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En la ciudad, los árboles purifican el aire al absorber el dióxido de carbono y servir de barrera ante el polvo y el humo. Amortiguan la intensidad del ruido, reducen la velocidad del viento. Contribuyen a la infiltración del agua y recarga de mantos acuíferos; disminuyen el desbordamiento de aguas pluviales; evitan la erosión y deslizamientos de cerros suburbanos. Protegen la fauna. Tienen un valor psicológico, porque el verde y el contacto con la naturaleza, dan tranquilidad. Y un valor social, pues son puntos de reunión, de referencia, históricos. Reducen el consumo de energía al refrescar el ambiente. Además de contribuir en la disminución del calentamiento global.  

Si dan tantos beneficios, ¿por qué no planificar para aprovecharlos y evitar daños? Pero, ¿se planifica?, ¿se dice qué especie sembrar en cada lugar?, ¿se contemplan desde el diseño urbanístico o se siembran para rellenar? ¿Qué mantenimiento dar en caso de plagas o enfermedades? ¿Existe un inventario de los árboles dañados, añejos o mal ubicados? ¿Se cuenta con ejemplares para reponerlos? ¿Se planifica la arboleda como parte del medioambiente, la arquitectura, salud, belleza e imagen de la ciudad? ¿Se coordinan las constructoras, alcaldías y reforestadores?
También sirven de distracción. ¿Nos preocupamos por la limpieza y mantenimiento de los parques o por crear nuevos? ¿Hemos pensado en parques para mayores, que sean un lugar de encuentros y remembranzas? ¿Qué tal un paseo con aroma de madroños? Y un campo para caminatas. O vías para bicicletas; arboledas, seguras y descontaminadas. Y cuánta salud daría una rosa frente a las salas de los hospitales.

El follaje y las raíces requieren de espacio terrestre y aéreo para desarrollarse y no tener que desramarlos cuando causan daños, de ahí que por ley deben sembrarse a tres metros de la propiedad colindante. Debería tomarse en cuenta esto para edificios públicos, monumentos. Y considerar el diámetro de la copa y la anchura de las calles. Sería contraproducente sembrar malinches en calles angostas, en cambio están bien en los parques.

Realmente los árboles no perjudican. Si caen sobre la casa u obstruyen el paso, especialmente a personas con discapacidad, el problema no lo causa el vegetal, sino la inadecuada selección de la especie y técnicas de plantación, falta de mantenimiento o mala ubicación. Por eso la necesidad de un inventario de ejemplares en mal estado o que signifiquen un riesgo.

A veces nos lamentamos porque se corta uno centenario, pero en ocasiones es necesario hacerlo e irlos reemplazando. También hay que dejar la distancia adecuada. Si los sembramos muy juntos, no crecen bien e impiden la circulación del aire, entonces los malos olores se encierran, como pasa en los patios donde hay perros. Pero, reitero, no es el árbol el que perjudica, sino la falta de planificación, de gestión y orientaciones.  

Todas las ciudades necesitan de los árboles; sin embargo, se van comiendo el área verde. Es necesario incluirlos en la planificación de ornato y limpieza, reforestación, ordenamiento territorial. En el Código de Construcción y en urbanizaciones. Y en el presupuesto, pues no basta la buena intención. Tampoco hay que llegar a excesos. Siempre recuerdo la noticia sobre el árbol que no permitieron cortar, calló sobre una niña y la mató.

Si queremos aprovechar el patio para árboles frutales, habrá que valorar la conveniencia de cada especie. El nancite es altamente corrosivo; hojas, flores y frutos dañan el zinc. Recuerdo a una señora que cortó un árbol que daba hermosos mangos, porque su nieta se asustaba cuando caían sobre el techo. Son para fincas o patios grandes. En cambio, pueden plantarse otros pequeños.

Además de sembrarlos según el espacio e integrarlos en el diseño de la ciudad, deberíamos aprovecharlos para embellecer. Esto tiene que ver con la distribución, especie y mantenimiento. Es agradable ver árboles limpios, sanos.

Si están desordenados, con ramas desprendidas, dan mal aspecto.

Sería interesante identificar un barrio o una ciudad por sus árboles. En Managua hay bastantes, pero siguen la lógica del desorden territorial. Habría que diseñar las plantaciones futuras, juntando valor ambiental, económico, social y estético. Y en vez de tantos ejemplares de la misma especie, plantar una diversidad, y convertir la arboleda urbana en un arboretum. Además, combinar especies de hojas caducas y perennes, para tener siempre calles verdes.

Esto no compete sólo a las alcaldías. Empresas, universidades, iglesias podrían contribuir y adoptar un área verde, como contribuyen al medioambiente las Áreas Silvestres Privadas. La participación ciudadana se podría incentivar con capacitaciones y concursos. O simplemente por el placer de vivir en un lugar agradable y saludable.

* La autora es docente, comunicadora y jurista.
doraldinazu@gmail.com