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Cuando nos comunicamos, recurrimos a algunos medios para hacer más vivo, más expresivo e interesante nuestro mensaje. Y es que el lenguaje con que expresamos los afectos está profundamente vinculado al grado de emoción personal y a las circunstancias en las cuales nos encontremos. La emoción, entonces, se traduce en cambios de entonación, en comparaciones, en repetición de frases, en omisión de vocablos… Fernando Silva recoge en un poema una expresión tomada de la lengua popular: “Viene el viento / chiflado como un perro”. Y Coronel Urtecho con su descripción de un volcán: “Mombacho/Monte murruco/Volcán eunuco/Buey muco/ Dios timbuco”.

Pues la vida diaria está llena de palabras y expresiones empleadas en sentido figurado. ¿Por qué? Porque el lenguaje figurado nos permite comunicar nuestras ideas no sólo con mayor viveza y expresividad, sino que con más claridad y precisión. Fíjese que cierto tipo de pez se llama “pez espada” y otro “peje sierra”. Como una especie de escualo se llama “tiburón martillo”. Un tipo de vehículo (el volswagen) lo llaman “escarabajo” y una especie de candelabro colgante, sin pie y de varios brazos, es conocido como “araña”. ¡Cuántas palabras no tendríamos que emplear para describir estos animales, vehículos y objetos!

A veces, no tenemos palabras para nombrar algunas cosas, pero el lenguaje figurado nos ayuda a salir del paso fácilmente, como cuando hablamos de un mueble de tres patas que llamamos “pata de gallina” o de una herramienta que llamamos “pata de chancho”. Un tipo de ave la llamamos “tijereta” por la cola en forma de tijera; y a la luciérnaga en Nicaragua la conocemos como “quiebraplata”, porque al producir una luz blanca (como el reflejo de la plata) emite un sonido también con su cuerpo como si se “quebrara”.

Es el fondo de la metáfora popular porque el pueblo busca, en sus expresiones espontáneas, una relación de semejanza entre el nuevo objeto y el nombre de otro conocido, como cuando habla de un picadillo de naranja conocido como “pico de pájaro”.  ¿Ha visto usted una bandada de zopilotes que en picada caen sobre una carroña? Pues el pueblo emplea la expresión “caerle la zopilotera” para significar que alguien es agredido por varias personas a la vez.

¿Ha observado usted la “conducta” de los animales? ¿Se ha fijado que las mulas son tercas, los machos –sobre todo viejos- son mañosos, las niguas molestan mucho y los monos hacen muecas? Entonces usted comprenderá fácilmente las expresiones rurales que han hecho vida urbana: “Es más terco que una mula”, “Es más mañoso que un macho viejo”, “Es una nigua para joder”, “Es un mono para hacer muecas”. Son los refranes populares en los que el pueblo establece una relación de semejanza entre determinadas actitudes de las personas y algunas costumbres y características de los animales; por ejemplo: “hacerse el gato bravo” es hacerse el loco con lo ajeno, y “rascarle la barriga al chancho” es adular a una persona.

Es el habla de todos los días que nos permite expresar con mayor intensidad nuestras emociones. Porque no es lo mismo decir delincuentes de la misma banda que “chanchos del mismo chiquero”. Nadie dice “loco”, “alocado” o “loquera”, porque todo mundo prefiere una expresión matizada de color local: “Es más loco que una cabra”.

La vida ganadera de mi rica región chontaleña hace que hasta los niños conozcan la manera de ser de los animales, y establecen una especie de paralelismo entre lo que éstos hacen y lo que hacen las personas: “enzacatado” dicen en el campo de la persona que ha engordado por la prolongada inactividad, y  “matacán” se dice del muchacho adolescente.

El lenguaje figurado tiene sus principios en lo más íntimo del alma popular, que no sólo enriquece y renueva la lengua con nuevas palabras, sino que le imprime colorido y vivacidad. La joven que “complace” al novio antes de casarse “le da un adelanto” y el novio –ya casado- en “recompensa” “le da para sus puros” y, como si esto fuera poco, “le da sopa de muñeca”. Cuando se alude a una persona viciosa e incorregible se la etiqueta con el refrán popular no exento de intención peyorativo: “Gallina que come huevos ni que le quemen el pico”. En una ocasión dos amigos, ya “encalichados” con sus buenos “guaspirolazos” adentro, conversaban sobre el comportamiento de una mujer “de la vida alegre”, y cuando uno de ellos repitió la primera parte del refrán: “Es que gallina que come huevos...”, el otro completó de esta manera: “... ni que le quemen el huevo”.

rmatuslazo@cablenet.com.ni

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