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Estábamos almorzando, bromeábamos y hablábamos de todo, hasta del prójimo que es el más común de los temas, Jorge Eliécer me dijo que iba a reprender a Vladimir. Indagué la causa y quedé perplejo. Anda metido en los billares. ¿Y qué hacíamos vos y yo a su edad? Solo le tienes que advertir que no apueste y que ninguna precaución estaría de más. Después me puse a cavilar. Nuestra generación era hija de su época. Practicamos diversos juegos. En la medida que crecíamos íbamos mudando de gustos. El primer y gran goce fue apresar las aguas de las lluvias frente al Instituto Nacional de Chontales, para meternos en sus aguas y simular que nadábamos.

A los cinco años mi padre me regaló mi primera bicicleta. En la mañanita del 25 de diciembre le quité las dos pequeñas ruedas traseras. Pedí a Felito me empujara. En esa misma bicicleta aprendieron Jorge Eliécer y Nelson. Con las primeras lluvias de mayo, los juegos de trompo se iniciaban a las dos de la tarde y concluían con la llegada de la noche. Las apuestas eran de cinco o seis secos. El primero que metía el trompo en la rueda, propinaba los primeros golpes. Balanceaban el trompo sostenido entre la cabeza y el puyón con la misma manila, para tratar de demolerle.

El crucificado era un juego insensato. El número de hoyos que hacíamos sobre la tierra era igual al número de jugadores. La pelota de hule era lanzada a tres o cuatro metros de distancia. Al caer en tu hoyo tenías que ir a cogerla y lanzarla sobre el jugador que quedara a tu alcance. Al completar cinco, ya fuera porque hubieses acertado sobre un mismo blanco o no hubieses logrado pegarle a nadie, venía la recompensa. Con tus brazos extendidos en cruz, el castigo consistía en lanzar duro la pelota sobre tu cuerpo. A veces pactábamos que no podíamos pegar en la cabeza del crucificado. ¡Como ardía cada pelotazo!

El omblígate dependía de la estatura de los jugadores, el que no lograba saltar era puesto de macho. El castigo consistía en darte una patada en el culo en el momento de saltar. El Chino esa mañana comenzó el juego en la parte frontal del edificio del Centro Escolar Pablo Hurtado, revestida de cemento. Cogió impulso, corrió y saltó lo más alto que pudo, en el momento que lo hacía Rodolfo se agachó y él pasó de viaje estrellando su rostro sobre el cemento. La sangre fluía incontenible y el enorme raspón quedó grabado en su rostro. Una mancha enorme sobre el pómulo y la parte izquierda. Blanca Olga Tablada, directora del colegio, prohibió el juego y lo puso en cuarentena.

Aviones jugábamos a finales de octubre y comienzos de noviembre. Los mejores aviones eran hechos con papel de Selecciones Readers Digest. Alcanzaban alturas insospechadas. El viento los lanzaba largo. Otros lograban alzarse para venirse en picada estrellándose. Cuando un avión se quedaba colgado en las ramas de los árboles sufríamos. Lo bajábamos a tierra como podíamos. Los libros de clases servían de hangares. Entre sus páginas los guardábamos  con sus alas extendidas para evitar que se doblaran. Durante años la plaza de toros nos sirvió de aedrónomo. Aludo la plaza que quedaba entre la casa de doña Clara Díaz, don Camilito y la familia de Rito Corea.

Barriletes y cometas en mi barrio preferíamos hacerlo desde la Terraza Palo Solo. Esperábamos que soplaran los vientos de Amerrisque. Algunos lograron la hazaña de poner su barrilete más allá de la carretera al Rama. En marzo jugábamos a la taba y al rechinón. Carne gana, culo pierde, panameña doble. Con los gemelos Arguello, las apuestas eran fuertes. Humberto, mi “Brother” y Rodolfo, tenían billetes de altas denominaciones: Pall Mall, Viceroy, Kent, Malboro, Camel, etc. Los nuestros Esfinge, Valencia y Montecarlo. A veces apostábamos botones, nuevos, nuevecitos y de todos los colores, sustraídos de la tienda de su madre, doña Ofelia Espinos.

En Semana Santa jugábamos ladrillete en los corredores de la renta o sobre el Kiosko del Parque Central. Nunca logré conciliar las prohibiciones impuestas por los sacerdotes. Como el Señor bajaba a la tierra, los carros no debían circular, lastimaban su cuerpo. Prohibían correr, comer carne roja, solo pescado, pinolillo, almíbar, cusnaca, tamales, etc. Las montaderas de terneros, jugaderas de gallos, juegos de beisbol, volibol y cogederas de burras, formaban parte del divertimento. Jamás me atrevería a decir que nuestros juegos fueron mejores que los juegos de nuestros hijos y nietos. Hay quienes condenan los juegos y bailes del presente. Nunca crean en alguien que dice que todo pasado fue mejor. Cuando insisten en esta afirmación es porque han envejecido.