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Si hiciéramos una lista o un análisis de aquellos elementos que nos constituyen como personas, como seres humanos, la violencia es una de las fundamentales. La violencia traspasa nuestras experiencias de vida en todos los niveles: corporal, psíquico, emocional y cultural. Nuestras corporalidades se moldean en base a la violencia y sus sistemas de significados, que se despliegan por el amplio espacio de la cotidianidad, en nuestras relaciones con otros y otras.

Hablar de violencia es al mismo tiempo hablar de recuerdos, guardados, negados y olvidados, recuerdos fijos y móviles, que construyen a la persona y la posicionan en un espacio/contexto manifestándose en la narrativa de un ser que resignifica sus encuentros con el sistema de la violencia.

La violencia es un asunto individual y por ende un asunto colectivo/social, que deambula en las vivencias presentes en los estadios del desarrollo humano, desde la niñez hasta la muerte, configurando el sentido, la valoración y la imagen que sobre la vida se construye cada persona desde su nicho cultural.

Los gritos, los castigos físicos en nombre de la obediencia, de la famosa frase “es por tu bien”, se impregnan en el proceso de formación de la autoimagen y de la absorción del mundo externo que se convierte en interno, propio de la consolidación de la identidad humana.

Que un niño aprenda a temer al movimiento que padre/madre realice de tomar una faja o un palo para amenazarlo, es parte del condicionamiento y recepción de estímulos violentos que van definiendo a la persona que ese niño/a va armando en la cotidianidad. Los insultos, las personalidades pasivo/agresivas de la madre que por no hacer escándalos obvios y por niveles bajos de tolerancia a la frustración opta por pellizcar de manera disimulada al niño y luego en público preguntarle porque llora, son patrones de violencia que calan en el imaginario de un ser humano que está absorbiendo las normas de funcionamiento sociocultural del grupo en el cual nace y se conforma.

En el imaginario humano, la violencia que tiene como una de sus manifestaciones el agredir físicamente pero que es mucho más amplia que este ejemplo, ha sido utilizada y entendida como instrumento de poder, primeramente por grupos de dominación (padres, hombres, estado, iglesia, modelos económicos, política exterior, guerras) pero también han sido “armas” que los/as dominados/as (mujeres, pobres, indígenas, niños/as) han usado pero desde la mentalidad e imaginario de la dominación, desde lo subterráneo de la realidad del dominado/a.

La violencia es una narrativa que a diario se puede observar y analizar, en los medios de comunicación, en la televisión, en la cultura política, en las relaciones de género, en las relaciones de pareja, en la relación de padres e hijos, en las relaciones sociales, en la cultura sexual, en la relación sexual misma, en lo interno e inconsciente de la misma persona, en los sueños; la violencia traspasa al ser humano de manera consiente o no, directa o indirecta, asumida u obviada; es un constante ir y venir de flujos de violencia/agresión que desde la práctica constante y definitoria se instala en los cuerpos y en las mentes y se vuelve natural, se norma, se asume como parte de la vivencia humana.

La violencia en el lenguaje no solamente es explícita, usando expresiones humillantes, de posesión, dominación y rechazo, sino que en el lenguaje sutil que desde la semiótica se puede desarmar partiendo de su naturaleza contextual, se reacomodan las manifestaciones de un imaginario marcado por la violencia desde las formas de excluir, de manipular (propias de los dominados): la discriminación solapada, la crítica que destruye sin ser evidente, las subestimaciones, la condescendencia, la coerción desde el amor, la protección, la solidaridad o la fe.


Surge entonces una necesidad: partir de las vivencias y del lenguaje como vías de análisis de esas manifestaciones culturales y de los patrones establecidos de la violencia como mecanismo identitario, como discurso de configuración, como instrumento de poder y dominación.

Entender la violencia como sistema nos lleva a identificar qué lo compone, qué lo define como tal: sus partes, sus significados, sus discursos y sus comportamientos y patrones propios de un conjunto de elementos simbólicos, que se construyen a partir del devenir de cada espacio social, de cada cultura.

La violencia es parte integral de nuestras identidades, toca reconocerla, darle su lugar para entonces poder transformar y deconstruir ese sistema que portamos en nuestras corporalidades y psiques, desde las vivencias sociales y culturales a las que pertenecemos.

* La autora es estudiante de Antropología social.
http://gabrielakame.blogspot.com

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