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“Como ateo me parece absurdo que se retiren los crucifijos”
Gustavo Bueno

Con esta frase, Gustavo Bueno, líder del materialismo filosófico, aceptaba la cruz como un símbolo histórico, teológico y artístico de nuestra cultura. Suprimirlo sería como quitarse el vestido, calificando de indoctos e ignorantes de Hegel a quienes interpreten su eliminación.

Cuando Salman Rushdie publicó sus controversiales “Versos Satánicos” en 1988, desencadenó una ola de violencia islamista que lo exilió del mundo normal por atreverse a señalar el Islam como una herejía arriana del cristianismo.
Stuart escribió que “la raza humana es y siempre ha sido intérprete. Es una ley de su naturaleza racional, inteligente y comunicativa”.

La mayor parte de los métodos de explicación erróneos y absurdos tienen su origen en falsas concepciones acerca de la Biblia. Los prejuicios y suposiciones hostiles a las Escrituras han engendrado ideas que pervierten y contradicen las ideas más claras de su contenido.

Desde la antigüedad se ha intentado crear una imagen confusa de la Palabra de Dios. Los rabinos babilónicos carentes de una adecuada exégesis hermenéutica priorizaban el valor numérico de las letras reduciendo su contenido espiritual para demostrar la excelencia y sabiduría del Talmud.

Siglos después, la alegoría fue el modelo preferido por los judíos de Alejandría, quienes mezclaron la filosofía griega con las concepciones bíblicas acerca de Dios.

Filón trató las narraciones bíblicas como mitos griegos, observándose en los ríos del Edén (Génesis 2:10-14) al interpretar las palabras de Moisés como virtudes teologales. Clemente condenó al cerdo como emblema de la codicia voluptuosa y sucia. Los alegóricos acostumbraron menospreciar el significado común de las palabras sin extraer la connotación legítima del lenguaje, sometiéndolas a sus caprichos y fantasías. Rodearlas de misticismo fue una excusa para justificar la alegoría bíblica en varios sentidos: literal, moral y espiritual, promoviendo los deseos de felicidad por revelación eterna, comparándola con los tres cielos descritos por Swedemborg, quien explica el mandamiento “no matarás” como expresión natural.

Para el racionalismo alemán de Semler, las enseñanzas bíblicas debían excluirse, descartando los milagros, sacrificios expiatorios, resurrección, juicio eterno, ángeles y demonios, por considerarlos ideas supersticiosas e ignorancia; extirpándoles lo sobrenatural. Semler rechazó la inspiración divina, sosteniendo que el Antiguo Testamento fue escrito para los judíos, ignorando el juicio de Dios contra el pecado y la inmoralidad.

La Interpretación Moral de Kant adolece del sentido gramatical e histórico de la Biblia al dejar todo el valor de las Escrituras e ilustrar y confirmar la religión de la razón. La teoría naturalista de Paulus acepta la verdad histórica de la narrativa evangélica pero sostiene que la manera de explicarlas es un asunto de opinión.

Oddifredi sugiere que Cristo no murió crucificado y que su “resurrección” ocurrió porque “sólo contrajo tétanos por las heridas”.  La aplicación lógica de la exposición bíblica de la doctrina panteísta de Hegel originó la interpretación mítica de Strauss, quien afirma que

“las ideas de Dios y Cristo se desarrollan en la conciencia tradicional de la humanidad”. Sin embargo, está llena de falacias conceptuales.

Todas estas filosofías especulativas son una sucesión de arreglos para mantener una teoría preconcebida influyendo en los ataques escépticos y racionalistas a la autoridad bíblica mosaica del Pentateuco y el Nuevo Testamento, que filósofos modernos han manipulado para transformar la Biblia, el libro que nadie pudo destruir, en un ¿Evangelio del Mal?

*Médico y cirujano.