponernos la ceniza claramente estamos arrepintiéndonos de todo lo que va contra el Reino de Dios, tanto a nivel personal como social, y al mismo tiempo nos estamos comprometiendo a luchar o al menos a trabajar por el Reino de Dios. En este sentido una celebración de la ceniza meramente individualista, es una contradicción con el mensaje del Evangelio que expresamos al ponernos la ceniza.

Si pensamos en las lecturas que suelen hacerse en la ceniza y recordamos el llamamiento de los profetas, podemos recordar que la ceniza tiene expresamente un sentido social. Lo que es bueno, lo que el Señor nos exige es que practiquemos la justicia, que amemos con ternura y caminemos humildemente delante de Dios (Miqueas 6, 8).

A nivel pastoral nos queda una pregunta y un reto: ¿cómo recrear nuestra celebración multitudinaria de la ceniza de modo que se exprese junto con el arrepentimiento personal también la invocación de perdón comunitario y de los pecados de nuestra sociedad (por ejemplo ahora los atropellos contra los migrantes o los reos calcinados en el penal de Honduras)?

Al menos esto lo podemos hacer claramente en nuestras celebraciones comunitarias. Pero no podemos dejar de hacerlo en las celebraciones multitudinarias, porque para mucha gente el único espacio de recibir y participar en el mensaje del Evangelio suele ser el de las celebraciones masivas de la Eucaristía los domingos o en Fiestas Patronales, y sobre todo el Miércoles de Ceniza.

Ese es nuestro sueño, una celebración de la ceniza enraizada en el Evangelio, en nuestro arrepentimiento personal confiando plenamente en Dios nuestro Padre Misericordioso, y al mismo tiempo una celebración con pleno sentido comunitario y con un clamor de perdón y de compromiso ante el pecado de nuestra sociedad, particularmente la injusticia, ante todo aquello que con razón y con novedad en su tiempo, Medellín calificó de situación de pecado.

* El autor es sacerdote jesuita. Comunidades Eclesiales de Base (CEB).