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Hace algunos días, mientras me encontraba en las exequias del magistrado René Herrera, su hija mayor, en un esfuerzo supremo por controlar su llanto, tomó la palabra y agradeció a todas aquellas personas que la habían acompañado en el funeral. En su breve discurso, dijo una frase que me conmovió porque tenía rato de no escucharla decir con esa convicción que me provocó un nudo en la garganta, a tal grado que salí llorando del lugar.

Ella dijo una frase que a mí nunca se me hubiera ocurrido decir: “Quiero darles las gracias a todos los que de una u otra manera me han respaldado moralmente en estos momentos, aunque sé que decir gracias no es suficiente”.

Fue entonces que  comencé a comprender la trascendencia de la palabra Gracias en nuestras vidas. Una palabra tan corta con un impacto tan poderoso. En efecto, decir gracias o dar las gracias no es lo mismo que ser una persona agradecida. Y digo esto porque la cortesía, el protocolo y los buenos modales nos hacen decir gracias casi todos los días, pero de una manera mecánica y hasta inconsciente.

Decimos gracias en la oficina, en el trabajo, en la iglesia, en la calle, pero no tenemos la más remota idea de lo que estamos diciendo o de lo que sentimos al decirlo. O del poder que esa palabra tiene en nosotros.

Es más, a veces decimos gracias hasta de mala gana, como por obligación, como si alguien nos pusiera una pistola en la cabeza para pronunciarla. O porque la palabra está adherida en nuestro chip genético y la pronunciamos de manera instintiva, producto de las pautas culturales que hemos recibido.

Por eso al  escuchar esas gracias de alguien que se sentía devastada por la muerte de su padre,  comencé a sentirle un sabor peculiar, a comprender la magia de esa palabra  que abre puertas, que bendice, que es una especie de código o de contraseña para responder a favores recibidos. Claro, depende cómo se diga y con qué tipo de convicción se diga.

Sé que en este mundo tan agitado y caótico en que vivimos, donde  la mayoría de los Estados son proyectos colapsados, y la sociedad se rige bajo otros patrones de poder fáctico, la palabra gracias tiene un significado totalmente cursi y protocolario. Ha pasado de ser una palabra mágica y poderosa para convertirse en una muletilla o una palabra técnica, política y diplomática que en el fondo no significa nada. Es decir, nuestra miseria humana ha empobrecido la palabra gracias.

Decía Schopenhauer que la gratitud es la memoria del corazón. Y esta frase encierra una gran verdad. Creo que la mayoría de las desdichas que ocurren en esta vida, es porque   los seres humanos somos ingratos, o para decirlo de otra manera, carecemos de gratitud. 

No intento pecar de moralista con el tema, pero esta reflexión me llevó a la siguiente pregunta: ¿cuántas veces he agradecido a la vida por darme lo poco o mucho que tengo? No recuerdo. Creo que todo me lo merezco o ha sido producto de mi esfuerzo.   Seguramente mi autosuficiencia es tan grande y mi memoria tan ingrata que son pocas veces las que he pronunciado con convicción la palabra gracias.

Y voy más allá. Casi nunca le he agradecido a la vida lo que tengo porque he creído – tremenda equivocación- que no tengo nada que agradecerle a nadie, cuando en realidad, ahora me doy cuenta que estoy en deuda con muchas personas que han invertido consejos, dinero, tiempo, y hasta un poco de afecto y amor en mí para que pudiera ser lo que soy.

Sin embargo, por nuestra propia vanidad y orgullo, hemos sido incapaces de decirles al menos gracias a esas personas que desinteresadamente nos han dado un poco de ellas.   Y si no hemos podido ser agradecidas por esas personas que nos han dado algo, mucho menos que lo seamos con el sol que sale fielmente  todos los días y nos da calor a todos, con la luna que nos baña con su luz y nos cobija con su hermosa sombra, con el viento que nos acaricia la cara todos los días para que no envejezcamos, en fin, por todas esas pequeñas cosas que están cerca de nosotros y le dan sentido a nuestra miserable vida.

De ahí que el secreto del buen vivir, ya no digamos la felicidad, está en aprender a ser agradecido con la vida todos los días, independientemente de las pequeñas tragedias que nos ocurran. Seamos pobres, ricos, frustrados o realizados, estemos sanos o enfermos o padezcamos de una enfermedad terminal, recordemos que la vida es suficiente bendición para estar agradecido, y  siempre digamos gracias porque cada vez que pronunciamos con  amor y convicción esta palabra estaremos llenando nuestra vida de más sentido y esperanza.

Recordemos: una vida sin dar gracias es una vida miserable. Porque decir gracias no es suficiente. Gracias.

* El autor es periodista y escritor.
felixnavarrete_23@yahoo.com

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