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Uno vive de tentaciones y fortalezas. Como la sombra que se vuelve rostro y desahoga pasiones en los púlpitos del miedo. También se vive de cumplimientos y exageraciones. La vida se aparece en cualquier retorno, y nos pone a sembrar trigo en las estaciones de sus apariciones. Es la manera más idónea para desparramar las bondades que llegaron a nuestro territorio encantado, y son las que nos han dado la fuerza para vencer los demonios.

A veces, el alma palidece. A veces, el dolor es una carta en silencio por la sangre perdida. Dicen que uno vive la mitad del tiempo con las manos atadas, y la otra parte en el suburbio de un sueño, sumando tentaciones y desafiando entuertos.

Me gusta escuchar a las puertas en sus días de soledad. Cuando sus voces sólo las escucha mi oído. Entre los escombros de la tormenta y la sabia luz de la lluvia. En la vigilia donde se cuentan los abrazos más solitarios; lo que no dijo la mujer amada, las revelaciones y sus huellas. Donde gritar es más prudente para no lastimar los ojos del alba.

Sé que se han hundido las aguas de la paciencia. Lo sé por el temor del viento. Lo descubro por las confesiones de los pies desnudos. Por el amor que insiste, que busca odas en las ilusiones embestidas.

La lluvia es una mano amiga que derrumba mi cuerpo en mi alba del placer. Es a ella a quien espero con mil derrotas y mariposas ciegas. Pasa el tiempo llevando sogas desterradas. Pasa el tiempo con todos los encierros de la noche triste. Un cuervo de uñas roncas sacude los laberintos que caen sobre la arena.

Los niños hablan a las puertas. Sus canciones no se inquietan en la rutina. Mayo en víspera de sus recuerdos se anuncia entre todos los placeres. Confirma que ha sido amante, con fuego en la boca, y orgía en la cabellera de tentaciones.

A mi voz del alba le hacía falta lo que yo soñaba, que no sabía a propósito. Que por abrigar esa sensación de cosas, uno no acaba de entender sus experiencias de la infancia. Entonces el alba como un gran carnaval. Entonces el deber de cantar como un escándalo que se apropia de la espesa carne del vacío. Entonces en el decir que todo comienza a cambiar la historia y sorprender lo imposible. Y sin ella.

Para bien de una despedida que no se puede ocultar. Una flor que se flagela como un amor especial.

El alba con las puertas en pampas, con mi frío que no envejece, acurrucado en la palma de mis manos con la misma gota de agua que no se marcha a otro instante. Sabrás que  en el vuelo de palabras inconformes se siente la gracia natural de un poema que jura no conocerte. Así será la noche, que muere entre centinelas del aire con la necesidad de escapar siempre.  De mí, de vos, del siempre.

También vivo serenamente de gratitud arrastrada en el alba. Con la convicción de meterme dentro de un abrazo para verme las venas de mis tentaciones también arrastrables. Vivir es cuestionar el tímpano de la indiferencia. Esas cosas que ignoro en el alba. Esas cosas que quiero perderme. Esas cosas que son mi propia alba.

* El autor es poeta y periodista.

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