Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Así exclamaban los romanos bajo los césares cuando las costumbres desenfrenadas tendían a echar raíz y la moral parecía esconderse tras conductas y prácticas escandalosas en la sociedad, y se creía que el mundo se hundía bajo el peso de tanta culpa.

Hoy en día abundan las prácticas desvergonzadas, y el desenfreno parece no conocer límites en nuestro desnaturalizado mundo económico, político y cultural. Por ejemplo, están de moda los cultos diversos y los golpes de pecho. En lo que quedó del todavía amplio espectro de la izquierda en el subcontinente, se vive en estado de penitencia por supuestos errores al aplicar la estrategia para alcanzar al cielo. Se asemeja a un culto a la melancolía de un pasado no muy lejano. Se afirma que fue relativamente más fácil combatir entonces a un enemigo visible que enfrentar hoy las multidimensionalidades de la propaganda, profeta privilegiada del mercado, dios todopoderoso.

Según sea el caso, los variados grupos de la izquierda rezan en su propia capilla y cantan letanías en su propia cartilla. Y no son pocos los que rasgan sus vestiduras y con rostros compungidos piden perdón a la diestra y se erigen en apologistas de terceras vías, de un centrismo vacío o de proyectos “moderados”. Sin embargo, unos cuantos, los que han perseverado en la custodia de los principios, siguen la ruta escabrosa, difícil, desenmascarando los múltiples disfraces de la pusilanimidad y enfrentando con humildad, firmeza y dignidad los incontables retos por un mundo más justo. Estos, no muy numerosos, pueden ser acusados de nostálgicos de un futuro que se construye día a día, parafraseando a Benedetti, pero nunca de haber renunciado al compromiso con los más vulnerables, se encuentren éstos en China, Etiopía, Brasil o Nicaragua.

La derecha es una, monolítica, siempre lo fue en los años cuando defendía a sangre y fuego sus intereses, sea en Guatemala, en Buenos Aires o en México. Y sigue siéndolo, quizás aún más que antes al sentirse hoy vencedora, navegando a placer en los mares de la tranquilidad del mercado. Tiene su propia lectura de la Biblia, parcial y distorsionada por cierto, y esgrime con orgullo los manuales actualizados de la administración de empresas y de las finanzas, producidos como rosarios en las editoriales de famosas universidades.

Pero como acotaba Unamuno, “Vencer no es convencer”. Para desgracia de las elites del mundo, ni el neoliberalismo ni la globalización han convencido, y se me ocurre poco probable que lo hagan en medio del actual umbral del caos en donde nos ha colocado el viciado y tiranizante (des) orden capitalista mundial. En oficinas, institutos de investigación y bancos, también se escuchan rezos y llantos de plañideras por la crisis en curso.

Sucede que en la metrópoli del capital la economía se contrae al calor de otra de sus crisis cíclicas, y sus efectos se extienden como en círculos concéntricos afectando otras regiones y países. Todo se altera, los precios de los alimentos y de los combustibles, hasta países y políticos se venden y compran a un precio ligeramente mayor que antes, y desde hace algún tiempo la narcoactividad domina y controla amplios territorios y rutas y hasta se ha hecho de algún presidente. En este campo hay quienes empiezan a dudar de las virtudes que financistas, y jerarcas de todo color y cuño han conferido a los mercados; pero no se atreven a declararlo por temor a ser lanzados al incómodo limbo de los blasfemos. Otros recurren a la fe para darse un baño de tranquilidad; la situación es pasajera, afirman, ya vendrán tiempos mejores. Y sus plegarias son cuidadosamente elaboradas para hacer creer a los demás que sus inversiones están arrojando resultados negativos cuando en realidad solamente están perdiendo un modesto porcentaje de las fabulosas ganancias que se han asegurado a lo largo de la historia, pero sobretodo en el pasado reciente.

Estos sí son nostálgicos de su pasado, aunque no terminan de asimilar la idea de que la historia sólo ha fenecido en las mentes afiebradas de los falsos profetas del dinero y de ciertos académicos deslumbrados por la oferta y la demanda.

La historia nunca ha dejado de ser, ha seguido construyéndose a golpe de pulmón y de gritos, con el sudor y la esperanza de muchos millones de seres humanos. Tampoco aceptan que el futuro se les escapa en medio de la incertidumbre provocada por los límites del crecimiento salvaje que no ha dejado a su paso sino el agotamiento de los recursos del planeta, y miseria y explotación en las inmensas mayorías de sus habitantes.

Y no hay penitencias aceptables para el enriquecimiento desenfrenado y la competencia salvaje, motores de la modernidad vitoreada por ellos. Sí; ¡Que tiempos y que costumbres! No queda sino aplicar claridad al pensamiento y transitar de la síntesis a una práctica adecuada al entorno, con tesón y confianza. Con la seguridad de ir adentrándonos en un tiempo que es nuestro, de aquellos y los otros, de todos los que no se han colocado antifaces para ver el mundo, de los que denuncian con valentía la cultura de la evasión y la generación del miedo, de los que niegan la apología del silencio y la exaltación del cinismo, de los que condenan la manipulación de la indiferencia, de los que siguen creyendo tozudamente en la transformación de las conciencias, en la proliferación de conductas éticas, en la siembra de solidaridad y humanismo, en la correcta y oportuna defensa de los principios.

*Sociólogo.