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Los elementos que marcaron el fin de la motivación del general Sandino para continuar la guerra civil fueron la salida de los marines de Nicaragua (2/1/1933); la firma de los Acuerdos de Paz (2/2/1933); las elecciones en que resultó victoriosa la fórmula liberal Sacasa/Espinoza (1/1/1933), y finalmente confiar su protección personal y la  de su ejército guerrillero a un Presidente débil, sin apoyo militar ni popular, como lo fue el Dr. Sacasa.

Frente a estos elementos de motivación, la razón principal de la rebelión de Sandino había sido apoyar al liberalismo en la guerra constitucionalista de 1927. Sandino se sumó a ella para apoyar al Partido Liberal y al Dr. Sacasa. En 1933, cuando sucede  el desenlace político nacional: la salida de los marines, la paz y las elecciones, quizá debió salir del país unos años e impulsar desde el extranjero la organización del Partido Autonomista que le apoyaba.

No tuvo paciencia ni visión tras la firma de la paz, pues al quedarse en el país presionaba al presidente Sacasa a permitirle conservar una fuerza armada de cien de sus guerrilleros al mando de su hombre de confianza, el general Horacio Portocarrero -al margen de la recién fundada Guardia Nacional-; la concesión de tierras para fundar cooperativas agrícolas bajo su control,  y su proyecto de sectorizar lentamente el país –concretamente en la zona de Río Coco arriba-, en aras de conservar su fuerza militar y política.

Le faltó además hacer varias jugadas políticas, licenciar a su ejército y pedir para éste amnistía y trabajo; hacer una paz verdadera no solamente con Sacasa y su gobierno, sino con el nuevo y poderoso jefe de la Guardia, general Somoza García; con la oligarquía criolla y con Washington. Pero la situación del país en aquellos meses le impidió poseer esos recursos.

Quizá, aunque hubiera hecho estos arreglos, habrían sido ficticios, pues entre Sandino, su ideal y el entorno político había un inmenso abismo de insondable profundidad. Vivía enojado con la clase política del momento, con la oligarquía conservadora, causante del mal existente en aquellos años, con el expresidente Adolfo Díaz, históricamente culpable de haber enajenado el país y de pedir la intervención militar de Washington en Nicaragua; odiaba a los generales Chamorro, Moncada y al Dr. Cuadra Pasos. Un sector del pueblo lo amaba, lo respetaba, lo admiraba; otro lo odiaba y lo combatía. También le faltó conciliar con las víctimas de la guerra y del terror que sus tropas habían impuesto en sus “agrestes montañas”.  

Las motivaciones del general Sandino para levantarse en armas eran históricamente justas. Se debe recordar que en Nicaragua el Partido Liberal había estado derrotado políticamente desde el derrocamiento del general Zelaya; el episodio de la Guerra de Mena lo había impresionado y la gesta de Zeledón lo había impactado. Tenía diecisiete años cuando se dice que presenció el traslado del cadáver de Zeledón hasta Catarina, donde está sepultado. En 1934, cuando hizo su último viaje a Managua a conversar con el presidente, Sandino estaba atrapado por sus circunstancias. No podía continuar la guerra, estaba a merced de la débil sombra del presidente Sacasa; una vida civil normal no le era posible, ni formar las cooperativas en ningún territorio.

Sus enemigos no podían permitir que su mítica figura prevaleciera. Y sencillamente no podía abandonar su ejército harapiento que lo esperaba en la selva. Ni siquiera un honroso exilio le era  posible, pues quizá hasta ahí, como a Trotsky, lo hubiera alcanzado la muerte.

El general Sandino legó al pueblo de Nicaragua dos elementos claves: el nacionalismo,  traducido en su histórica decisión de continuar la lucha armada como rebelión republicana contra la ocupación militar; su honradez política que es -en la práctica- su demanda de construir una nación libre de sometimientos internos y externos. Luchó por una dura realidad, casi una utopía: construir una Nación en orden, en paz y próspera. Quizá algún día tengamos eso.

Es tarde e inútil escribir sobre imponderables. Basta recordar que él no era marxista ni socialista ni cristiano, ni religioso. Lo que es válido en el general Sandino es su ejemplo de honradez individual, su nacionalismo, su sacrificio, su rechazo a la ilícita riqueza obtenida desde el poder.

No demandaba ni un palmo de tierra para ser sepultado. Yo no entiendo cómo, quienes después asaltaron el poder, poseían y poseen ahora millones, mansiones robadas, bienes y propiedades mal habidas, y tienen al país en pleno desorden institucional; se autollaman sandinistas. Ellos saben que el dedo de Sandino los condena. Porque lo deshonran, sencillamente lo deshonran.

* El autor es periodista, abogado y notario.