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Se trata de fronteras. Las mismas que tuvimos que aprendernos de memoria. Al sur, al norte, al este, al oeste. Todos los lados de la patria. Y la soberanía, no sé porqué, suele vincularse a las fronteras, y a nombres de rango tan sagrado como Dios, como patria, como madre. Palabras grandes.

Todos sabemos en qué consiste una violación a la soberanía. Ponemos el mismo ejemplo: cuando una fuerza extranjera, o apoyada por otro país, penetra en el territorio y ataca violentamente a la población o a los bienes que están dentro de esas fronteras de memoria.

La pérdida de soberanía es la pérdida del poder sobre la población y el territorio.

Pero cuando la agresión, es decir, la pérdida de vida y territorio ocurre dentro, de un modo cotidiano e íntimo como la costumbre, las palabras parecen hacerse más pequeñas y ya no convocan un sentimiento de indignación nacional.

Negarle unos mínimos de calidad al sistema educativo de un país es una de las peores agresiones contra la vida de sus ciudadanos. Disculpen que un sábado más y otro que nos quede, hablemos nuevamente de Educación.

Mucho se ha hablado recientemente sobre lo que costaría (miles de millones de dólares) la construcción de un canal en el San Juan. Y parece que se harán intentos de conseguir la inversión. Otra vez el canal. El viejo sueño, la vieja herida.

Pero mientras se habla y se sueña con miles de millones de dólares para el canal, apenas hay fondos (según el ministro de educación) para que lleguen los libros de texto a las escuelas públicas. ¿No parece entonces un delirio?

No ha habido todavía ningún presidente ni gobierno que se haya atrevido a anunciar, o tal vez a soñar de la misma manera que con el canal, en una inversión millonaria semejante en Salud y Educación para garantizar un futuro con dignidad. ¿Es que ya no se puede soñar con un país que aún contando con recursos limitados, tenga un alto nivel educativo público y de sanidad?

En las escuelas preescolares y en los años más tempranos de primaria, como en los de Secundaria, hay una especie de obsesión nacional por que los niños se aprendan los símbolos patrios. De las primeras cosas que se enseñan son: “Mi bandera es bicolor…”; y luego el himno, las fronteras, el pájaro y el árbol nacional. Y eso se hace una y otra vez, y se repite cada mes de septiembre como una canción derivada de los objetivos de los planes educativos.

El nivel de la Educación en el país es tan pobre, que pocas cosas recuerdan los niños salvo los símbolos patrios. Del resto, apenas nada, ni de la historia ni de la literatura ni nada, y no será porque los profesores no incidan en ello o los contenidos no estén dedicados a ello. Y si los contenidos de tipo nacional apenas se afianzan, cómo se podrá exigir a los alumnos unas ciertas nociones básicas ya no de historia universal, sino regional centroamericana. Es un terreno abonado para conformar una noción patriotera bastante aproximada al radicalismo o al acomplejamiento.

El pueblo nicaragüense, que no es mejor ni peor que ningún otro; el pueblo nicaragüense que no es más ni menos que nadie, que se llama nicaragüense, como podría llamarse centroamericano o bolivariano, o náhuatl o inglés o español, o simplemente pueblo, ha demostrado que se puede movilizar frente a un agresión interna y externa. El hecho del bajísimo nivel educacional y cultural con el que los niños nicaragüenses, los jóvenes de secundaria y de universidad salen de los centros de estudios (estoy generalizando y siempre hay muy contadas excepciones) es la verdadera agresión que se está ejerciendo sobre la soberanía de Nicaragua. Una agresión contra las generaciones presentes y futuras porque sólo quien pueda pagar por una educación medianamente buena, la conseguirá. Si hay un ejemplo de desigualdad encubierta, la encontramos en la Educación en Nicaragua.

De nada sirve que no se cobre matrícula. De nada sirve que se aumente el número de niños matriculados en las escuelas. De nada sirve que hablemos de la importancia de los libros de texto. De nada sirve, porque el nivel de la educación está al límite del engaño.

La tragedia no consiste en que los sueños se frustren (como el recurrente del canal en el río San Juan). La tragedia es que algo tan básico y vital como una Educación Pública de Calidad, por justicia y por soberanía, ni siquiera sea ya parte de un sueño.

*El autor es escritor.
sanchomas@gmail.com