•  |
  •  |

La guardia de la libertad debe darse a quien menos deseos tenga de usurparla.
Maquiavelo

Las formas de gobierno ya han sido descritas en su esencia en la antigüedad, por ello recurrimos al griego para nombrarlas, en vista de que Aristóteles o Platón han ponderado filosóficamente no sólo los orígenes de cada régimen, sino la influencia de ellos en la sociedad.

Daktilocracia, etimológicamente significaría el gobierno del dedo. Maquiavelo sentencia que la soberanía no existe donde reina la corrupción y la anarquía. En los Discursos sobre las primeras décadas de Tito Livio, observa que los regímenes políticos tienen un carácter cíclico: “Un país –afirma- podría dar vueltas por tiempo indefinido en la rueda de las formas de gobierno, a menos que sea sometido a otro estado mejor organizado”.

Así, no es de sorprender que encontremos rasgos del somocismo en el actual gobierno y que en veinte municipios del país parezca que en la muchedumbre se encube la anarquía. En Nandaime, Masaya, Masatepe, Nandasmo, Niquinhomo, Catarina, San Juan de Oriente, Corinto, Potosí, Rosita, Waspam, Bilwi, Bonanza, Tuma-La Dalia, los militantes sandinistas protestan, a partir del 8 de febrero, porque los candidatos a alcalde por el partido en el gobierno vienen designados a dedo por la cúpula del poder, sin considerar la opinión de las bases por medio de una encuesta.

¡Se nos impone una dictadura! Gritan con sorpresa. En griego, también, hay una palabra para describir este fenómeno. Con sarkasmo. La realidad se burla malintencionadamente de quienes trabajaron como albañiles y encofraron la dictadura actual.

Quienes protestan contra la elección a dedo de los candidatos a alcaldes por el orteguismo poseen un supuesto derecho de rapiña, visto que los puestos estatales y municipales los ven abiertamente como una oportunidad para salir de apuros.

No nos corresponde a nosotros tomar partido sobre quién tiene mérito o derecho mayor entre rapiñadores. Esto lo resuelven ellos, o con golpes de mano palaciegos o con sumisión humillante.

Desvinculada del pueblo, ésta no es más que una rabieta de sirvientes. Sin un objetivo social que trascienda el interés individual de la rapiña, no puede haber rebelión política; ni causa seria sin dignidad.

Incluso, el sistema de dedo estaría bien para quienes protestan, si el dedo apuntara hacia ellos, que se ven envejecidos y excluidos de la rebatiña. Los resentidos desean morder con rabia el dedo que escoge a otros candidatos, pero, besan, a la vez, la mano llena de pulseras que selecciona con el dedo. Resienten la monarquía y se quejan al monarca.

Son víctimas de pequeños errores de cálculo, porque hacen las cuentas con los dedos (que empuñaron los garrotes y las piedras para acallar al resto de ciudadanos). Ahora que el vértice decide sin democracia interna, como en toda burocracia que se respete, amenazan con romper, a tientas, la disciplina ciega del voto. Levantan el dedo y juran:

“No daremos el voto a los candidatos escogidos a dedo”.

Nuevamente, por sarkasmo, creen que su voto en contra sí sea un arma, quienes durante las elecciones enfilados a un dedo de distancia inclinaban las urnas con su propio dedo, desarmando así el peso de los votos contrarios ciudadanos. Han creído, con un dedo de frente, que la antigüedad en la represión y el fraude tenga valor ante el autoritarismo absoluto.

Su lealtad, envejecida y poco fiable, ahora no vale ni la vigésima parte del costo de un nuevo adepto, deseoso de alcanzar nuevas victorias. En este hábitat, el mérito profesional es una palabra obscena. En la evolución del parasitismo, la sumisión incondicional al dictador es la ley de la sobrevivencia.

Marcharán los desplazados detrás de los nuevos incondicionales, a aplaudir el pasado, sin comprender en qué ángulo se encuentran del ciclo oscilatorio del poder. ¿Estarán aplaudiendo a un somocismo recurrente que se viste con el ropaje de sus antiguos adversarios? Como fuerzas de choque, estos pobres resentidos fueron adquiriendo un corazón mercenario a medida que perdían la vista; y van ahora tropezando a la plaza, sin saber por qué: gratuitamente, como productos fallidos de la incondicionalidad.

En una sociedad degradada, por cada veterano, resentido e inútil, la daktilocracia cuenta con veinte jóvenes desempleados, más capaces de violencia en contra de la ciudadanía; más eficaces en la vigilancia y en la denuncia; con mayor disciplina en la represión, más aptos para vender su alma a bajo precio y sin ninguna vacilación ideológica.

Al servicio impune del poder, podrían estos jóvenes llegar al fanatismo irracional si fuese necesario. No se les pide gran cosa.

* El autor es sociólogo.