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La formación en valores constituye un eje dinámico del proceso educativo actual.  Ya el informe Delors de la Unesco adelantó que el aprendizaje más difícil de nuestra época es el aprender a vivir juntos, lo que en el fondo nos traslada a la formación y educación para la ciudadanía.

A la ciudadanía se le puede definir como un status jurídico político mediante el cual el ciudadano adquiere unos derechos como individuo (civiles, políticos, sociales) y unos deberes (impuestos, leyes de tráfico, carrera militar) respecto a una colectividad política con la facultad de actuar en la vida colectiva del Estado, en razón del principio democrático de  soberanía popular. El ciudadano dispone de una serie de derechos reconocidos en las constituciones, pero además obligaciones respecto a la colectividad.  La armonía de esos dos pilares posibilita la convivencia y el desarrollo de una verdadera ciudadanía.

Esta necesaria armonía no se improvisa, se prepara, se crea, precisamente a través de la formación en valores. Nuestra educación en sus directrices pedagógicas pone mucho énfasis en los valores, por cuanto la educación debe contribuir a formar personas que convivan en un clima de respeto, tolerancia, participación y libertad, siendo capaces de construir una concepción de la realidad humana que integre a la vez el conocimiento y la valoración ética y moral de la misma.  

Diversos documentos y declaraciones internacionales se refieren a la escuela como promotora de la ciudadanía activa y de la cohesión social a través de la enseñanza y práctica de los valores humanos, sociales y cívicos. De esta manera se pretende ir generando un concepto vivo de ciudadanía, concepto que en nuestro país no ha echado de momento las raíces necesarias que le den vida.  En lo personal siento que en nuestro país no está presente un verdadero concepto y sentido de ciudadanía.

Los nicas somos muy sensibles y solidarios, con gran capacidad afectiva de ayudar a los demás, de generar  relaciones humanas atractivas, de conformar grupos de intereses afines. Somos alegres, simpáticos, comunicativos, trabajadores, luchadores, etc., pero no se evidencia el carácter del ciudadano capaz de compaginar y armonizar nuestros derechos y exigencias con nuestras obligaciones y responsabilidades, construyendo una unidad sólida de ciudadanía.

Carecemos de disciplina ciudadana, del ethos ciudadano que hace funcionar siempre en dirección positiva la convivencia ciudadana. Somos individuos, grupos sociales, abiertos a dar cabida rápida, temporal y a veces sólida a otros  pero no se ha fundamentado y arraigado entre nosotros una verdadera ciudadanía.

Nuestra educación ha aportado cuotas, pero todavía está en deuda respecto a la formación democrática de la ciudadanía y para el logro de la cohesión social. Nos aproximamos a dichas metas más por momentos de gran valor emocional  pero hace falta algo más para que se consolide el sentido y alcance de una ciudadanía activa, permanente y sólida.

Cuando tanto se habla de mejorar la calidad de la educación, debe necesariamente sentirse en que la educación ha de ser capaz de ayudar a todos los alumnos a aprender y desarrollarse, a formarse como personas y como ciudadanos, a construir y realizar su propio proyecto de vida en el marco de una sociedad democrática. La calidad de la educación no se avala en la dimensión escolar del aula de clase, tiene que proyectarse a la comunidad y al bienestar y desarrollo de toda la población.

No podemos olvidar que los niños y jóvenes no se educan sólo en la escuela. Lo hacen en relación con otros, muy especial en el ámbito familiar; en el uso indiscriminado de las tecnologías de la información y de la comunicación con mensajes y técnicas de gran impacto afectivo y seductor. La sociedad en su conjunto se manifiesta a los jóvenes como una realidad fragmentada, tensa, hostil, excluyente, propulsora de valores antagónicos a la convivencia y la armonía social. La consecuencia inmediata es la pluralidad de modelos, visiones y conductas que ellos perciben emocionalmente, llegando a contagiarse de ellas en forma de rebeldía y autoafirmación individualizada de espaldas a su contexto cultural.

Por ello la educación de calidad se cimienta no sólo en conocimientos instrumentales y habilidades cognitivas y afectivas sino también en formar y educar en valores, refiriéndose a aquellos que capacitan para el desarrollo de la ciudadanía, tales como el respeto, la tolerancia, la solidaridad, la participación, la libertad; todos ellos atravesados por los principios morales y el amor acordes con nuestro ethos cristiano.

La educación para una convivencia ciudadana activa y responsable es el entramado con el que todas estas vertientes deben ser integradas en lo que llamamos y activamos, la formación, la educación en valores.

* El autor es Ph.D. Director de IDEUCA.