Jorge Eduardo Arellano
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En buena hora desaparecieron de las páginas de los periódicos los artículos pomposos y frases grandilocuentes, con los cuales se satisfacían algunos egos y para dilucidar cuestiones políticas intrascendentes. Era lógico, pues en los artículos no se ponía en discusión los asuntos esenciales del poder, pues no se lo exigía la homogeneidad de intereses materiales e ideológicos entre una misma clase dominante. Les bastaba la defensa de sus partidos, loar a los caudillos, defender el “honor” de algún correligionario --no siempre tan honorable como suponían--, contar la historia nacional desde los protagonismos personales o exhibir lenguajes floridos en homenaje a una “virtuosa y bella dama” de la “nuestra sociedad”.

La razón de aquel provincianismo estrecho era que sólo los escritores de la oligarquía o intelectuales a su servicio, tenían acceso a las páginas de opinión de los periódicos. Las disputas entre ellos se ventilaban en otros espacios, y las contradicciones con las clases trabajadoras se las “resolvían” la burocracia del Estado y la guardia “nacional”. Cuando estas otras contradicciones hacían crisis, los periódicos informaban cuando se hacía “justicia” contra “los agitadores de la lucha de clases, enemigos de la democracia y la armonía social”.

El aumento de las contradicciones entre la dictadura y la población rebasó los límites de clase y se extendió hacia sus competidores políticos y económicos, y La Prensa de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal comenzó a hacerse eco de las denuncias contra la represión, lo cual se hizo más fuerte y evidente después del terremoto de 1972, cuando se acentuó la corrupción del régimen. Esa situación dio un vuelco total con el triunfo de la revolución en el 79, cuando surgieron nuevos medios de comunicación dentro de otro tipo de contradicciones y la presencia de nuevos actores.

Sólo de vez en cuando aparecía en los periódicos ejemplos de aquel viejo estilo, pero lo analistas políticos ya no podían jugar en “solitario” en los periódicos, como antes. Protagonistas de otra película tenían ya su propio libreto a qué atenerse en el nuevo escenario histórico.

De los primeros años noventas para acá, la polémica en los medios, en especial en los escritos, sufrió una nueva variante. El Frente Sandinista mató su propio diario, porque no todas las voces que allí se expresaban concordaban con la posición política y económica de su nueva cúpula. Ya no necesitaban discusión ideológica, sino de la propaganda de sus nuevos objetivos políticos. La polémica pluralista se refugió en EL NUEVO DIARIO, incluso la de los partidarios del danielismo.

La polémica del danielismo en los medios tiene sus limitaciones; en general, es menos analítica y más propagandística; menos objetiva (evade temas que les son tabúes) y groseramente ofensiva, similar al discurso oficial contra los críticos del gobierno. Otros danielistas ocupan los medios electrónicos con el mismo estilo, evasivo y ofensivo. Algunos pocos de ellos elaboran un discurso más abierto, que consiste en aceptar la existencia de los “errores”, pero omiten desmenuzar cada caso en concreto y algunos otros casos los justifican.

Lo esencial, para ellos, es que el proyecto del gobierno de cambiar el sistema neo liberal por el “socialismo” no se debe detener por “errores” secundarios. ¿Que la condena del aborto terapéutico es reaccionario? Que va. Es sólo un “error” que no cambia el objetivo de fondo del proyecto “revolucionario”. Por lo visto, ellos creen que es posible un “socialismo” justo y progresista sin reconocer los derechos de las mujeres… ¡más del 50% de la población! Semejante salvajismo no tiene nada de revolucionario, y sin duda perderían una polémica sobre este caso si tuvieran el valor de defenderlo abiertamente.

¿Que los ministros y otros funcionarios del gobierno son corruptos, trafican con su influencia en las instituciones estatales para hacer negocios privados? Algunos lo admiten, pero tampoco le dan importancia: es otro “error”, dicen, y para ellos esos señores no representan a todo el “sandinismo”. Y no creen necesaria su expulsión, porque dentro del “partido” hay tolerancia con las “tendencias”, y ésta, de corte capitalista y corrupta, no es la mayoritaria. ¡Vaya consuelo!
No me atrevo a expresar alguna idea acerca de cómo estos señores podrían culminar su “procesos revolucionario” al “socialismo”, atentando contra la vida de las mujeres y con su “vanguardia” en manos de gente corrupta que acrecientan sus empresas privadas a la sombra del Estado. Más ilusa es su creencia --si es que realmente lo creen-- de que los practicantes de estos “errores” no cuentan con el aval de los jefes del partido. Estos ilusos, lo han expresado oralmente, confían en que el presidente Ortega y su esposa harán rectificar a los corruptos, en su momento.

Infantilismo o cinismo, pero así piensan muchos en el orteguismo. En verdad, algunos son ilusos y otros ilusionistas que buscan engañar a la gente humilde. No es posible, no tiene nada de racional, que piensen en que los corruptos no tienen el visto bueno de sus jefes, dado que no hay ni puede haber nadie elevado a los cargos de ministros y de otras funciones sin la bendición del presidente Ortega y su esposa, y mucho menos que ignoren sus actuaciones. Si ellos los han nombrado, y los mantienen en sus cargos, ellos son los responsables de sus actuaciones.

A uno de estos señores iluso o ilusionista, le oí por radio rechazar la pretensión de Dionisio Marenco de ser, eventualmente, candidato presidencial del FSLN. Pero para disfrazar la defensa del continuismo de su jefe, antes le elogió su gestión como Alcalde, el ser un “compañero” excelente, un militante de vieja data, disciplinado, trabajador y honesto. Pero, a su juicio, ¿por qué Marenco no debe expresar su intención de candidata a presidente por su partido? Porque el “sandinismo” está, según él, en una etapa decisiva para asegurar el avance del “proceso”, y estar pensando en cambiar al del timón --que, además, conduce de maravilla--, es hacerle el juego al “enemigo”.

Y no dejó de aconsejarle a Marenco, que el buen militante nunca expresa qué quiere o qué le gusta ser y hacer, sino que pide hacer lo que al “partido” le conviene. Se deduce, de esta opinión, que al “partido” le conviene reelegir a Daniel. Él está por encima del bien y del mal. Y mejor si, “por casualidad”, también le gusta estar en donde está, y en donde desea quedarse “for ever”. Para justificar esa pretensión no necesitan polémicas; les basta agredir a quienes cometen la “traición” de no creerlo así. Y punto. ¿No es así “compañeros”?