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A veces me despierto siendo un gato que te desea, y suena el reloj despertador como un jarabe de una rara emulsión. La mayoría de veces, decía ella, con su boca madrugadora, soy un caballo que llora porque en las tardes se descompone la roconola de la casa de enfrente.

Sufro porque no oigo al sol  hablar como un Quijote. Lo cierto es que al mediodía soy un laberinto cariñoso que se inunda de playas fiesteras, del color de tu pelo. Y si me lo preguntas eso me pone triste. Porque no sé cómo fue que hiciste para sembrar tu olvido.

Sabrás que te quiero, me dijo el ángel burlón, y acto seguido me escondí en su lengua suelta. Son  esas cosas que huelen a perfume roto, a melodía asaetada, a ojos que no me miran mientras yo te estoy esperando en el rincón de un testimonio apaleado por la falta  del aire.

Cómo me gustan los mangos que enfrían la mañana, y después de un largo silencio entran con el sueño a domar la sangre de una pesadilla. Aquí, una guitarra deshilachada, es la canción que sí  recuerda el mal paso del tiempo. Que se encierra en el círculo vicioso de un pedazo de mármol. En la gota de lluvia de una palabra viva.

A veces me despierto y tengo las manos hundidas, en el puerto que grita a la mujer que no recorte más cabangas de su pasado feliz.
La noche se hizo para criar mariposas en la lengua hechizada. La noche busca cambiarle el agua a los girasoles en sus breves rumores. La noche se ha puesto a rumbear, y la casa con su gusto de copas agradece derramada en las puertas.

La savia con su afán intenso rodea tu cintura. El río que vuelve se encariña con el perro que me hace compañía.  No quiero saltarme ningún rumor. En la parte más frágil del insomnio un cadáver se marchita empujado por su esplendor.

Yo conozco crepúsculos frustrados. Dientes como huellas en las bocas más deseadas; al final de un signo yo ya no me engaño. Aquí están los ojos, los jueces inevitables. Esta es mi decisión, con el júbilo atrapado.

Después de muchos días, me incomoda el haber consentido una experiencia. No es la música la que busco en los contratiempos que sólo separa la duda. El nuevo florecer del día me invita a entrar en las cartas que esperé.

Sabrás que te quiero. En los viejos amores, el silencio no se aburre. El silencio se amarra a los mástiles de la nostalgia porque siempre te he esperado. El mar levanta sus alas para volar en tu cuerpo que ya no puede hablar de mí. Y yo, para provocarme no sé explicarme la obsesión.

El poema está solo.  El silencio es un libro estupendo. Sus oídos son autobiográficos: delicados, evocadores de  mujeres y lugares. Con vocación por lo intimista. Con melancolía en la sangre. Con el exilio por la escritura.

No sé cómo contar que la mirada del recuerdo ya no se esconde en mi frente. Ya no duerme en mis labios. Ese recuerdo no necesita de mí ni del viento. Es como guillotina que no necesita del fuego.

La última vez que vi su rostro tardaba en decir sus palabras.

* El autor es poeta y periodista.