•  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Un escrito reciente, sin dar ningún criterio pedagógico habla de hundimiento de la educación pública. Me refiero al título “Inversión de calidad contra la tristeza”, del señor Sancho Más. Su argumento parte de una conjetura improbable, de que cualquiera mayor de 50 años sabe escribir y describir, pero no los menores de esa edad. Lo que, aparte de ser una falacia estadística, representa un concepto reduccionista de la educación. Menosprecia gratuitamente a generaciones de maestros, y parece que solamente sea buena la educación de escuelas de pago.

Encuentro más coherente la parte política que anida en el interior de su escrito, como en un segundo plano. Pero no hace falta hablar mal de los trabajadores de la educación y la población menor de 50 años, o afirmar que la educación pública es un “engaño”, para decir que el gobierno no está invirtiendo lo suficiente en Educación y Salud Pública de calidad.

Sin embargo, su propuesta de “mejor formación a los docentes, aumento de recursos, salarios... bibliotecas y el hábito de la lectura y del estudio en las familias” adolece de concreción. Conviene saber de las cuentas del Estado, en qué cantidades se podría aumentar el gasto en Educación y formación universitaria. Tener evaluaciones del magisterio e informes sobre su mejor capacitación. Lo mismo habría que decir sobre las bibliotecas y sus fondos, y la eficacia de una campaña educativa dirigida a los grupos familiares en la sociedad nicaragüense. Y se advierte que en su modelo educativo libresco faltan laboratorios y equipos, aunque los maestros saben hacer maravillas con la tiza.

Como hacen otros políticos de “opinión”, su crítica no pasa del simple gesto de lanzar un ataque sin análisis ni planes concretos.

Tampoco parece tener en cuenta las nuevas prácticas sociales cuando contrapone el “uso de los libros” o la “pasión por aprender” con “cierta tecnología”. Dice: “Es una vergüenza que padres de familia con muchas otras necesidades no cubiertas, se afanen porque sus hijos tengan acceso a cierta tecnología y no a la lectura”, y “pasar horas muertas frente a la televisión, al Facebook o a nada”.

Sin embargo, es probable que el mismo autor utilice “cierta tecnología”, y se habrá dado cuenta de que no es motivo para avergonzarse, ni le impide la lectura. Pero tiene razón en criticar los malos hábitos de esos padres de los que habla; aunque quizás sean de los que pagan la escuela privada y no de los que mandan los hijos a la escuela pública.

Gran parte de la comunicación que antes pasaba por el formato impreso, actualmente circula y en mayor cantidad por otros medios, pero convendría saber cuántos libros por habitante se venden ahora y cuántos se vendían hace 50 años, antes de asegurar que “en generaciones anteriores hasta en casas muy pobres había libros”, y ahora le parezca que “hoy han huido de ellos y leer parece haberse convertido en “esa cosa de burguesitos”.

Afirma que “hay graduandos que acaban sus carreras sin haberse leído un solo libro entero que no fuera el de los apuntes. Eso es un fraude no solo para el que estudia, sino para todo el país”. Pero, si ha detectado un fraude, la obligación es hacer la denuncia con nombres y apellidos, no con dichos de la “Juana Cuecho”.

Al final de su escrito amenaza: “Ahora toca recuperar el futuro, y eso saldrá muy caro”, algo “que supondrá el antes y el después en la historia del país”. Hace una llamada a “una decisión de valientes... de no tener miedo”. Pero no se sabe con qué sentido, porque termina diciendo que “no se trata solo de que aprendamos o no, de que leamos o no” sino “de combatir la tristeza de hoy y mañana, de ser más libre”. Es decir que el tema de la educación pública solamente es una muleta de una arenga política con amenazas tremendas.

Y siembra dos enigmas. Explica la historia de un maestro que espera la vuelta del alumno de un campo de refugiados. Ojalá no sea premonitorio y no se esté preparando esa clase de campamentos de las ONG y de Acnur. Y luego repite algo que recuerda aquello de “los desaparecidos que desaparecieron”: “No es que los niños hayan tenido que escapar de las escuelas. El problema es que no parece que estén ahí”. Los truenos de la propaganda siempre llegan antes de la tormenta, esperemos que sea de puro ruido.

*Nicaragüense residente en Barcelona