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En el mundo se ha abierto un debate sobre si las drogas ilícitas deben ser legalizadas o no. Este debate es particularmente agudo en la sociedad latinoamericana donde están ubicados los países productores, aquellos de comercialización y de tránsito de las drogas ilegales (marihuana, cocaína y en menor medida heroína y otras drogas sintéticas). En el debate se han involucrado presidentes y ex-presidentes, altos jefes militares, políticos destacados, juristas de renombre, personalidades religiosas, sobresalientes escritores e intelectuales de las ciencias humanísticas y sociales, líderes de la opinión pública y jerarcas religiosos de diversas iglesias. Evidentemente es un problema que nos atañe a todos.

Los que están a favor de su legalización argumentan que esta medida desarticularía al crimen organizado y cortaría su secuela de males: asesinatos masivos por el consumo; asesinato selectivo en las guerras al interior de los carteles, entre ellos o en sus enfrentamientos en contra de las fuerza pública o la opinión pública; el caudaloso torrente de corrupción que vía pingües sobornos ha permeado casi todo los niveles (policiales, judiciales, políticos, etc.) en aquellas sociedades dominadas por el narcotráfico; la floreciente industria del lavado de dinero; y reduciría los altísimos costos que la drogadicción causa en los presupuestos de salud pública de los países pegados.

Los que argumentan en contra, alegan que la legalización –tal como ocurre con drogas legales y letales como el alcohol y el tabaco- provocaría daños masivos a la salud, y temen que en esta transición, los países de tránsito –como Nicaragua- se conviertan en un país de consumo. Además aducen que una vez legalizada la droga en países de contención como el nuestro, la avalancha de un turismo non sancto incrementaría una serie de delitos concomitantes en estos países. Y temen que el consumo en los países consumidores (Estados Unidos de América, Europa y Asia) aumente exponencialmente con su secuela de males pertinentes para la salud pública y la corrupción generalizada.

En lo particular y personal no deja de sorprenderme que sociedades occidentales como la nuestra, que han legalizado y profitan de una vasta serie de adicciones, vengan con hipocresías, dobles morales o mojigaterías sospechosas a oponerse a la legalización de las drogas. Digo mojigaterías sospechosas porque cabe la pregunta si acaso algunos de los que se oponen a la legalización de estos insumos de la infelicidad, en el fondo muy bien pagados le hacen el juego al exorbitante negocio del narcotráfico.

En nuestros países son legales las siguientes drogas letales: el tabaco, el alcohol, el juego, los ansiolíticos, los antidepresivos, los euforizantes, etc. Los bares y cantinas, los restaurantes y bachatas, las farmacias y los casinos, los prostíbulos clandestinos y otros centros masajísticos y masturbatorios, están abiertos las 24 horas del día cumpliendo con aquel lema: Atendemos 24 horas los 7 días de la semana.

Es más, en países como el nuestro, el daño económico, moral y de salud pública que le hacen los casinos, los centros de juegos y las máquinas tragamonedas es algo que no hemos contabilizado, porque a los poderes fácticos no le interesa. La industria del juego es una industria floreciente que cuenta con el visto bueno de la Asamblea Nacional, la Policía Nacional, el Cosep, los partidos políticos y con el pecado de omisión de la Iglesia Católica. Jamás he escuchado una condena desde los púlpitos católicos o megáfonos callejeros de los evangélicos a esta degradante, absurda y terrible situación de explotación y degradación humanas, que la adicción a los juegos legales está provocando en el seno de la familia nicaragüense.

En las ciudades de nuestro país con la complicidad de todos y probablemente con los intereses de las elites políticas, económicas y de seguridad, se siguen abriendo más casinos, que escuelas, zonas francas o iglesias. En Jinotepe se han abierto decenas de palacios de la suerte donde hombres y mujeres encuentran su desgracia. ¿Ser Las Vegas será el destino de Jinotepe? Digo Las Vegas para que recordemos que el juego no es sólo juego, sino que el combo trae alcoholismo, tabaquismo, drogadicción, prostitución adulta e infantil, tráfico de armas, lavado de dinero, etc.

De la telaraña de las drogas, sólo saldremos legalizándolas y para eso hay que dejar las máscaras de la hipocresía moral, los intereses soterrados y la miopía de tía zorra. El problema es de todos, no sólo de los adictos.

* El autor es editor de la revista Cultura de Paz.