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Siguiendo con mi lectura del ensayo de Elizabeth Anderson, intitulado “Si Dios ha muerto, ¿todo está permitido?”, pienso que si aceptáramos la infalibilidad y la literalidad de la Biblia, concluiríamos que gran parte de lo que consideramos moralmente malo es permisible, y hasta exigible.

Empecemos por las características morales de Dios tal como son reveladas en la Biblia. Castiga rutinariamente por pecados ajenos. Castiga a todas las madres condenándolas a parir con dolor por el pecado de Eva. Castiga a todos los seres humanos condenándolos a trabajar por el pecado de Adán (Gn 3, 16-18). Se arrepiente de su creación, y en un arrebato de ira comete un genocidio y un ecocidio inundando la Tierra (Gn 6, 7). Endurece el corazón del faraón ante la esclavitud de los israelitas (Ex 7, 3) para poder desatar las plagas contra los egipcios, los cuales, como súbditos impotentes de un tirano, estaban al margen de las decisiones del faraón (esto se llama respetar el libre albedrío, que es la justificación estándar de la existencia del mal en el mundo).

Mata a todos los primogénitos, hasta a los de las esclavas que no tenían nada que ver con la opresión de los israelitas (Ex 11, 5). Castiga a los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de quienes adoren a cualquier Dios (Ex 20, 3-5). Desencadena una epidemia contra los israelitas, que mata a veinticuatro mil de ellos, cuando sólo algunos habían tenido relaciones sexuales con medianitas, adoradores de Baal (Nm 25, 1-9). Somete al pueblo de David a tres años de hambruna porque Saúl había matado a los gabaonitas (2 Sm 21, 1).

Ordena a David que haga un censo de sus hombres y luego inflige a Israel una plaga que mata a sesenta mil por el pecado de David al hacer dicho censo (2 Sm 24, 10-15). Hace salir del bosque a dos osos para que despedacen a cuarenta y dos niños por haber llamado calvo al profeta Eliseo (2 Re 2, 23-24). Condena a los samarios, diciéndoles que “sus niños serán estrellados y sus mujeres encintas reventadas” (Os 13, 16). Y todo esto sólo es una muestra de los males celebrados en la Biblia.

¿Puede excusarse toda esta crueldad y toda esta injusticia con el argumento de que Dios puede hacer cosas que no están permitidas a los seres humanos? Pues entonces, veamos qué ordena Dios que hagan estos últimos. Nos manda matar a los adúlteros (Lv 20, 10), a los homosexuales (Lv 20, 13) y a los que trabajan en sábado (Ex 35, 2). Nos manda exiliar a los que comen sangre (LV 7, 27), a los que sufren enfermedades de la piel (Lv 13, 46) y a los que tienen relaciones sexuales con sus esposas durante la menstruación ((Lv 20, 18).

A los blasfemos hay que lapidarles (Lv 24, 16), y a las prostitutas de padre sacerdote, quemarlas (Lv 21, 9). Y esto sólo es la punta del témpano. Dios dirige reiteradamente a los israelitas a la limpieza étnica (Ex 34, 11-14; Lv 26, 7-9) y al genocidio contra varias ciudades y tribus; la ciudad de Jorná (Nm 21, 2-3), la tierra de Basán (Nm 21, 33-35), la de Jesbón (Dt 2, 26-35), los cananeos, los hititas, los jivitas, los perizitas, los guirgasitas, los amorreos y los jebuseos (Jos 1-12). También les ordena no tener compasión por sus víctimas (Dt 7, 2), ni dejar “nada con vida” (Dt 20, 16). Para que su exterminación sea completa, coarta el libre albedrío de las víctimas endureciendo sus corazones (Dt 2, 30; Jos 11, 20), a fin de que no pidan la paz.

Naturalmente, estos genocidios están al servicio del robo sistemático de sus tierras (Jos 1, 1-6) y del resto de sus propiedades (Dt 20, 14; Jos 11, 14). A once tribus de Israel les manda que exterminen prácticamente a la duodécima, la de los benjaminitas, porque unos pocos habían violado y matado a la concubina de un levita. El baño de sangre resultante se cobra las vidas de cuarenta mil israelitas y veinticinco mil benjaminitas (Jc 20, 21, 25, 35). Ayuda a Abías a matar a medio millón de israelitas (2 Cr 13, 15-20), y a Asá a matar a un millón de cusitas, para que sus hombres puedan saquear todas sus propiedades (2Cr 14, 8-13).

En un próximo artículo abordaré, entre otras cosas, algunas inmoralidades que, según la Biblia, no las ha cometido Dios ni ha ordenado Él a los humanos que las cometan, pero que sí están permitidas.

* El autor es ingeniero civil y músico.
pedrocuadra56@yahoo.com.mx