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Adelantito de Pacaya, yendo sobre la carretera Panamericana Sur, si uno mira hacia el oeste, se ven unos prodigiosos e increíbles ocasos. El sol como un rubí besando al mar. Bermellones, gualdas, rosáceos, plomizos, grisáceos, azules eléctricos y celestes virginales manchando la inmensa paleta del cielo. Un magnífico escenario que me motiva a opinar sobre el ocaso de los caudillos nicaragüenses. No porque ellos merezcan tamaño telón, digno sólo de La Purísima, sino para crear las condiciones cinematográficas de este breve artículo.

En el año 2004, en un ensayito que bajo el título de Cultura y Poder me publicara el maestro Alejandro Serrano Caldera en el volumen colectivo Legalidad, Legitimidad y Poder, bajo los auspicios del la Fundación Friedrich Ebert; me atreví a vaticinar que los caudillos tenían sus períodos contados por la sencilla razón de que, sencillamente, vivíamos en un mundo que había superado estas formas atávicas y atrabiliarias de hacer política. Hace ocho años debatíamos, pues, sobre la imperiosa necesidad de defender la democracia y el estado de derecho, y de ser posible modernizarla. Era una época cuando se podía pensar y publicar cualquier ensayo crítico sobre la realidad nicaragüense sin sufrir la censura de una Fundación Friedrich Ebert ahora aterrorizada.

En esos ocho años pudieron más las fuerzas atrasadas de la historia: los caudillos consolidaron sus pactos e hicieron retroceder la democracia en Nicaragua hasta el siglo XIX. A la oposición política nicaragüense le cabe una responsabilidad un adarme menor que a los caudillos. Pero estas acciones retardatarias, populistas e interesadas, están pagando un alto costo político. Toda acción política y cada segundo en el poder inevitablemente produce un imparable desgaste.

En los últimos días hemos asistido a sendas rebeliones en las dos granjas políticas más importantes. Son signos del principio del ocaso caudillesco. Después de las últimas elecciones (opacas, irregulares y fraudulentas), el líder del PLC resultó cadáver político. Fue el más grande perdedor de escaños y por ende, el más severamente castigado por los votantes.

Los pactos políticos son como duelos al atardecer. Siempre termina muerto uno de los pactantes. En la historia de Nicaragua: Emiliano Chamorro, Fernando Agüero y ahora Arnoldo Alemán; conforman una aleccionadora trinidad de ilustres cadáveres en el panteón de los pactos.

Por eso en la granja roja de El Chile hubo una escisión entre una mayoría de marranos que plantean no tan sólo la reingeniería sino la refundación del PLC, y aquellos que contemplan una transición sin abandonar el Pacto Alemán-Ortega y a la figura del caudillo Dr. Arnoldo Alemán. Este último grupo está formado sobretodo por el voluminoso doctor Alemán y su gran familia.

Empero, la oposición al continuismo alemanista es fuerte, decidida y probablemente se imponga –después de años de sometimiento y de callar los yerros y desaciertos- frente a la voluntad del ex líder.

En la hacienda del partido en el poder, la rebelión es bastante masiva y ha sido generada por esa práctica política hija del pragmatismo que los líderes de esa colectividad le han impreso a sus relaciones partidarias internas. La práctica de este grupo está marcada por el interés y se limita a un “toma y daca” entre líderes y militantes. Hay una ausencia total de ideología, ya no se diga de mística o de compromisos vitales estratégicos en la militancia. “DOS: yo voto por vos porque vos me das”.

En las últimas semanas, las masas de una veintena de municipios se resisten al dedazo impositivo, arbitrario e injusto que desde la cúpula pretendió imponer como candidatos a alcaldes, no a los/las más capaces sino a las/los más obsecuentes. Puse las lo/las, porque el líder de esta colectividad mandó con carácter de urgencia un trámite de ley para imponer un 50% de candidatos mujeres en todos los partidos. Tras está discriminación positiva, en otro contexto plausible, se esconde la represión del poder frente  a la resistencia al dedazo.

Las rebeliones, que bien pueden ser sofocadas, pero como ciertas enfermedades serán recurrentes, son pequeñas nubecillas coloridas de un ocaso, que empieza a marcar en el Pacífico y el Caribe, el crepúsculo de los caudillos nicaragüenses. Estos, para mi tristeza, viven sus últimos períodos. Al contrario de Herty Lewites y de Ernesto Cardenal, que lamentaron haber nacido en una dictadura y más aún morir en otra…

Para mí, que nací y me crié con Somoza, estudié con Pinochet y vivo hoy en Nicaragua; no sé si me sentiré como pez fuera del agua cuando esta habitual atmósfera desaparezca. Buuuuu.

* El autor es escritor. Editor de la revista Cultura de Paz.