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A principios de 1935 vio luz en la Tipografía Pérez, de Managua: Los piratas. Un pseudónimo la firma: Nilla Clara Mélida Ravetalla, perteneciente a una dama de Las Segovias: Carmen Mantilla de Talavera. Hasta ahora, es la primera novela de una mujer nicaragüense cuya edición se conserva.

El acontecimiento fue celebrado por varios intelectuales, cuyas opiniones se insertan al principio de la edición, constituyendo paratextos significativos. Carlos A. Montalván, Azarías H. Pallais, Agustín González Moncada y Madame Fleure (pseudónimo de la hija de la autora, también narradora aficionada) reconocen la obra, encontrándola plena de sencillez (Montalván), fresca, ingenua, espontánea y viva (Pallais), escrita por una alma femenina, todo amor y toda fe (González Moncada), nacida al riego emotivo de la sensibilidad (Madame Fleure).

Mantilla de Talavera parte de un fenómeno de los siglos XVII y XVIII —las excursiones de bucaneros europeos en el norte de la provincia española de Nicaragua— para construir una ficción. Por tanto, Los piratas es una novela histórica o, al menos, un intento. Las ruinas de la ciudadela Amparo, trasunto de Ciudad Antigua, le inspiran un “romance”. En 1724, al mando de 44 hombres, William y Jacobo —españoles criados y educados en Inglaterra— surcan el río Coco desde Cabo Gracias a Dios y marchan por escabrosos parajes, atacan Amparo. Allí residen, en suntuosa vivienda, doña Inés de Castejón viuda de Villaverde —dueña de varias haciendas— y su sobrina Isabel de Monteagudo, cuyos padres, Elisa de Castejón y Carlos de Monteagudo, yacen en el mausoleo familiar.

Los piratas saquean los tesoros del templo y de los dos conventos —uno de dominicos, el otro de franciscanos— y también los objetos valiosos de las casas de los españoles de Amparo, excepto la de doña Inés, a quien William pide la mano de Isabel. “Yo seré su esclavo, ella la reina” —le argumentaba. Ella se resiste, pero William la rapta. Ya en Cabo Gracias a Dios, en un intento de violar a

Isabel, Jacobo es apuñalado y muerto por William. Este, narrando su vida a Isabel, le confiesa que la había visto por primera vez en una feria de Amparo y, desde entonces, la amaba. Resulta, sin embargo, que el padre de ambos tenía el mismo nombre: Carlos de Monteagudo.

Mientras tanto, fray Antonio de Guzmán —superior de los capuchinos de Amparo— decide rescatar a Isabel, a quien encuentra casi moribunda en Cabo Gracias a Dios y la asiste. A Isabel le adviene un sincope y un médico hindú la auxilia. En su convalecencia, Isabel pierde la razón. Entonces William, aconsejado por el médico, manda a traer a doña Inés con fray Antonio. La presencia de la tía cura a la sobrina. William constata que el rosario de Isabel es igual al suyo, de oro con una cruz de coral engastada en oro también y deduciendo que ella es su hermana, pide a fray Antonio que lo confiese. El pesado fardo de mis culpas me agobia y quiero aligerar su peso —le dice. Doña Inés lo perdona y lo llama con su verdadero nombre de pila: Enrique. Todos los mencionados y Teresa —aya de Isabel— se embarcan a España, instalándose en Madrid. Allí Enrique se entera que es rico por herencia de unas propiedades de su abuelo, entonces viaja a Roma y se postra a los pies del Pontífice, le deja las riquezas traídas de la ciudadela Amparo e ingresa a la orden de San Francisco de Asís, ordenándose de sacerdote.

Por su lado, Isabel conoce a su primo, Carlos de la Selva, conde de Villa Umbrosa, y se casan. Lo mismo hacen Teresa y el médico hindú. William o Enrique o fray Bernardo termina en Amparo, donde al cavar la tierra descubre una vasija de barro con muchas alhajas de oro. Estas riquezas, se dijo, deben ser de los habitantes de aquí, e indudablemente las enterraron para salvarlas de las manos de los piratas.

Así concluye este ensayo de novela, en palabras de Josefa Toledo de Aguerri, suscritas en el epílogo. “Las peripecias del viaje, el resultado fatal de las malas compañías, el vacío de un hogar carente de amor, haciendo víctima al hijo inocente (protagonista de la novela) y el desenlace acomodado para hacer la felicidad de todos, aun para el culpable que encuentra en la religión un término a sus ansias infinitas. Todo se mueve y explica en un relato claro, sencillo, bien tramado, con diálogos oportunos y a veces difusos, impregnados del fuerte romanticismo de aquellos tiempos que los bandidos eran caballeros y los caballeros hombres de honor. La artista —concluye— expresa la vida y el sentimiento de la época y corre fácil el estilo, aun cuando a veces carezca de pulimento”.

* El autor es escritor e historiador.