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De los malvados también se aprenden muchas cosas, aunque sean maldades para no repetirlas, pero a veces se parecen a una verdad. A Stalin, por ejemplo, se le atribuye  una colección de frases legendarias, pero una de ellas me llama la atención por su validez: “la muerte de un ser humano es una tragedia, pero la de millones, es sólo una estadística”. Por eso, en todo intento para contar una historia humana, sea a través del periodismo o de la literatura, hay una lucha implícita por llevarle la contraria a esa frase tan cruel y fría, como real. Se trata pues, de ponerle piel y hálito a los números de los economistas, los políticos de alto nivel y de los historiadores.

Durante estos días, el canciller de Nicaragua hizo unas declaraciones en las que animaba a los inversores extranjeros enarbolando las buenas cifras macroeconómicas. Eso de la macroeconomía ha sido algo de lo que se han enorgullecido siempre los gobiernos anteriores en Nicaragua, y también el actual.

Pero en días pasados también conocimos un informe demoledor de la oficina regional de la organización de Naciones Unidos para la Agricultura y la Alimentación (FAO), donde se daban cifras sobre el nivel de pobreza en Centroamérica en 2011. Esos números cuentan una verdad que ha estado ahí desde los gobiernos anteriores y desde el principio del actual sin que nada parezca haber cambiado, pese a toda la propaganda y toda la distracción política-electoral.

Veamos algunas cifras, que parecen repetición de tantos años:
Si el porcentaje de población que vive en la pobreza en América Latina se sitúa por encima del 30%, en Centroamérica está por encima del 50%, pero en Nicaragua está por encima del 60%, sólo superada en unos puntos por Honduras.

Además, el porcentaje de población que vive en la indigencia (es decir, aquellas personas en cuyos hogares, los ingresos son tan bajos que ni gastándolo todo en la compra de alimentos podrían satisfacer las necesidades nutricionales de todos sus miembros), en América Latina, está por encima del 30%, en Centroamérica en el 39% y en Nicaragua en el 46%.

El porcentaje de personas subnutridas en Nicaragua es del 19% frente al de América Latina que es del 9%.


En la que Nicaragua supera a todos los países es en la enorme desigualdad (aquí sinónimo de injusticia) de su salario mínimo promedio, que está en algo más de 2,600 córdobas mensuales, y el de la canasta básica (recalco: básica), que está en más de 10,100 córdobas mensuales.

Hay otras cifras, como las del porcentaje de analfabetismo y desnutrición en las que, aunque Nicaragua no está muy bien situada, al menos se reconoce el esfuerzo por su reducción. Pero en términos generales, las cifras arriba señaladas nos hablan de una verdad en forma de pregunta: ¿Y entonces, qué pasó? Gobierno tras gobierno, unos más que otros, se han dedicado a levantar sus vallas y mostrar su propaganda sobre las obras que estaban cambiando el país y, al final, en líneas generales, todo sigue más o menos igual, a veces un poquito mejor, a veces un poquito peor, o más o menos igual de mal.

Las cifras pueden interpretarse, pero son tan rotundas que contradicen demasiadas mentiras oídas por tantos años, remotos y recientes. Contradice el alboroto y el triunfalismo de cualquier gobierno que gana unas elecciones y contradice los discursos vacíos, interesados y legalistas de ciertos sectores de la oposición. Es lastimoso leer nuevamente en cifras estas verdades que se repiten año con año, gobierno con gobierno, mentira tras mentira.

Si sólo hablásemos de números, podríamos ponernos a discutir, gastar tiempo y hoteles, y sesiones de conferencias y consultorías, y grandes cumbres multinacionales y regionales. Pero todos sabemos, el que más y el que menos, que estas cifras tiene nombres y apellidos y rostros, algunos de los cuales son muy cercanos a nosotros, tanto que casi nos rozan.

Mientras los medios de comunicación se afanan en declaraciones de políticos o de magistrados sospechosos, de disputas de terratenientes y empresarios con los intereses empresariales del gobierno, mientras el río San Juan sirve de distracción sentimental patriotera a uno y otro lado, mientras las prioridades políticas derivan en intereses geoestratégicos, mientras los programas sociales y algunas atenciones no consiguen profundizar en la desigualdad, las cifras con nombres y apellidos son la verdadera emergencia, la verdad. Tan vieja y dura como el hambre. Cierto. Pero una verdad ante la que no se puede perder más tiempo como si se estuviera discutiendo una estadística. Qué pasó entonces, para que al final no pasara nada más que lo mismo.

sanchomas@gmail.com